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sábado, 6 de junio de 2015

Personajes: Rolf Steiner.






http://www.gaceta.es/reportajes/rolf-steiner-guerrero-causas-perdidas-05062015-1905


Rolf Steiner, guerrero de causas perdidas.





José Javier Esparza

La historia del mercenario que en realidad quería ser misionero.

Ex seminarista, ex legionario, ex terrorista, ex presidiario… La vida de Rolf Steiner daría para llenar varios libros sobre las convulsiones subterráneas de la Europa de posguerra. Apareció en Biafra como mercenario en 1967 y pocos años después ejercía en Sudán como una especie de misionero. Vistas las cosas con perspectiva, está claro que el malo, después de todo, no era él.

Steiner era un guerrero perdido. Había nacido en Munich el 3 de enero de 1933, hijo de un veterano aviador de la primera guerra mundial que murió cuando el pequeño Rolf tenía sólo tres años. Su madre, profundamente religiosa, matriculó al niño en una escuela católica. A los dieciséis años, Rolf decide que quiere ser sacerdote e ingresa en un seminario, pero la suerte le juega una mala pasada: se enamora de una novicia, la chica le corresponde, el romance sale a la luz y el escándalo es mayúsculo. Desesperado, Rolf escapa a Francia y se alista en la Legión Extranjera. Es ya 1950. Así el que iba a ser sacerdote terminó siendo guerrero.

Steiner fue un buen legionario. Combatió cuatro años en Indochina, fue herido y condecorado, ascendió a sargento. Cuando Francia perdió aquella guerra, fue destinado a Argelia. Allí encontró una esposa –Odette- y una patria de adopción: la Argelia francesa. Pero entonces la suerte le dio otro golpe: una tuberculosis obligó a extirparle un pedazo de pulmón y puso fin a su carrera militar. Todo ello mientras Francia se resignaba a dar la independencia a Argelia. El precario mundo de Steiner se derrumbó de golpe. Todo empezaba a arder. Muchos franceses de Argelia se negaban a aceptar la independencia. En 1961, parte del ejército dio un golpe de Estado que fracasó. Steiner, como tantos otros, abrazó entonces la causa de la OAS, el grupo terrorista que seguía combatiendo por la Argelia francesa. Rolf acabó en la cárcel. Pasó allí nueve meses hasta quedar libre por falta de pruebas. Se instaló en Niza. Vida convencional de pequeño burgués. Tedio. Y un día, en un bar, alguien le propuso una aventura: Biafra.



La guerra de Biafra

Biafra era el nombre que recibía el sureste de Nigeria, país que en ese momento, ya descolonizado, afrontaba una guerra civil. La causa, la de siempre: los nuevos países africanos eran naciones artificiales donde se obligaba a convivir a etnias opuestas entre sí. En Nigeria, vieja colonia británica, debían vivir juntos los musulmanes del norte con los cristianos del sur. Los británicos apostaron por los musulmanes, que dominaban el país en detrimento de los cristianos. Éstos, por su parte, eran especialmente numerosos en el sureste: Biafra. Los biafreños, hartos de la hegemonía musulmana, se levantaron. Nadie habría dado un duro por ellos de no ser porque allí había petróleo. Francia encontró un buen motivo para meter la nariz. ¿Cómo? Armando e instruyendo a las tropas biafreñas del presidente Ojukwu. París no podía hacerlo a cara descubierta, pero sí contratando a ex militares como mercenarios. Por ejemplo, Rolf Steiner. Era 1967.

La tarea resultó imposible: los musulmanes eran muy superiores en número, recursos y formación. Y en ayuda anglosajona, primero, y soviética después. Lo primero que hizo Steiner al llegar al país fue detener fusil en mano a unos biafreños en desbandada, forzarles a volver al combate y parar una ofensiva enemiga. Fue su primer éxito. Como era inviable crear un ejército de verdad, Rolf optó por algo más asequible: formar comandos y desplegarlos en el frente. ¡Y qué frente!: los musulmanes habían emprendido una táctica de aniquilación que estaba forzando a centenares de miles de personas a huir de sus tierras, con la consiguiente hambruna. Fueron los terribles años del hambre en Biafra, cuyas estremecedoras imágenes dieron la vuelta al mundo.

