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domingo, 28 de diciembre de 2014

Geopolítica vs "Smart Power".







Geopolítica vs.  "Smart Power" y más allá.




Por Carlos Pissolito

No cabe dudas, como realistas que pretendemos ser,  que la realidad es más importante que la idea. Sin embargo, a nadie se les escapa que estas últimas son importantes. Especialmente, cuando llegan a conformar una teoría, o aun mejor una visión de la realidad. Vale decir un todo ordenado de paradigmas y teorías que ayudan a comprender a una realidad determinada.
En este sentido, la realidad que plantea el poder a escala global no ha estado nunca exenta de visiones que intentaron explicarla. Ya sea, simplemente, para entenderla o por la necesidad de operar en ese contexto.

Para hacer una historia larga corta, nos referiremos, inicialmente, solo a dos de las visiones, entre las muchas existentes, que existen para explicar el poder a nivel global. Para rematar con una tercera que las supera a ambas. Hemos elegido a la Geopolítica y a la denominada escuela del "Smart Power" por estar ellas de moda. La segunda, se trata de una formulación relativamente reciente. Mientras que la primera es un revival de una vieja receta que ya dio mucho que hablar en su momento; pero que parece tener algo más que decir. También las elegimos por el hecho, nada despreciable, de que intuimos que ambas visiones son las que se oponen, hoy, simétricamente. Una contra otra, en la puja actual por adueñarse de ese poder.

Como no podía ser de otra forma, nosotros, los argentinos, nos hemos tomado la audacia de proponer una tercera vía. Mejor que las anteriores para el manejo de las realidades globales.



Empezamos con la Geopolítica.
Ella, en concordancia con su significado etimológico, se ha atribuido como objeto de estudio el impacto de la geografía sobre la política, y viceversa. Su campo de acción se orienta hacia el diseño de estrategias vinculadas al posicionamiento, al desplazamiento y al empleo de fuerzas en relación a las masas terrestres y a los espacios marítimos circundantes, y a su mutua interacción.

Cronológicamente, el primero en usar el término, "Geopolítica", fue el político sueco Rudolf Kjellén, en su obra "Politische Geographie", publicada en 1887. Pero, sería al inglés Halford Mackinder a quien se lo reconocería como el padre fundador de la ciencia. A partir de ellos, tuvo cultores en todos lados. En Gran Bretaña, en los EE.UU. y en Francia se abrieron cátedras y academias para estudiarla y difundirla. Pero, por lo general, su influencia no pasó de allí. La excepción fue la geopolítica germana, a la que se la asoció tradicionalmente al nazismo.

La Alemania humillada por el tratado de Versalles presentaba un campo fértil para la germinación de estas ideas. Fue allí que los conceptos geopolíticos de Lebensraum, autarky, pan-regions comenzaron a ser divulgados masivamente por el aparato de propaganda del naciente Nacionalsocialismo germano. Lo que vino después es historia conocida.

Lo mismo que la música de Wagner o las esculturas de Arno Breker y otras expresiones artísticas similares. Al finalizar la 2da GM, la Geopolítica fue condenada por sus vinculaciones con el nazismo. Sin embargo, hay quienes niegan su rol inspirador respecto de las estrategias nazis. Sostienen que el vitalismo racial ario nunca se llevó bien con el determinismo de las teorías geopolíticas. Y que solo se limitó a usar su terminología.

Por el contrario, los decisores políticos ingleses y norteamericanos, la recibieron con relativa frialdad. Probablemente, con la eminente excepción del Presidente de los EE.UU., Teodoro Roosevelt, que tomó en consideración las recomendaciones de Alfred Mahan. En realidad, un propagandista del poder naval antes que un impulsor de la Geopolítica como tal. Por su consejo, los EE.UU. construyeron el Canal de Panamá y se involucraron en la guerra contra España, entre otras acciones, que le reportaron la ganancia de pasos marítimos estratégicos.
Mackinder graficado

Por su parte, en Gran Bretaña, Sir Halford Mackinder fue el abanderado de la Geopolítica tal como hoy la conocemos. Tuvo el mérito de que sus ideas, probablemente las más esotéricas, fueran –a su vez- las más difundidas académicamente. Aunque, paradójicamente, -hasta donde sabemos- nunca fueron aplicadas a un caso concreto. Como tales, se las considera opuestas a las ideas de Mahan; ya que en lugar del poder naval, el que había dominado los siglos XV al XIX, abogó por el terrestre.  En su concepción, de la famosa World Island,  o Área de Pivote, sostenía que la masa de tierras centrada en Eurasia concentraba a los recursos humanos y naturales necesarios para el pleno desarrollo de una civilización industrial. En sus recordadas palabras: “Quien gobierne Europa Oriental comanda el Núcleo. Quien comanda al Núcleo comanda la Isla del Mundo. Quien comanda la Isla del Mundo comanda el mundo.”

