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martes, 13 de octubre de 2015

La jugada ruso-iraní.





http://www.aurora-israel.co.il/articulos/israel/Titular/67619/







General (retirado) Yaakov Amidror

Los ataques aéreos rusos en Siria, el reciente acuerdo de armas entre Irán y Rusia, así como la coordinación de Teherán, Moscú, Damasco y Bagdad en la guerra contra el grupo Estado Islámico son mensajeros de un cambio en el Oriente Medio. La era de la Primavera Árabe, la desintegración de varios regímenes de la región y la introducción de diversas organizaciones en el vacío posterior ha llegado a su fin, y este es el amanecer de una nueva época, cuya naturaleza sigue siendo incierta.

Rusia e Irán están aprovechando de la debilidad mostrada por los líderes del mundo y ambos están tratando, a través de sus esfuerzos conjuntos, de ampliar su influencia y dominación global, al menos todo lo que pueden a lo largo de la Media Luna Fértil, que atraviesa Irak, Kuwait, Siria, Líbano, Jordania, Chipre y Egipto.

Rusia aporta a esta ecuación su considerable influencia política internacional y sus capacidades militares avanzadas, principalmente sus sistemas de defensa aérea, inteligencia y una fuerza aérea moderna; mientras que Irán contribuye con fondos, conocimientos imprescindibles sobre la disposición en tierra, y Hezbollah – una fuerza de combate grande, entrenada, y bien armada, consagrada a cumplir las órdenes de su patrón.

Hezbollah ha prestado a la guerra del régimen sirio un número considerable de agentes, que han sido capaces, en algunas áreas, de inclinar la balanza en favor del presidente sirio Bashar Assad, evitando que los rebeldes le aplicaran a su ejército derrotas aplastantes.



¿Cuál podría ser el resultado de una situación en la que esta coalición permanezca sin frenos?

Los chiís muy probablemente tomarán el poder en Irak, y, como mayoría, excluirán del gobierno a los sunitas, cuya comunidad se concentra en Bagdad y al noroeste de la capital. Los sunitas, que se sentirán marginados, apuntalarán, entonces, a la única otra fuerza sunita en la zona -el Estado Islámico-, y el grupo terrorista jihadista encontrará que tiene un gran número de reclutas locales, aunque a regañadientes, a su disposición.

La guerra en Siria escalará hacia una lucha a muerte, porque en contra de la esperanza expresada por elementos externos, ningún compromiso puede ser negociado entre los sunitas y los alauitas, es decir, las fuerzas rebeldes y el régimen de Assad. El apalancamiento que la alianza Irán-Rusia le dará al asediado presidente encontrará el contundente contraataque de los rebeldes, agravando aún más la volátil situación.

Tanto los sirios como los iraníes, creo, entienden que la sangrienta guerra librada en Siria es realmente una lucha a muerte, y por lo tanto no puede haber compromisos. El odio entre los sunitas y alauitas es tan intenso que la posibilidad de poner en marcha una verdadera negociación, que pueda generar a un acuerdo real, es inexistente.

Supongo que si podría ser concebida una solución en Siria, incluso una en la cual el país se divida de facto en esferas de influencia, e incluso al precio de derrocar el régimen de Assad, tanto Teherán como Moscú estarían dispuestos a apoyarla. Irán y Rusia están más preocupados por la instalación de la paz y la calma en Siria y afianzar el régimen es más favorable a sus intereses regionales, que la identidad de la persona que encabeza este régimen.

Desafortunadamente, esta alternativa no existe. Los rebeldes quieren mucho más que solamente poner a Assad de rodillas - quieren acabar con el régimen alauita mismo, y eso es algo que ni los alauitas ni Rusia e Irán jamás consentirán.

Para Teherán, una solución que excluya a los alauitas del poder en Siria significa el fin del sueño de ver la Media Luna Fértil convertirse en un espectro chií que se extiende desde Bagdad a Beirut bajo el liderazgo de Irán.

Rusia, por su parte, cree que derrocar a Assad por la fuerza sería repetir el error cometido en Libia, donde el régimen de Muamar Gadafi tuvo un final violento. Los resultados de ese colapso no controlado son evidentes hoy en día: Libia se ha convertido en el principal traficante de armas de todas las organizaciones extremistas, y una puerta de entrada para la migración masiva desde África a Europa.

