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miércoles, 13 de marzo de 2013

Sobre el poder estratégico de la Santa Sede.




Por Lucio FALCONE

Una simple aclaración:

Todavía resuenan en los telediarios las imágenes y los comentarios de la renuncia de Benedicto XVI, Papa Nro 265 de la Iglesia Católica. Seguramente, en los días por venir seremos saturados con distinto tipos de análisis sobre los porqués y las consecuencias de tamaña decisión. Pero, seguramente muy pocos se atreverán a ver sus implicancias estratégicas. Mucho menos, las resultantes para nuestro país. Pues ¿qué puede tener que ver la renuncia o el nombramiento de un Papa con, aquellos como nosotros, que nos dedicamos al estudio de esto llamado Estrategia? Probablemente, bastaría recordar la pedestre y retórica pregunta de Joseph Stalin a unos de sus asesores respecto del poder real del Papa de su tiempo: “¿Cuántas divisiones tiene? Si fuera posible, le podríamos contestar: “Ninguna José, pero su poder le costó el puesto a uno de tus sucesores”.


Un argentino cínico se podría, a su vez preguntar, ¿bueno eso está bien para Italia, para Europa; pero, y a nosotros qué? Recordemos simplemente que en las dos últimas confrontaciones bélicas que le tocó intervenir a nuestro país en el último medio siglo, en algún momento, estuvo presente un Papa o uno de sus enviados. La primera oportunidad fue durante la cuasi guerra con Chile en el 78. La que fue detenida por la aceptación de una mediación papal y concretada por el envío del Cardenal Antonio Samoré. La segunda, fue la visita, en medio de la Guerra contra la Gran Bretaña, de ese mismo Papa, Juan Pablo II, a pocos días de la rendición del 14 de junio de 1982.

En pocas palabras, estratégicamente hablando, los papas cuentan. 

Hablemos de poder
Si algo le interesa a la Estrategia, especialmente en su sentido amplio, es el poder. Como tal se lo define a este último, como la capacidad para hacer algo. Estratégicamente hablando este poder se orienta a crear las condiciones favorables para la prosecución de los propios objetivos estratégicos. Como tal, el poder estratégico, cuanto más mudo y silencioso mejor. De nada sirve si mis enemigos se enteran antes de lo que yo busco realmente y pueden hacer algo para evitarlo. Otro dato a tener en cuenta: si no hay enemigos no hay estrategia. En este marco, tradicionalmente, se le ha atribuido al poder militar un rol preponderante en la formulación de las distintas estrategias, especialmente en la de los Estados. Sin embargo, esto no ha sido siempre así, ni todos están de acuerdo en que así deba ser. Por ejemplo, ya pensadores clásicos como SunTzu –en siglo V a.C.- pregonaban las ventajas de no usar el poder militar en forma directa. Más recientemente, pensadores modernos como Joseph Nye han impuesto el criterio de privilegiar lo que denominan como el soft-power, en oposición al poder duro o militar. Por dicha noción se describe a la habilidad para atraer o coptar a una voluntad que puede adversa, antes que confrontarla. Al efecto, se emplean recursos económicos, pero especialmente culturales, los que se canalizan a través de lo que se denomina diplomacia pública, vale decir una diplomacia no destinada a los gobiernos, sino a los pueblos extranjeros que se pretende, por decirlo de algún modo, “conquistar”.[1] Más recientemente, al uso combinado del soft con el hard-power se lo designa como el smart-power o el poder inteligente-

Para no irnos por las ramas, ya que estamos hablando del poder papal o de su influencia en la estrategia. Citemos y expliquemos un caso. Cual es, nada más ni nada menos, que el colapso del “Imperio del Mal”, la Unión Soviética. Pues si Joseph Stalin no pudo saber nunca cuantas divisiones de infantería comandaba Pio XII, su sucesor Mijail Gorbachov, le tuvo que confesar a su esposa Raisa, en una mezcla de respeto y cariño respecto de Juan Pablo II que: "El Papa es la autoridad moral más importante del mundo y es eslavo." Pues como lo reconoció el General W. Jaruzelski, último procónsul de la Polonia comunista, la visita papal de 1979 de Karol Wojtyla fue el “detonador” de los cambios que conllevaron al colapso de su poder mandante. Y como más tarde escribiría el artífice de la unidad alemana, el canciller germano, G. Schroder, en definitiva un hecho que dicho colapso hizo posible, el poder papal: «ha influido en la integración pacífica de Europa de muchas formas. Por sus esfuerzos y por su impresionante personalidad, ha cambiado nuestro mundo».[2]

