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jueves, 8 de diciembre de 2011

In Memoriam: Almirante Yamamoto.

El Enemigo Reticente.

 por Ian W. Toll,  The New Yor Times, San Francisco, 8 Dic 11.

山本 五十六 Alte Yamamoto Isoroku (1884/1943)

Hace 70 años en una luminosa mañana hawaiana de domingo, cientos de aviones de combate japoneses aparecieron repentinamente sobre Pearl Harbor y devastaron a la Flota del Pacifico de los Estados Unidos. El pueblo norteamericano estalló en justa furia y Norteamérica se sumergió en la Segunda Guerra Mundial.  El “día que viviría en la infamia” fue el verdadero punto sin retorno de la guerra, que había estado rugiendo por más de dos años y que abrió una era de internacionalismo norteamericano y de compromisos con la seguridad global que llega hasta nuestros días.
Debido a un peculiar giro del destino, el almirante japonés que ideó el ataque advirtió persistentemente a su gobierno de no luchar contra los Estados Unidos. Si sus compatriotas lo hubieran escuchado, la historia del siglo XX podría haber sido una muy diferente.
El Almirante Isoruku Yamamoto anticipó que la lucha se transformaría en una prolongada guerra de desgaste que Japón no tenía ninguna esperanza de ganar. Por alrededor de un año, dijo que Japón podía superar débiles fuerzas aliadas regionales, pero que después de todo, su economía de guerra se estancaría y que sus ciudades copiosamente construidas en madera y papel sufrirían terribles ataques aéreos. Contra tales inconvenientes, Yamamoto veía, “poca esperanza de éxito en una estrategia convencional.” Su operación de Pearl Harbor, confesó que fue “concebida en desesperación.” Sería una jugada a todo o nada, una tirada de dados: “Tendremos que hacer lo posible por decidir la suerte de la guerra en su mismísimo primer día.”
Durante la Segunda Guerra Mundial y por muchos años después, los norteamericanos detestaron a Yamamoto como a su villano principal, el perpetrador de un ignominioso ataque a traición, la viva personificación de la “Duplicidad oriental.” La revista Time publicó su caricatura en su tapa del 22 de diciembre de 1941: siniestro, oscuro, con su piel en un amarillo sucio, con el titular “El Agresor Japonés.” Se dijo que se jactó que “dictaría los términos de paz en la Casa Blanca.”
Yamamoto no se jactó, la cita fue tomada fuera de contexto de una carta personal en la cual él, precisamente, defendió el punto de vista contrario. El no podía imaginar un fin de una guerra corta con Japón dictando sus términos en la Casa Blanca, escribió; ya que no tenía esperanza en conquistar a los Estados Unidos, esa posibilidad era inconcebible.
De hecho, Yamamoto era uno de los más coloridos, carismáticos y una persona de mente abierta entre los oficiales navales de su generación. Se graduó de la Academia Naval Japonesa en 1904, durante la Guerra Ruso-Japonesa. A la edad de 21 años peleó como señalero en una de las batallas navales más famosas de la historia, la de Tsushima, en 1905, una desbalanceada victoria japonesa que puso en estado de shock al mundo y que forzó al Zar Nicolás II a firmar la paz. (1) Yamamoto fue herido en combate y pudo lucir las cicatrices que lo probaban, la parte baja de su abdomen quedó feamente cubierta por esquirlas y perdió dos dedos de su mano izquierda.
En el transcurso de su carrera naval viajó extensamente por los Estados Unidos y Europa, aprendiendo un inglés aceptable, mayormente durante su periodo de dos años en Harvard poco después de la Primera Guerra Mundial, para leer libros y diarios y para mantener una conversación básica. Leyó varias biografías sobre Lincoln, a quien admiró como un hombre que habiendo nacido en la pobreza se convirtió en el “campeón” de la “libertad humana.”
Desde 1926 a 1928 sirvió como agregado naval en Washington mientras estuvo en Norteamérica, viajó solo por el país, pagando sus gastos con su magro salario, reduciendo su presupuesto quedándose en hoteles baratos y salteándose algunas comidas. Sus viajes le revelaron el creciente poder de la máquina industrial norteamericana. “Cualquiera que haya visto las fábricas de autos en Detroit y los campos petroleros en Tejas,” remarcó después, “sabe que Japón carece del potencial nacional para una carrera naval con Norteamérica.”
Yamamoto no bebía, para vicios, prefería a las mujeres y las cartas. Jugaba agresivamente shogi (un ajedrez japonés), póker y bridge y siempre apostaba fuerte. En Tokio, Yamamoto pasaba sus noches entre las geishas del barrio de Shinbashi, donde lo conocían como “80 sen” (una manicura costaba un yen, el equivalente a 100 sen, ya que tenía solo ocho dedos pedía un descuento.)
Cuando Yamamoto aparecía en uniforme en la cubierta del buque insignia de la flota ante el Emperador Hirohito era la foto viva de la solemnidad. Pero en otras circunstancias se dejaba ganar por la sensibilidad, como cuando lloraba sin vergüenza la muerte de un subordinado o cuando abría su corazón en sus cartas a su amante geisha.
Durante los disturbios políticos de 1930, Yamamoto ya era un personaje destacado en la fracción moderada de la armada, conocida como “el grupo del tratado,” por su apoyo a los impopulares tratados de desarme. Fue blanco de la inconsciente retórica belicista de la ultra derecha nacionalista; y se opuso a los radicales que apelaban a la violencia revolucionaria y al asesinato para alcanzar sus fines. Reprobaba al Ejército Japonés y a sus líderes que subvertían el control civil de los ministros y maquinaban aventuras militares en Manchuria y en otras partes de China.
Como viceministro de la armada entre 1936 a 1939, Yamamoto se jugó la vida a evitar una alianza con la Alemania Nazi. Fanáticos de derecha lo condenaron como un “perro a sueldo” de los Estados Unidos y de la Gran Bretaña y prometieron asesinarlo. Se dijo que se había puesto precio a su cabeza. Recibía cartas con amenazas advirtiéndole sobre un juicio inminente “en nombre del cielo,” y las autoridades descubrieron un complot para volar un puente por el que tenía que pasar.
