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jueves, 4 de septiembre de 2014

Semblanzas: Julio A. Roca.



A CIEN AÑOS DE LA MUERTE DE JULIO ARGENTINO ROCA


 Por Jorge Castro


No hay más historia que la presente. El desarrollo de la vida de un pueblo se manifiesta en plenitud sólo en el concreto presente, siempre intransferible; y el pueblo es la nación, su expresión histórica, su encarnación humana.
 La Generación de 1837 (Echeverría, Alberdi, Sarmiento, Mitre) pensó a la Argentina como una nación a construir, próspera y altiva.
 Para construir la nación era ante todo necesario tener un pueblo, que prácticamente no existía –el inmenso territorio era un espacio vacío, con menos de 600.000 habitantes, recorrido por tribus salvajes que no expresaban ninguna civilización preexistente al arribo de los españoles-; y en cuanto a la unidad política (el Estado), la regla eran entonces las guerras civiles, los brotes anárquicos y la disolución de todo tipo de autoridad.

Para construir una Nación, forjar un Estado
 Por eso, para construir la nación, primero había que forjar un Estado; y en ese momento de la historia –a 30 años de la Revolución de Mayo-, lo que aparecía en el medio de la anarquía y de la violencia generalizada, era la figura imponente de Juan Manuel de Rosas.
 Juan Bautista Alberdi, el pensador político de la Generación del ’37, fue el gran reivindicador del Restaurador de las Leyes, y por eso pronto advirtió su significado histórico; y en medio de las pasiones de la época, y enfrentando el feroz antirrosismo surgido de los campos de batalla, Alberdi fue el primero de los revisionistas.
 Dijo en 1847: “Donde haya Repúblicas españolas formadas de antiguas colonias, habrá dictadores llegado a cierta altura del desarrollo de las cosas (…). Rosas no es una entidad que pueda concebirse en abstracto y sin relación con el pueblo que gobierna.”
Agregó Alberdi en Valparaíso el 25 de mayo de 1847: “Bajo su dirección, Buenos Aires ha lanzado un no altanero a la Inglaterra y a la Francia coaligadas (refiriéndose al Combate de la Vuelta de Obligado que enfrentó a las fuerzas argentinas con la flota anglofrancesa). (…) En 1807, Buenos Aires hizo más que eso, sin tener a Rosas a la cabeza: despedazó en sus calles a 15.000 soldados de la flor de los ejércitos británicos, y arrebató los 100 estandartes que hoy engalanan sus templos.”

Consolidación del poder nacional
 El aporte fundamental de Rosas en la historia argentina es haber consolidado un poder nacional, dice Alberdi: “Un hecho notable, que hace a la organización definitiva de la República Argentina, ha prosperado a través de sus guerras, recibiendo servicios importantes hasta de sus adversarios. Ese hecho es la centralización del poder nacional. Rivadavia proclamó la idea de la unidad; Rosas la ha realizado (…). Los unitarios han perdido, pero ha triunfado la unidad (…). El hecho es que del seno de esta guerra de nombres (unidad/federación) ha salido formado el poder nacional, sin el cual es irrealizable la sociedad, y la libertad misma, imposible.”
Luego de su caída en Caseros, la Nación vivió casi 30 años de inestabilidad política, situación que se mantuvo hasta la llegada a la presidencia de uno de los personajes más importantes de la historia argentina.

Julio Argentino Roca fue enviado por su padre, oficial sanmartiniano que acompañó al Libertador en el Cruce de los Andes cuando tenía 14 años de edad, al Regimiento-escuela de Concepción del Uruguay; y la primera orden que le dieron fue fusilar a dos desertores “…para forjar su temple”.