Ahora, un escéptico se podría decir: “bueno todo muy lindo, pero ¿Dónde está la estrategia? Le contesto que no he tenido acceso a los archivos vaticanos al respecto. Pero, sí la suerte de poder consultar la directiva estratégica de los EE.UU. Nro 75, firmada por el Presidente Ronald Reagan y recientemente desclasificada, que reconoce que:

“el objetivo primario de los EE.UU. en Europa Oriental es disminuir la influencia de Moscú en la región a la par de promover la causa de los derechos humanos e individuales en Europa Oriental.”[3]

Por otro lado, se por conversaciones personales con mi distinguido profesor, Thomas Patrick Melady, quien se desempeñara como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de los EE.UU. ante la Santa Sede para tres presidentes norteamericanos (Reagan, Clinton y Bush padre). Que durante la presidencia del primero de los nombrados la colaboración entre su país y el Vaticano fue muy estrecha en eso de “promover los derechos humanos e individuales en los países de Europa Oriental.”

Una herida profunda
Si, en última instancia, todo poder es moral. Cualquier ataque a su credibilidad es potencialmente mortal. Tal parece haber sido el caso de la Iglesia Católica en relación a los casos de pedofilia. Probablemente, no sea una novedad que cualquier organización que reivindica para sí misma un elevado estándar moral, reciba –de tanto en tanto- golpes de este tipo. Lo que seguramente agravó la situación fue la rápida falta de reflejos de la Iglesia para enfrentar este problema. Al respecto, recuerdo que en uno de mis paseos por Washington D.C., más precisamente, por su coqueta Avenida Massachusetts, frente a la Nunciatura Apostólica, me topé con un pobre tipo se paseaba con un cartel en el que se leía “Stop Pedophilia”. A decir verdad, sin mayor atención por parte de nadie, pues según me dijeron los lugareños se trataba solo de un “homeless” medio loco que vivía allí mismo en una miserable carpa.

Al poco tiempo, a principios del 2002, leí una nota al respecto en el Boston Globe. En ella se explicaba que este señor había sido en su adolescencia un monaguillo abusado sexualmente por quien era hoy un alto funcionario de la Iglesia Católica norteamericana. Pronto este caso y muchos otros comenzaron a recibir la atención de los grandes medios de los EE.UU. Interesado en el tema, escribí un artículo que le envié a mi editor, quien me lo rechazó de plano. Recordándome que yo estaba allí para cubrir las consecuencias políticas y estratégicas del 11S y no esas alcahueterías parroquiales.

Lamento no haber insistido en su publicación o haberlo hecho en otro medio. Hubiera sido profético. No porque yo fuera un profeta. Tiempo atrás, me había tocado cubrir los juicios a las Juntas Militares argentinas por los abusos a los DDHH. Allí me di cuenta que lo peor que puede hacer una organización cuando enfrenta casos de este tipo es barrerlos debajo de la alfombra. Lo único que consiguen es que echen más olor. Solo el castigo a los culpables y claras señales que no se tolerarán tales abusos en el futuro permiten campear un temporal de esta naturaleza.

Al igual que lo sucedido en la Argentina, la Iglesia Católica se dedicó inicialmente a barrer sus impurezas debajo de la alfombra de su derecho canónigo. Como era de esperarse funcionó por un tiempo, pero cuando estalló el caso, el escándalo fue terrible. El instrumento legal para esta cobertura, siempre hay uno, se llamó Crimen sollicitationis.[4] En pocas palabras, un instructivo que facultaba a los obispos a trasladar de diócesis a los sacerdotes acusados por alguna clase de abuso sexual. Y lo que era más importante, no obligaba a nadie a hacer una denuncia penal. Su intención no era encubrir ni impulsar delitos aberrantes. Era custodiar la fe de los feligreses. Lamentablemente, sus resultados fueron similares a los juicios por abusos a los DDHH conducidos por la Justicia Militar argentina. En los que nadie fue seriamente condenado por su mal proceder. Probablemente, si hubieran sido eficientes y administrado justicia en forma efectiva, mucho de todo lo que vino después se podría haber evitado.

