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lunes, 17 de noviembre de 2014

EEUU: ¿El Imperio Bobo?




http://www.gaceta.es/jose-javier-esparza


Por qué los EEUU parecen un gigante atolondrado.



José Javier Esparza



Washington no hace política para sus aliados ni para sembrar la paz en el mundo. Hace política para asegurar la hegemonía global norteamericana y neutralizar a sus enemigos.

Los Estados Unidos se han salido con la suya en el conflicto ucraniano. En Kiev manda su candidato: el actual primer ministro Yatseniuk. Ucrania va a entrar de cabeza en la OTAN con el consiguiente trastorno geopolítico para Europa. Aparentemente el presidente Poroschenko ha vuelto de Washington con las manos vacías, pero en la práctica se trae una considerable cantidad de millones y, sobre todo, el espaldarazo de Obama frente a las aspiraciones rusas. La Unión Europea se ve obligada a secundar la operación y aplicará un severo programa de sanciones contra Rusia. Lo más probable es que Rusia reaccione con nuevos y mayores vetos al comercio con Europa. Esta semana Bruselas y Moscú han tratado de atenuar las consecuencias tanto de las sanciones como de los vetos: Europa necesita el gas ruso y Rusia necesita venderlo. De momento queda paralizado el apartado comercial de las sanciones. Pero todo apunta a que se trata de medidas paliativas que no van a rectificar nada. Los europeos van a tener que importar energía de otros lugares. O sea que Rusia y la Unión Europea quedan debilitados y sólo Washington sale fortalecido. Victoria. Ahora bien, Rusia tendrá que buscar otros mercados para exportar energía. ¿Dónde? Sin duda en China, que necesita desesperadamente hidrocarburos a bajo precio. China, por cierto, es el país al que más dinero deben los Estados Unidos. O sea que sólo China sale realmente favorecida en este envite. ¿Es de verdad una victoria norteamericana?

La crisis de Ucrania viene a confirmar una tendencia sostenida en los últimos años: las intervenciones norteamericanas solucionan un problema a corto plazo pero, acto seguido, generan nuevos problemas que terminan reforzando a un tercero, a otra potencia, y ésta rara vez coincide con los intereses norteamericanos. Los ejemplos son inagotables. La guerra de Afganistán, desencadenada en 2001 para desmantelar las bases de Al Qaeda en ese país, ha terminado beneficiando sobre todo a un país tan imprevisible como Pakistán. La guerra de Irak, declarada en 2003 para frenar las ambiciones económicas, políticas y militares del régimen de Sadam Hussein, ha convertido en potencia determinante en la región a Arabia Saudí, desde cuyo suelo se ha financiado el islamismo en todo el mundo. El apoyo político y táctico a las denominadas “primaveras árabes”, a partir de 2010, ha permitido desalojar del poder a dictadores como Mubarak y Gadafi, pero a costa de crear en el mundo musulmán un extenso foco de agitación yihadista sin precedentes y, en el caso de Libia, agravado con el más desquiciado caos. La guerra contra el dictador sirio Bachar al-Asad, abierta en 2011 con el pretexto de apoyar a la oposición democrática, ha desembocado en el surgimiento de poderosísimas milicias islamistas que han instaurado un régimen de puro terror: Al Nusra y Estado Islámico. Hay más ejemplos, pero no es necesario aumentar la lista.



¿Y de dónde ha salido el Estado Islámico?

Dos palabras sobre el caso de Estado Islámico, que es el que ahora mismo está sobre la mesa. Esta milicia yihadista nació al calor del apoyo norteamericano, europeo y saudí a la guerra contra el régimen sirio de al-Asad. El EI (antes ISIS por sus siglas en inglés) apareció hacia 2002 como último albergue para los vencidos de la guerra de Irak y bajo obediencia de Al Qaeda. La guerra terrorista contra las tropas de ocupación americanas y contra el propio Estado iraquí le sirvieron como banderín de enganche para reclutar a decenas de miles de voluntarios de todo el mundo musulmán. Con esa base se emancipó de Al Qaeda y siguió su propia política: restaurar un califato en “Irak y el Levante”. El caos de la guerra de Siria le dio la oportunidad soñada: controlar un territorio propio y establecer bases logísticas permanentes. El control de varios campos petrolíferos le ha otorgado, además, una fuente de financiación inagotable: hasta 3 millones de dólares al día. ¿Quién compra ese petróleo? El pasado mes de junio, en la cumbre petrolera de Moscú, se habló de Aramco, la compañía de bandera saudí, y nadie lo ha desmentido. De manera que Estado Islámico no es, evidentemente, una creación de los Estados Unidos, pero su nacimiento sí es consecuencia directa e indeseable de la intervención norteamericana en Irak y Siria.