En agosto de 1939, Yamamoto fue designado comandante en jefe de la Flota Combinada, el mayor comando operativo en la Armada Japonesa.  Un lugar que lo colocaba fuera del alcance de sus enemigos, un puesto que probablemente le salvó la vida. Desde su buque insignia, el Nagato, usualmente anclado en la Bahía de Hiroshima, Yamamoto continúo advirtiendo contra la alianza con los nazis. Le recordó a su gobierno que Japón importaba cerca de los 4/5 partes de su petróleo y de su acero de áreas controladas por los Aliados. Arriesgar un conflicto, escribió, era imprudente, porque “no hay posibilidad de ganar una guerra con los Estados Unidos en un futuro próximo.”
Pero un Japón con su gobierno confundido y dividido derivó hacia la guerra mientras rechazaba enfrentar los problemas estratégicos que poseía. Firmó el Pacto Tripartito con Alemania e Italia en Berlín en setiembre de 1940. Como Yamamoto había predicho, el gobierno norteamericano rápidamente restringió y finalmente cortó sus exportaciones de petróleo y otros materiales vitales. Las sanciones adelantaron los eventos, porque Japón no producía su propio petróleo y agotaría sus reservas en cerca de un año.
Yamamoto se dio cuenta que había perdido la pelea de dejar a Japón al margen de la guerra y se integró al proceso de planeamiento. Dos décadas de pensamiento estratégico para una guerra con los Estados Unidos habían previsto un choque de cruceros de batalla en el Pacifico occidental, una batalla decisiva estilo Tsushima. Pero Yamamoto se preguntaba: “¿Qué pasaría si la flota norteamericana no quiere jugar su parte?” ¿Qué si los norteamericanos en su lugar eligen usar el tiempo para incrementar sus fortalezas?
En 1940, el Presidente Franklin D. Roosevelt ordenó que la flota se dirigiera a Pearl Harbor. Quería señalar que la Armada de los Estados Unidos estaba en distancia para atacar Japón; pero, por “el contrario”,  señaló Yamamoto, “nosotros también. Al querer intimidarnos los norteamericanos, se han puesto ellos mismos en una posición vulnerable. Si me preguntan, ellos se confiaron demasiado.” Allí yacía el germen del plan de lanzar un sorpresivo ataque de portaaviones contra el punto fuerte hawaiano.
El Almirante Osmi Hagano, jefe del Estado Mayor General, rígidamente se resistió al raid propuesto. Les preocupaba a sus planificadores que los portaviones japoneses quedaran  expuestos a devastadores contraataques. Yamamoto contestaba que la flota norteamericana era “una daga apuntada al corazón japonés,” y resumía que el ataque bien podría causar que los norteamericanos retrocedieran en shock y desesperación, “de tal forma que la moral de la Armada y del pueblo norteamericano se deprimieran en tal medida que no pudieran recuperarse.” De última, amenazó con su renuncia a menos que su operación fuera aprobada y que el Almirante Nagano renunciara: “Si él no se tiene confianza, es mejor dejar que Yamamoto siga adelante.”
Yamamoto apreció la ironía: habiendo arriesgado su vida para evitar una guerra con los Estados Unido, era ahora su arquitecto. “En que extraña posición me encuentro a mí mismo,” le escribió a un amigo, “habiendo recibido la misión diametralmente opuesta a mi opinión personal, sin otra elección que no fuera avanzar a toda máquina en pos de mi misión. ¿Será este mi destino?”
Y aún en las últimas semanas de paz, Yamamoto continúo urgiendo que el curso más prudente era no pelearse con los Estados Unidos. “No debemos iniciar una guerra con tan pocas posibilidades de éxito,” le dijo al Almirante Nagano. Recomendó renunciar al Pacto Tripartito e impulsar una alianza con China. Finalmente, tuvo esperanzas que el emperador interviniera con una “decisión sagrada” contra la guerra. Pero el emperador se mantuvo en silencio.
El 7 de diciembre de 1941, los ocho cruceros de batalla de la Flota del Pacífico fueron nockeados y arrojados fuera del ring en la primera media hora del conflicto. Más de 180 aviones norteamericanos fueron destruidos, la mayoría en tierra, lo que representaba cerca de las 2/3 partes de los aviones militares en el teatro del Pacífico. Los portaaviones japoneses escaparon con solo la pérdida de 29 aviones.
El pueblo japonés estaba exultante y Yamamoto se erigió ante sus ojos como un semidiós. Ahora podía dictarles sus órdenes a los almirantes en Tokio y continuaría así hasta su muerte en abril de 1943, cuando cazas norteamericanos derribaron su avión en el Pacifico Sur. (2)
Aun así, con Pearl Harbor al margen, Yamamoto no fue un gran almirante. Sus metidas de pata estratégicas fueron numerosas y célebres y fueron criticadas aun por sus propios subordinados.
De hecho, desde un punto de vista estratégico, Pearl Harbor fue una de los peores cálculos de la historia. Condujo al pueblo norteamericano a la rabia total, desatando una guerra hasta la conquista de Japón. Yamamoto fue también directamente responsable por la catastrófica derrota japonesa de la Batalla de Midway y por el costoso fracaso de su campaña de cuatro meses para recapturar Guadalcanal.
Pero quizás la parte más importante del legado de Yamamoto no esté su carrera naval, sino en el rol que jugó en la tumultuosa política del Japón de preguerra. Fue uno de los pocos líderes japoneses de su generación que tuvo el coraje moral de decir la verdad, que librar una guerra contra los Estados Unidos sería una invitación para una catástrofe nacional. Mientras Japón yacía en cenizas después de 1945, sus compatriotas recordaban sus determinados esfuerzos para detener el movimiento hacia la guerra. Se puede afirmar que en un cierto sentido, Isoroku Yamamoto fue reivindicado con la derrota japonesa.