¿Por qué repetir otra vez el mismo error, se pregunta Moscú, sobre todo cuando la alternativa a Assad son las fuerzas suníes radicales, que están tratando de aumentar descaradamente su influencia entre los numerosos musulmanes que viven en Rusia. Recompensar a esas fuerzas nefastas sería imprudente, afirma Rusia.

Hay que recordar, sin embargo, que el gambito sirio de Teherán y Moscú es impulsado por los acontecimientos mundiales, y que hay tres factores que le prestan impulso: La ausencia de un organismo internacional con el que contar, el hecho de la Europa se siente abrumada por la crisis de los refugiados, y la débil política exterior de Estados Unidos.

La ONU tiene poca influencia sobre los movimientos de Rusia e Irán en Siria. El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, puede ser capaz de tirarse verbalmente en contra de Israel tanto como quiera; pero sabe muy bien que nadie en Moscú o en Teherán lo toma en serio. Ban y la ONU pueden mostrar la apropiada deferencia, pero la respuesta de la ONU no es algo que haga que estos dos aliados se detengan a considerar antes de planear sus movimientos en el Oriente Medio.

Los líderes europeos están hasta las coronillas con los millones de refugiados que inundan sus fronteras. Es muy poco probable que Europa se ponga firme delante del camino de Rusia e Irán simplemente por amor a los sunitas – gente con la que Europa no tiene nada en común, y que puede llegar a convertirse en futuros inmigrantes.

EE.UU., por su parte, ya no es el adversario poderoso que una vez fue. Cuando el presidente de Estados Unidos afirma claramente que no quiere pagar el elevado precio que puede llegar a exigir la participación estadounidense en Siria, eso equivale a un consentimiento tácito de la agresión iraní y rusa, tal como se refleja en su respectivos despliegues en Siria, y la participación de sus tropas en la lucha del régimen contra los rebeldes, en la cual resultaron dañados civiles inocentes.

El presidente estadounidense, Barack Obama, ha reconocido efectivamente y públicamente que Rusia e Irán -dos fuerzas extranjeras- son parte de la solución, no del problema.

¿Tratarán los estados árabes sunitas –que en el pasado han intentado asistir a los rebeldes- de ayudar a combatir la amarga realidad que se está formando en Siria? ¿Entrarán Arabia Saudita, los países del Golfo Pérsico, y Qatar en razón y dejarán de quedarse de brazos cruzados, para anular la maniobra chií-rusa? Sólo el tiempo lo dirá.

Los estados sunitas tendrán que decidir, más temprano que tarde, si están dispuestos a correr el riesgo de un cambio histórico en el que verán perder su control sobre la Media Luna Fértil a manos del Irán chií.

Hasta ahora Israel se ha abstenido de intervenir en la guerra civil siria, y debe seguir manteniendo esa política. Las partes en conflicto en Siria comparten una gran animosidad hacia Israel, y a ambos les gustaría verlo destruido; por lo tanto, Israel no tiene ninguna razón para alinearse con ninguno de ellos.

Israel debe mantener su propio interés en la frontera norte, evitando principalmente que las armas capaces de cambiar las reglas del juego, ya sean iraníes o rusas, caigan en manos de Hezbollah, y evitar que Irán forme una base de operaciones desde la cual podría atacar a Israel.

No se puede permitir que la presencia masiva de Rusia en Siria socave la capacidad de Israel de proteger y ejercer libremente estos dos intereses.

Mantener su capacidad para contrarrestar las amenazas a estos intereses debería estar en el centro de la coordinación de la seguridad ruso-israelí: Jerusalén no debe preguntar a Moscú si se puede llevar a cabo un ataque, si es necesario- debe presentarlo como una cuestión de hecho.

Las líneas rojas de Israel deben estar claramente dibujadas, y no debe tener miedo de actuar en consecuencia. Rusia es muy consciente de los intereses de Israel y entiende que Jerusalén tiene la responsabilidad de protegerlos. Puede resultar más complejo dado la presencia activa de Moscú al norte de la frontera; sin embargo, sigue siendo necesario.

Fuente: BESA - Centro Begin-Sadat de Estudios Estratégicos

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