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jueves, 27 de septiembre de 2012

El fracaso de la estrategia de los EE.UU. en el mundo islámico.


 

Por Steven Metz- World Politics Review, 19 Set 12.

  La estrategia de los EE.UU. en el mundo islámico está al borde del colapso. Enojadas y a veces violentas multitudes, desde Marruecos a Afganistán, atacaron cualquier cosa asociada con los EE.UU.  o con Occidente, durante toda la semana pasada, desde embajadas hasta casas de comida rápida. Todas indicaciones que muestran en forma clara la profunda y persistente bronca contra los EE.UU., uno que puede ser fácilmente manipulado con propósitos deplorables.

Por décadas, los EE.UU. se preocuparon de poco más que la estabilidad en el mundo islámico, construyendo alianzas con una sórdida casta de monarcas, déspotas militares y civiles. Mientras esta aproximación continúa siendo aplicada a unos pocos países, fue masivamente descartada después del 11S, cuando el gobierno de Bush reconoció que los EE.UU. no podían seguir siendo amigos de dictadores que controlaban al extremismo violento y tener éxito. La nueva estrategia norteamericana fue encarar el problema del extremismo con la doctrina de la contrainsurgencia. Los EE.UU. atacarían a los terroristas directamente mientras, en forma simultánea, le cortaban el apoyo popular a ese extremismo. Si bien todo pareció tener sentido, probó ser muy difícil de ejecutar.

A pesar del hecho que la mayoría de los terroristas del 11S y el liderazgo de al´Queda y sus fundadores venían de familias acomodadas, el gobierno de Bush concluyó que el extremismo y el odio provenían de una falta de oportunidades políticas y económicas en sus países de origen. En consecuencia, la democracia y la prosperidad serían los mejores antídotos contra el terrorismo y probarían que sus causas podían ser eliminadas.

El gobierno de Obama no se hizo problema por la estrategia de la contrainsurgencia, pero concluyó que el Presidente George Bush la había implementado incorrectamente: La agresiva retórica y el unilateralismo del gobierno de Bush cortaron la posibilidad de un acercamiento viable. En su discurso de El Cairo, en junio de 2009, el Presidente Barak Obama expresó su compromiso respecto de: “un nuevo comienzo entre los EE.UU. y los musulmanes de todo el mundo.”

La solución, según Obama, estaba más relacionada con la cooperación: “Los norteamericanos” –dijo- “están listos para unirse con los ciudadanos y los gobiernos, las comunidades organizadas, los líderes religiosos y de negocios en las comunidades musulmanes de todo el mundo para ayudar a la gente a tener una vida mejor.”

Conceptualmente, sin embargo, había poca diferencia entre las estrategias de Bush y las de Obama.

La violencia de la semana pasada muestra que el problema de la estrategia norteamericana no es tan simple. Es uno profundo. En particular, la estrategia se basa en tres cosas. Una, en la floja asunción de que los gobiernos democráticos pueden controlar al extremismo. En realidad, los gobiernos democráticos son menos capaces de hacerlo que los autoritarios para reinar en un ambiente de odio popular. Ante la necesidad de apoyo electoral, los gobiernos democráticos en el mundo islámico coherentemente deben tolerar al extremismo para no ser atacados por éste en forma directa. Ellos creen que la bronca contra los EE.UU., no está dirigida contra ellos.

La tecnología que permite compartir videos, enviar mensajes de texto, chats y redes sociales, todo reunido en baratos y disponibles teléfonos celulares, es lo que ha hecho la tarea de controlar la bronca pública mucho más difícil. Ahora es fácil organizar el descontento y volverlo contra un blanco específico. A veces esto tiene un efecto positivo, como fue el caso de la Primavera árabe, que expulsó a los dictadores de Túnez, Egipto y Libia. Pero, tiene un lado negativo, también, haciendo fácil para las organizaciones malignas crear inestabilidad. A partir de que los gobiernos, las elites y los medios de comunicación en el mundo islámico son susceptibles a las teorías conspirativas que en sus naciones culpan de sus problemas a los EE.UU., estos gobiernos tienen poco interés en construir barreras contra esta bronca pública. Es más fácil y menos costoso políticamente, dejar que la histeria se consuma a sí misma.