Ian W. Toll es el autor de “Pacific Crucible: War at Sea in the Pacific, 1941-1942.”

Notas:

(1) La batalla naval de Tushima o del Mar del Japón fue un encuentro entre la Flota Imperial japonesa y la Flota Rusa del Báltico, librada en los estrechos ubicados entre Corea y Japón cerca del grupo de islas de Tsushima, en mayo de 1905, en el marco de la Guerra Ruso-Japonesa. La victoria japonesa tuvo profundas consecuencias políticas y estratégicas, por su carácter decisivo e inesperado. Por ejemplo, se la considera la primer victoria moderna de tropas asiáticas contra europeas, obligó a Rusia a capitular y poner fin a la guerra; y sus resultados negativos para Rusia son considerados antecedentes para la Revolución Bolchevique de 1917.

(2) El Almirante Isoroku Yamamoto fue el blanco de una operación montada por el mando naval norteamericano del Pacífico.Cuando se supo que Yamamoto estaría volando a la isla Bougainville. El Almirante Chester Nimitz le solicitó autorización al Presidente Roosevelt para interceptar y derribar su avión. El Mayor John Mitchell jefe del Escuadrón 339 ejecutó con éxito la misión, derribando al avión que conducía al almirante japonés y a la mayoría de sus escoltas.

Traducción  y notas del Coronel Carlos Pissolito.

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