A la Iglesia Católica le llevó un tiempo darse cuenta de la verdadera magnitud del problema. Concretamente, el Cardenal Joseph Ratzinger, quien sería luego Benedicto XVI, en su carácter de Prefecto para la Congregación de la Doctrina para la Fe, emitió el documento De delictis gravioribus (del latín:"sobre delitos gravísimos") mediante una carta el 18 de mayo de 2001. Con este documento se cambió la política de tolerancia y se iniciaron las acciones concretas para evitar los acosos sexuales, especialmente contra menores de edad.


Pero el daño ya estaba hecho. La BBC en un programa que se haría famoso y que fuera filmado por Colm O´Gorman, quien había sido violado cuando tenía 14 años por el Padre Sean Fortune lanzó el problema a los titulares del mundo. Si bien Fortune fue formalmente acusado por 66 casos similares y se quitó la vida para sustraerse al escarnio público. Nada parecía bastar para frenar las cataratas de denuncias, especialmente en países con grandes colectividades católicas como Irlanda, los Estados Unidos y Australia.

Si las consecuencias políticas fueron tremendas, las económicas no le fueron a la zaga. Por ejemplo, la diócesis de Boston, una de las más afectadas, debió vender a precio de remate sus propiedades inmobiliarias para hacer frente a las millonarias indemnizaciones.

Pero el mayor daño que le había sido infligido a la Iglesia y en el lugar que más podía dolerle, era el concerniente a su credibilidad. Tanto que aún hoy se especula si los coletazos de este terrible escándalo no se encuentran en las causas del cansancio y en la renuncia consecuente del propio Benedicto XVI.

¿Cómo sigue?

Casi con certeza que el futuro volverá a sorprendernos. Si bien la Iglesia Católica tiene una historia de más dos milenios. Hay poquísimos antecedentes de una renuncia papal. Igualmente, de una cohabitación de dos papas, algo que se abre a múltiples especulaciones. Probablemente, lo mejor sea analizar el problema desde lo histórico- religioso, no necesariamente desde la perspectiva de un creyente, pero sí de quien reconoce la primacía de los valores espirituales.

Hoy la Iglesia Católica pasa por una crisis que es principalmente espiritual. No sólo por el escándalo señalado, por algo más profundo. Ya no convence como antes, no arrastra multitudes. Muchos menos, producir mártires. Luce aburguesada. Ha perdido las características externas de toda religión. Se ha modernizado, pero al costo de hacerse accesible, casi humana. Lo que parecería no ser algo necesariamente bueno para una religión.

Por el contrario, otras religiones, especialmente el Islán. Y éste en su versiones más fundamentalistas avanza en todos lados. Y no solo en los países árabes. Lo hace en lugares tan impensados como la intelectualidad europea o la población carcelaria afro-norteamericana. Un amigo, muy creyente, me decía no sin cierta esperanza, que este surgimiento de Mahoma, bien puede traer el de Cristo. Ahora, eso sí, no el Cristo de la compasión, sino el de la espada. La historia ya ha sido testigo de esta situación. Veremos. Lo que sí es seguro y evidente es que instituciones como la Iglesia Católica tienen siempre un gran peso estratégico.

Cuando estas líneas estaban terminado de ser escritas, llegó la noticia bomba de la elección del Cardenal Primado de la Argentina Jorge Bergoglio S.J. como el Papa Francisco I. Parece que una vez más la realidad ha superado a la ficción. Simplemente, no nos atrevemos aún a pronosticar su influencia estratégica sobre nuestro país. Una que seguramente será grande. Pero estaremos atentos.

NOTAS:

[1] Joseph Nye es profesor de la Universidad de Harvard y ha publicado al respecto, en 1990, el libro: Bound to Lead: The Changing Nature of American Power; y en 2004: Soft Power: The Means to Success in World Politics.
[2] Al respecto consultar: “Aciprensa” del 16 de abril de 2005.
[3] REAGAN, Ronald. National Security Decision Directive Nr. 75. Washington DC, 1983. Citado en BAILEY, Norman. “The Strategic Plan that Won the Cold War.” Washinton DC, Potomac Foundation, 1998.
[4] Crimen sollicitationis (del latín: El delito de solicitar) fue un documento producido por el Santo Oficio que establecía normas de derecho canónico para tratar los casos de abusos sexuales cometidos por sacerdotes. El mismo fue producido por el Cardenal Alfredo Ottaviani y aprobado por el Papa Juan XXIII en 1962. 

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