Casi olvidada en el desván de la historia, acusada de colaboracionismo con el nazismo, la Geopolítica pasó a ser una ciencia solo cultivada por unos pocos iniciados. Hasta la reciente invasión rusa a la Península de Crimea. Fue entonces que una legión de expertos comenzó a hablar del regreso de la Geopolítica. Entre ellos se destacó el artículo del conocido diplomático norteamericano, Walter Russell Mead, aparecido en la revista Foreign Affairs, de mayo del 2014, bajo el inquietante título: "The Return of Geopolitics.The Revenge of the Revisionist Powers."

Si queremos entender este regreso. Mejor que comentar las travesuras europeas del Presidente de Rusia Vladimir Putin, es que fijemos nuestra atención en su mentor geopolítico. Se trata de Aleksandr Dugin y su movimiento “Eurosasia”. Quien, es considerado el  impulsor principal  del renacimiento de la geopolítica rusa. Una que se inició, dos décadas atrás, en la búsqueda de una solución al problema suscitado por los intentos de segregación de Chechenia. Como remedio a la fragmentación de ex Unión soviética, Dugin, propugna la unión de todos los pueblos Turco-Eslavos en un formato similar al viejo Imperio Ruso conducido desde Moscú, desde mediados del siglo XVIII hasta principios del XX.

Bajo la dirección de Putin, la aplicación práctica de esta doctrina se encaminó hacia el logro de una alianza estratégica entre Rusia, Europa y los Estados de Medio Oriente, particularmente de Irán. También, Putin entendió que lo mejor para los intereses vitales rusos era oponerse al avance de la NATO sobre Ucrania y Georgia. Al respecto, Dugín había declarado con anterioridad: “Rusia no se debe contentar con la liberación de Osetia del Sur, tiene que hacer algo similar con Ucrania.”
Como sabemos es evidente, hoy, el fracaso de estas maniobras estratégicas. Si bien Rusia logró algunas conquistas territoriales en su área de influencia. Estas las han dejado en bancarrota y vulnerable vaya uno a saber a qué males.

Si bien Rusia utilizó y utiliza estrategias modernas como las de la denominada "Guerra Irrestricta" divulgada por los coroneles chinos Qiao Liang y Wang Xiangsui  que contemplan el uso del engaño, la desinformación y la decepción como sus componentes principales. En realidad, no son más que variaciones más sutiles de las tradicionales formas del empleo de la coerción y la acción militar. Nada nuevo, por cierto; ya que técnicas similares fueron empleadas por Hitler en sus primeras conquistas territoriales.

El libro que Putin se olvidó
de leer.
Pero, aún más interesante es entender porque fracasó la estrategia rusa. Un hecho que no es nuevo y que se repite; ya que los EE.UU., en su momento, supieron terminar la Guerra Fría con el simple expediente de bajar los precios internacionales del petróleo, lanzar la estrategia espacial conocida como la Guerra de la Galaxias y sostener moralmente a los movimientos disidentes como el Solidaridad polaco. Tal como lo cuenta el Dr. Norman Baley, uno de las autores de esta estrategia, en su libro: "The Strategic Plan that Won the Cold War."

La derrota rusa a manos de medios no militares occidentales nos permite introducir en el siguiente tema.




Seguimos con el "soft" y el "smart power"
En dirección contraria a la línea trazada por la Geopolítica tradicional y continuada por Dugin y los rusos. El profesor de la Universidad de Harvard, Joseph Nye propuso en su libro de 1990:  "Bound to Lead: The Changing Nature of American Power", que la seducción era mejor que la coerción en aras de alcanzar un objetivo estratégico. Concretamente, sostuvo que herramientas tales como: la diplomacia, las comunicaciones, la ayuda humanitaria y la ayuda al desarrollo podían obtener mejores resultados en la arena internacional que los tradicionales medios duros del "hard power" como el poder militar y las sanciones económicas.

Por supuesto que autores realistas como Niall Feguson se resistieron a la idea y contraatacaron con el argumento habitual de que solo existen dos tipos de incentivos: los económicos y la amenaza del uso de la fuerza. Otros arguyeron, que todo dependía de quien fuera el interlocutor. Por ejemplo, Janice Mattern replicó diciendo que el soft power no era suficiente para combatir el terrorismo y que eran necesarios para hacerlo los medios del hard power.