Ahora Washington anuncia una intervención decidida contra Estado Islámico, pero con sus propias condiciones: no actuará sólo contra este grupo yihadista, sino que quiere aprovechar la ocasión para dar la puntilla al régimen de Bachar al-Asad en Siria. ¿Cómo hacerlo? En la actual situación, Obama no puede permitirse una expedición masiva. La solución va a ser –y así lo aprobaba esta semana el Senado norteamericano- armar hasta los dientes a los aliados en la región, es decir, a los rebeldes que combaten a al-Asad, y hay que suponer que se trata específicamente de los sectores “moderados” de la oposición siria, que combatirán con apoyo aéreo y táctico occidental. Ahora bien, incluso en el caso de que la operación tenga éxito, que los rebeldes venzan al Estado Islámico y que además derroquen a al-Asad, ¿qué pasará inmediatamente después?

Esa es la pregunta que aterra a todo el mundo, y los americanos no tienen la respuesta. El general Petraeus ya intentó ganarse a las milicias tribales en Irak –Allen hizo lo mismo en Afganistán- y la alianza se acabó en cuanto se terminó el dinero. Los sectores “moderados” sirios ya han demostrado su incapacidad para imponerse sobre las mil y una milicias yihadistas que operan en el territorio. Lo más probable es que el paisaje termine como en Libia: con un abanico de milicias islamistas disputándose a tiros el poder. La perspectiva puede encajar con los intereses específicos norteamericanos –que fundamentalmente consisten en evitar que Siria se convierta en un país con poder en el área-, pero no con los intereses de Turquía o de Irán. Irán, que inicialmente dijo estar a favor de la intervención, se ha quitado de en medio –esta misma semana- en cuanto ha sabido que Obama apuntaba a Siria más que al Estado Islámico. Incluso Turquía, miembro de la OTAN e inquebrantable aliado de los Estados Unidos, ha planteado sus dudas sobre una operación que obligará a los turcos a gestionar el caos post-bélico a las puertas mismas de su casa. Todos temen que, una vez más, el remedio americano sea peor que la enfermedad islamista.

¿Qué buscan los americanos?

En un primer vistazo, estamos ante un flagrante caso de “heterotelia”, por utilizar el término de Jules Monnerot: las consecuencias de una acción surten efectos radicalmente contrarios al objetivo inicial. A partir de esta constatación elemental, muchos observadores critican la política exterior norteamericana como un cúmulo inacabable de torpezas. Los Estados Unidos parecen un gigante atolondrado que rompe a manotazos cuanto toca. Para unos, la culpa es del belicismo de George Bush II. Para otros, de la indecisión y los prejuicios ideológicos de Barack Obama. Aun otros, en fin, sostienen que el problema radica en que la política exterior americana la dictan las petroleras y no la Casa Blanca. Seguramente todos tienen parte de razón. Pero hay otra perspectiva que raras veces se explora, y es la siguiente: la del interés nacional propiamente norteamericano, esto es, al margen de los intereses de sus aliados. Y aquí está la clave.

Washington no hace política para sus socios alemanes, españoles, saudíes o japoneses, ni para sembrar la paz en el mundo: Washington hace política para los Estados Unidos, para asegurar la hegemonía global norteamericana frente a sus enemigos y prolongarla el mayor tiempo posible. Hay que subrayar esto, porque de lo contrario no se entiende nada. El proyecto norteamericano desde principios del siglo XX nunca ha sido otro que alumbrar un orden mundial unificado bajo su propio liderazgo. Roosevelt lo llamó “One World”. Ahora lo llaman Nuevo Orden del Mundo. El significado es el mismo. Y desde esta perspectiva, el gigante no parece tan atolondrado.

Conviene no perder de vista el tablero y, dentro de él, los intereses norteamericanos. Después de pensar –ingenuamente- que el hundimiento del comunismo iba a traer un mundo unificado en torno a la economía de mercado global y la democracia liberal, los Estados Unidos han constatado hasta dónde llegan las resistencias a la creación de un orden unipolar bajo hegemonía americana. Esas resistencias son de orden geopolítico y cultural, y a su luz emergen nuevos espacios que, en su actual configuración, son irreductibles al proyecto de Washington. Samuel Huntington ofreció en 1993 una excelente clave de análisis con su teoría del “conflicto de civilizaciones”. Recogiendo ideas de Spengler y Toynbee y aplicándolas a la escena contemporánea, Huntington describió varios espacios de civilización: el occidental (Estados Unidos, Canadá y la Europa del oeste), el ruso-ortodoxo, el musulmán, el chino, etc. La clasificación de espacios es discutible, pero lo esencial es esto: su conclusión de que, en términos geopolíticos, no es posible llevar pacíficamente al planeta a una integración global. Inevitablemente habrá conflictos y éstos despertarán fatalmente en las zonas de fricción –como placas tectónicas- de unos espacios con otros. Por ejemplo, Oriente Próximo. Por ejemplo, Asia central. O por ejemplo, Ucrania.