Segundo, fuera de lugares como Indonesia y Malasia, pocos gobiernos entre los que son predominantemente musulmanes, han tomado en sus manos la educación para reformar su economía y sus gobiernos para mejorar la innovación, el espíritu empresario, la inversión, el ahorro y la competitividad en un mundo globalizado. Como resultado, pocas economías de la región están creciendo rápidamente para acomodar a sus inmensas poblaciones de jóvenes. Una estrategia de contrainsurgencia, incluyendo a la estrategia global de los EE.UU. de contener al extremismo musulmán, solo puede funcionar si los gobiernos locales hacen una reforma profunda. En este caso, los gobiernos han comenzado a aceptar la necesidad de estas reformas, pero son igualmente importantes las económicas y las culturales.

Finalmente, la estrategia de los EE.UU. ha fracasado en reconocer que las diferencias entre los EE.UU. y el mundo islámico no se pueden simplificar y superar simplemente mediante una retorica amable; cuando lo que realmente refleja es un profundo resentimiento estructural contra el poder norteamericano, las relaciones de los EE.UU. con Israel y los valores occidentales, incluyendo el compromiso a la libertad de expresión, aun cuando este es ejercido en forma exagerada, insultante e irresponsable.

¿Cuáles, son entonces, las opciones de Washington? Últimamente, la solución depende en qué se identifique a la causa correcta de esta bronca y de este resentimiento. Si, como los gobiernos de Bush y Obama lo creen, estos sentimientos públicos reflejan la ausencia de oportunidades políticas y económicas, la estrategia de las décadas pasadas está bien y eventualmente dará sus frutos. Ergo, los EE.UU. deberían seguir presionando en ese sentido, ignorando lo que pasó la semana pasada.

Desafortunadamente, no hay evidencias de que los pueblos en el mundo islámico eventualmente van abandonar su bronca contra los EE.UU. por una retórica más respetuosa o por programas de ayuda más generosos. Según todos los indicadores, pocas mentes y corazones se han ganado en la década pasada y no hay razón para creer que la estrategia actual nos llevará a resultados diferentes.

Otro punto de partida es la reciente sugerencia que la violencia fue causada por la percepción de la debilidad norteamericana. Como Richard Willianson, un asesor de alto nivel sobre política internacional del candidato republicano Mitt Rommey, explicó en el Washington Post que: “El respeto hacia los EE.UU. se ha venido abajo, hay una sensación de una ausencia de resolución.”

Según esta línea de pensamiento, lo que Obama piensa al respecto, es visto por los pueblos en el mundo islámico como una debilidad. Si esto es correcto, la solución es ser más fuerte y más resuelto. Los sostenedores a esta apreciación, casi todos políticos de derecha, no explican exactamente que tendría que hacer en forma diferente los EE.UU. para demostrar una mayor fortaleza. Y esta posición, también, está en contra de las evidencias; ya que una estrategia más agresiva como la de Bush no ayudó mucho para moderar la bronca y la violencia contra los EE.UU.

La tercera opción se basa en la creencia de que la causa de la bronca y el resentimiento en el mundo islámico es una percepción de que las relaciones internacionales dominadas por Occidente, son implícitamente injustas. Curar las divisiones entre el mundo islámico y los EE.UU. requiere algo más que una retórica más fina. Antes que nada hay que saber que éstas son insalvables mientras tanto los valores de los EE.UU. como su relación con Israel sigan constantes. Si esto es cierto, una retórica diferente o una mayor ayuda cambiarán pocas cosas. Desafortunadamente, esto es lo que indican las evidencias.

Puede ser que no sean tiempos para que los EE.UU. se desenganchen del mundo islámico, pero es tiempo de reexaminar y revisar las asunciones básicas de su estrategia. No hay duda que el ataque directo a los terroristas y mejorar nuestra seguridad doméstica harán a de los EE.UU. un lugar más seguro. Pero cortar el apoyo al terrorismo tratando de ganar las mentes y los corazones en el mundo islámico no será una tarea fácil. Ha llegado el momento de ajustar la estrategia para remediar este problema.
Steven Metz es un analista de defensa y autor del libro: "Iraq and the Evolution of American Strategy."

Traducción: Carlos Pissolito.

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