En una nueva vuelta de tuerca y en aras de zanjar la cuestión se creó el concepto de "smart power" o poder inteligente. Uno que combinaba la persuasión de los medios blandos con la coerción de los duros. Christian Whiton, funcionaria del departamento de Estado durante la administración de Bush hijo lo describió en su libro: "Smart Power: Between Diplomacy and War", como: "las acciones financieras, culturales, retóricas, económicas, de espionaje y militares que los Estados pueden llevar a cabo antes de llegar a una guerra abierta para influir en las decisiones políticas de otro Estado."
Finalmente, el poder justo.

Un paso más allá y en la misma dirección lo dio Nayef Al-Rodhan,  del Centro para la Geopolítica de la Globalización y la Secundad Transnacional con sede en Ginebra, Suiza. Cuando comenzó a hablar de la denominada Meta Geopolítica. Una mezcla de Filosofía de la historia, con las neurociencias y de la Estrategia realista.

La teoría de Rodhan se basa de una vieja sentencia clásica: todo poder debe basarse en la justicia. No sólo en función de exigencias morales superiores, sino, simplemente, porque de esa forma es más efectivo. Algo que ciencias tan alejadas como la Economía, la Psicología y hasta la Biología han comprobado por sí mismas y que llaman en inglés: Moral High Ground o la autoridad moral, en criollo. Un concepto desarrollado por Robert H. Frank y que sostiene que el egoísmo no siempre es una receta para el éxito. Ya que, en un ambiente altamente competitivo, el apego a principios superiores otorga una ventaja para quienes los siguen.

Por eso propone lo que denomina como el “poder justo”. Uno que no sólo sea inteligente (smart), uno que, también, tenga en cuenta a las exigencias de la justicia. Al menos en sus formas básicas. Como puede ser el respeto de las normas del Derecho Internacional. En definitiva, un poder que pueda ser sustentable porque respeta la dignidad de las partes, sean estos individuos, entidades colectivas o Estados.
Llegado a este punto nos surgen algunas preguntas: ¿No es acaso lo que propone el Papa Francisco para las relaciones internacionales? Seguro que sí. Las coincidencias son obvias. Ya que como lo expresa el Papa en sus propias palabras:
“Una auténtica fe -que nunca es cómoda e individualista- siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades. La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos. Si bien el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política, la Iglesia no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia”. (24 de noviembre de 2013.)

Por otro lado, sabemos que Francisco fue formado en la Compañía de Jesús. Una orden que supo albergar a otro Francisco, uno nacido en Javier, España; pero que murió en la India. Ya que había elegido misionar en Japón, China, la India y en Mozambique.
A la pregunta de qué fue lo llevó a misionar en lugares tan alejados del Catolicismo de su época. Una respuesta sencilla sería que lo hizo impulsado por su Fe. Una más debatible, pero comprensible, podría argumentar que fue enviado allí por su orden religiosa para extender su influencia por todo el mundo.

Misionero jesuita del siglo XVIII
La siguiente pregunta es: ¿Cómo lograron los jesuitas evangelizar a pueblos tan lejanos? No solo en lo geográfico, también y especialmente en lo cultural. Bueno, podemos empezar diciendo que debieron emplear algo parecido de lo que Rodhan califica como el “poder justo” o el “poder sustentable”. Al respecto, sabemos que lo primero que hacían los jesuitas era aprender la lengua de sus interlocutores. Luego, les ensañaban algún oficio o arte propio de su cultura occidental (desde música hasta técnicas empresariales). En pocas palabras, los respetaron y los trataron dignamente.
También, les debe haber ayudado su formación y el espíritu militar que fue el sello que su fundador, Ignacio de Loyola, quien había sido capitán y que les transmitió a sus seguidores.  A esta disciplina castrense hay que sumarle los conocimientos aportados por las ciencias del Renacimiento de la época.
Pero, más allá de las leyendas y de las historias comprobadas, los jesuitas siempre trataron de cambiar al mundo en función de sus ideales.

Obviamente, algo de lo que Francisco no puede ser excluido. Mucho más si consideramos su vida sacerdotal en la Argentina antes de ser coronado Papa.

Pero, volviendo a nuestro título, nos preguntamos qué necesidad puede existir hoy de frecuentar áridos textos geopolíticos. Llenos de explicaciones esotéricas. Como los de Rudolf Kjellén, Halford Mackinder o Friedrich Ratzel. Para tratar comprender una realidad mucho mejor explicada en las obras clásicas de Tucídides, de Francisco de Vittoria. Conocimientos puestos en acto por Ignacio de Loyola y su orden religiosa. Y quien sabe, probablemente, por el Papa Francisco. Ya que como decía un viejo y querido profesor, repitiendo al genial Miguel de Unamuno: “para novedades, los clásicos.”