Y en este contexto, ¿qué política ha de adoptar una potencia que aspire a la hegemonía global? Ciertamente, no la construcción de un marco dialogado de integración universal: eso sería suicida, porque ningún otro agente va a renunciar a su propio interés. No, no: la única política posible es atenuar el impacto de las fricciones. Reconducirlas por vía diplomática es una posibilidad. Y cuando no sea factible, el recurso a guerras de baja intensidad siempre será mejor que un conflicto a escala mundial. Es exactamente eso lo que está pasando.

Por así decirlo, es como si Washington hubiera decidido precipitar el proceso antes de que los rivales estén demasiado fuertes. Es interesante leer el mapa de los espacios de civilización, señalar los puntos de fricción y ponerlo en correspondencia con los lugares de conflicto recientes o actuales y con el despliegue de bases militares de los Estados Unidos y la OTAN. Las piezas encajan como en un puzzle infantil, y sin demasiadas exigencias de imaginación. ¿El choque de civilizaciones –vale decir, de grandes espacios de poder- es imparable? Bien, pues precipitemos el choque ahora, cuando la ventaja material –parecen pensar en Washington- aún está abrumadoramente a nuestro favor. Rusia sigue siendo una potencia nuclear, pero su economía es comparativamente menesterosa y no podría soportar un conflicto exigente. El mundo musulmán hierve, pero aún no existe un Estado organizado y en forma, capaz de representar un peligro mayor. China es un gigante, pero toda su economía depende del comercio exterior con Occidente. Que Rusia promueva con India y China un polo alternativo en torno a su Banco de Desarrollo y la Organización de Shanghai es preocupante, sí, pero basta mover una pieza en Ucrania, otra en Pakistán y una tercera en Japón para dejar claro quién juega en primera división y quién en segunda.

“La única nación indispensable”

Washington, en definitiva, parece haber optado por precipitar los conflictos ahora que aún son controlables. Esto puede parecer atroz, pero, desde el punto de vista americano, no sólo no es malo, sino que es la única manera de salvar al mundo. Importa entender que los Estados Unidos, desde su misma fundación, no se ven a sí mismos como una nación política, es decir, una más entre las otras naciones, cada cual con su propio proyecto de supervivencia, sino que se conciben como una nación moral dotada de un “destino manifiesto”, según la fórmula tradicional de los “padres fundadores”. Esto no es cosa del siglo XVIII, sino que sigue siendo una convicción bien viva. El pasado 28 de mayo, en la ceremonia de fin de curso de la Academia Militar de West Point, Barack Obama tomaba la palabra ante los cadetes y reafirmaba su creencia “con cada fibra de mi ser” en la excepcionalidad de los Estados Unidos sobre cualquier otro país en el mundo: “Estados Unidos es una nación indispensable –aseguraba-. Eso es cierto en el siglo pasado y será cierto en el siglo que venga”.

De aquel discurso se subrayó que Obama apostaba más por la diplomacia que por la guerra, y es verdad, pero la ideología “excepcionalista” no ha cambiado: “Estados Unidos usará su fuerza militar, unilateralmente si es necesario, cuando nuestros intereses básicos lo exijan, cuando nuestro pueblo sea amenazado, cuando nuestros medios de vida estén en juego, cuando la seguridad de nuestros aliados esté en peligro (…). La opinión internacional importa, pero Estados Unidos jamás debe pedir permiso para proteger a nuestro pueblo, a nuestra patria, a nuestra manera de vivir”. Y otra frase para la Historia: “La disposición de Estados Unidos para aplicar la fuerza en todo el mundo es la última salvaguardia contra el caos”.