Nunca estuvo ausente 
 Desde entonces, Roca nunca estuvo ausente de ninguna de las batallas que marcaron la larga guerra civil que se desató en la Argentina después de la caída de Rosas (febrero de 1852).
 Sólo en las trincheras del Paraguay (1865-1870), el ejército que integró Roca desde su adolescencia, descubrió y afirmó un profundo sentido de identidad nacional.
 Por eso este ejército, una de cuyas figuras fundamentales era Roca, entonces teniente coronel, se propuso cerrar el ciclo de guerras civiles y comenzar la construcción de una nación en el desierto; y para eso ese ejército trajo como presidente de la República, desde EE.UU., a Domingo Faustino Sarmiento.
 El teniente coronel Roca tenía 30 años, y ya había combatido en 16 batallas; y en el Paraguay –Curupaytí, Estero Bellaco, liberación de Corrientes- había enfrentado al Ejército más valeroso y disciplinado de América del Sur, liderado por Francisco Solano López, que demostró hasta el último hombre en Cerro Corá lo que era el sentido de Patria en los herederos de la civilización guaraní y la Compañía de Jesús.
 En las trincheras del Paraguay se forjó la identidad argentina, más allá de partidos y guerras civiles; y allí murieron los mejores de la generación de Roca, entre ellos su amigo, Domingo Sarmiento (Dominguito).

Hiperpolitización 
 Mientras tanto, Alberdi y la Generación del ’37 elaboraron el proyecto de construcción de una nación en el inmenso desierto de las pampas del Río de la Plata. Esa elaboración no fue un producto académico, sino una intensa discusión política, como es propio de la cultura hiperpolitizada de la Argentina desde siempre.
 Alberdi distinguió desde el principio entre la “República Posible” y la “República Verdadera”.
La primera era el instrumento de acción –el Estado- que permitiera construir la nación, en su triple dimensión de pueblo, crecimiento económico e inserción en el mundo avanzado; y esta tarea histórica debía servir de sustento y contenido para la aparición de la segunda, la “República Verdadera”.

La “República Posible”
La “República Posible” como instrumento de acción debía ser juzgada por su aptitud en la tarea de construcción, en el “hacer eficaz”; y esto requería disponer de 3 dispositivos de poder: en primer lugar, era necesario nacionalizar la Aduana de Buenos Aires, única fuente genuina de recursos fiscales del país. Luego, era preciso federalizar la ciudad de Buenos Aires, tornando nacional la sede del poder político real. Por último, el nuevo estado debía disponer de un ejército de línea capaz de cerrar el ciclo de guerras civiles y aplastar los brotes de anarquía.
 Este ejército de línea, surgido como tal de la Guerra del Paraguay, debía extender también, por primera vez desde 1810, la presencia estatal –orden, administración, seguridad de las personas y de los bienes- hasta los últimos confines de la nación en construcción, desde la Patagonia al Chaco.
 La nueva nación que se construyó sobre un espacio vacío fue un éxito histórico extraordinario; y ese éxito se manifestó a través de la forja de una sociedad surgida a través de una inmensa inmigración europea, que se trasplantó desde el Viejo Continente a las Pampas vacías.

Ola inmigratoria 
 Entre 1869 (primer censo nacional, durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento) y 1930, ingresaron a la Argentina 6 millones de inmigrantes europeos; y 2 millones volvieron a sus países de origen: quedaron 4 millones.
 El censo de Sarmiento mostró una Argentina poblada por 1.800.000 habitantes, de los cuales 250.000 eran extranjeros; y el resto, argentinos nativos, en un 80% carecían de oficio y profesión conocida, y no sabían leer ni escribir.
 Había una sola ciudad de más de 100.000 habitantes (Buenos Aires), mientras que entre las 14 capitales provinciales, ninguna tenía más de 20.000 habitantes.
 La Nación se construyó con 4 inmigrantes europeos por cada argentino originario, y la Argentina fue el país de más rápido crecimiento en el mundo entre 1880 y 1913.
 Pero la sociedad que surgió careció de un pasado común y su intenso dinamismo social y económico la transformó por necesidad en una comunidad profundamente politizada característicamente conflictiva.

 Conclusiones 
 Cien años después de la muerte de Roca su mensaje y su propuesta están más vivos que nunca:
 Una sola Nación volcada al futuro y unida por ese proyecto en común
 Un Estado fuerte, legitimo, profundamente respetado adentro y afuera de las fronteras de la Nación.
 Y las dos cosas una: la unidad de la Nación para desplegar la extraordinaria riqueza y creatividad de su sociedad, aquella creada por un proyecto deliberado de la Generación del 37 y transformada en realidad por Julio Argentino Roca.

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