Estas palabras, en boca de Putin, Mohamed VI o Angela Merkel, inevitablemente habrían sido consideradas –y con razón- como expresión de indeseables ambiciones imperialistas. En boca de Obama, no. En parte, porque uno de los mayores logros estadounidenses a lo largo del siglo XX ha sido convencer a innumerables espíritus de que la paz del planeta depende, en efecto, de “la disposición de Estados Unidos para aplicar la fuerza en todo el mundo”. La victoria de Washington radica en que sus intereses singulares sean vistos por todos como intereses generales o, aún mejor, como nuestros propios intereses españoles, alemanes, marroquíes, etc. En el caso de Europa occidental la Casa Blanca parece haberlo logrado por completo. Ciertamente, nos molestan las guerras, pero la irritación mengua cuando las bajas son sólo de otros. Estamos tan cansados que aceptaremos cualquier cosa siempre y cuando venga envuelta en la palabra “paz”. Y mientras tanto, la determinación norteamericana nos exonera de la pesada carga de hacer política en el tablero mundial. Porque son “la nación indispensable”.

Las flaquezas del gigante

Los Estados Unidos, a pesar de sus errores y sus flaquezas, tienen un proyecto y lo mantienen: ser la potencia hegemónica –la única potencia- en un mundo cortado por su patrón, por su concepción de la economía y de la política, por su sistema de valores y por eso que Obama llama “nuestra manera de vivir”. ¿Por qué no? Es difícil negarles mérito para ello. Este siglo ha sido el siglo americano. Sacaron petróleo de su participación marginal en la primera guerra mundial, ganaron la segunda, ganaron después la “guerra fría” y ahora quieren ganar la “paz caliente” en la que todos vivimos desde 1989. Son la mayor potencia comercial, la mayor potencia industrial, su PIB es una quinta parte del de todo el planeta, su presupuesto de Defensa es más del 40% del gasto militar de todo el mundo… ¿Un gigante atolondrado? En absoluto.

Y sin embargo, los Estados Unidos y su proyecto de hegemonía global se enfrentan hoy a tres problemas que pueden significar el final del “siglo americano”. El primero es de orden ideológico y atañe a la propia justificación histórica del proyecto nacional norteamericano: esta “nación moral” legitima su objetivo mesiánico en la convicción de que nadie como ella puede conquistar para todos los hombres un horizonte de libertad y prosperidad en paz, pero es un hecho que en los últimos años una buena parte del planeta ha quedado excluida de toda libertad, toda prosperidad y toda paz precisamente a causa del nuevo orden del mundo, lo cual genera resistencias incontrolables.

El segundo problema es mucho más material y concierne a la cuestión económica: el modelo de orden mundial impuesto en el último medio siglo –y la última crisis es buen ejemplo de ello- ha conducido a un sistema económico global donde el valor abstracto del dinero, sujeto a fuerzas ajenas al control político y frecuentemente aleatorias, importa más que el valor concreto de la producción, y eso hace en buena parte ingobernable el paisaje incluso para los Estados Unidos, que tienen la mayor deuda externa del mundo (bien es cierto que su PIB se lo permite). Que la disponibilidad de los recursos se haya convertido en un factor imprevisible para los Estados no es una cuestión baladí; al contrario, es uno de los mayores cambios históricos que ha vivido la humanidad.

Y el tercer problema con que se topa hoy el proyecto hegemónico americano es de orden político y se sustancia en algo tan simple como esto: en ninguna parte está escrito que todo el planeta deba aceptar eso que Obama llama “nuestra manera de vivir”. Es perfectamente legítimo –y racional- que en otras partes, en Rusia o en China o en la India, o en el mundo musulmán, surjan voluntades interesadas en construir su propio proyecto; un mundo multipolar por oposición al One World norteamericano. Lo que estamos viendo nacer en torno a los BRICS y la Organización de Shanghai apunta a eso. Y no tiene por qué condenarnos a la tercera guerra mundial.

Hay otros motivos que hacen perder al aliento al gigante americano, pero los tres citados son los más importantes porque escapan por completo al control político de Washington y, en realidad, de cualquiera. El gran debate hoy, en América, es si de verdad vale la pena mantener el proyecto. El financiero y politólogo chino Eric Li lo ha expresado con claridad: “Los EEUU tienen el 4,5 por ciento de la población mundial y menos del 20 por ciento de su PIB pero sin embargo gastan el 50 por ciento de todo el presupuesto mundial de defensa. Está siempre haciendo la guerra en tierras lejanas, tras apenas una generación después de ganar la Guerra Fría se han endeudado profundamente, su industria está arruinada, su clase media se está viniendo abajo, su infraestructura está lamentablemente atendida, su educación carece de fondos y su contrato social se ha hecho escombros”. El retrato tiene algo de caricatura, pero en Washington saben que en el fondo es verdad. Quizás el gigante ha dejado de ser sostenible.