Cuando las potencias que apoyaban a Biafra vieron que allí no había nada que rascar, se retiraron del campo y dejaron solo a Ojukwu. ¿Solo? No: Steiner, quijotesco, decide permanecer en Biafra renunciando a su sueldo. Ojukwu le concede la nacionalidad biafreña y le da el mando de una brigada. En una de sus operaciones toma un aeródromo enemigo y destruye seis aparatos soviéticos. Pero entre bambalinas se está librando otra guerra más amarga: Francia presiona a Steiner para que influya sobre Ojukwu. ¿Qué quiere Francia? Concesiones petrolíferas. Steiner, tipo de carácter tempestuoso, pero hombre de honor, se niega, acude a ver a Ojukwu, le cuenta lo que se está cocinando y presenta su dimisión; prefiere marcharse a quedar como un traidor. Ojukwu confirma a Rolf en su cargo, pero será por poco tiempo: Steiner hace gestos de autoridad que el círculo del presidente biafreño no acepta. El mercenario terminará expulsado del país. Biafra se hundirá pocos meses después. Ojukwu huirá. Detrás quedaba casi un millón de muertos, la inmensa mayoría por hambre.

Cruzada en Sudán

Después de Biafra, Steiner empezó a verse a sí mismo como el paladín de la cristiandad africana frente a la doble amenaza musulmana y comunista. Sin duda por eso, apenas de vuelta en París, recibió una singular visita: dos enviados de los rebeldes de Sudán del sur, donde los católicos resistían frente a la mayoría musulmana del norte apoyada por el bloque soviético. Misión: hacer llegar ayuda humanitaria a los rebeldes. Steiner, por supuesto, se enamoró de aquella causa perdida. Recorrió Europa dando conferencias sobre el drama sudanés. Promovió un comité humanitario para allegar fondos. El objetivo: levantar explotaciones agrarias que permitieran subsistir a las comunidades del sur. El propio Steiner dirigiría el proyecto.

Rolf pudo adquirir un grupo electrógeno, una bomba hidráulica, una tonelada de alimentos, medicinas, cien kilos de semillas, herramientas… Se trasladó al sur del Sudán y empezó a construir una granja experimental. El proyecto era ambicioso: centro de producción y de distribución a la vez, la empresa debía convertirse en cabeza de un país nuevo. Aún no había enfermeros, pero Steiner hacía de enfermero. Aún no había sacerdotes, pero Steiner bautizaba a los niños. En el verano de 1969, veinte años después de su fuga del seminario, el mercenario se había convertido en misionero.

Pero hay destinos que parecen escritos con sangre. En enero de 1970, el ejército sudanés perpetra una brutal matanza cerca de la granja de Steiner y captura a doscientas mujeres para venderlas como esclavas. El guerrero vuelve a tomar las armas y organiza un comando para liberar a las prisioneras. La operación es un éxito militar, pero tiene consecuencias políticas indeseables, porque las rivalidades tribales dentro del propio frente cristiano se exacerban hasta la ruptura. Steiner, frustrado, se marcha: pasa a Uganda con la intención de volver a Europa. Y aquí la suerte le volvió la espalda. Una vez más.

Los ugandeses temieron que Steiner les creara problemas y se apresuraron a entregarlo a las autoridades del Sudán. Era enero de 1971. En Sudán se emplearon a fondo. Entre otras cosas, obligaron a Steiner a ingerir un bebedizo que le abrasó el aparato digestivo. Para cerrar el episodio, fue condenado a muerte. La intervención del gobierno alemán le salvó la vida: se le conmutó la pena capital y después de tres años y medio de encierro se le puso en libertad. Rolf pudo volver a Alemania en 1974. Estaba roto por dentro y por fuera, pero al menos estaba vivo. Se instaló en Münster. Publicó un libro autobiográfico: El último aventurero. Luego, el vacío. Murió poco más tarde, a finales de los 70, minado por la tortura.

El 9 de julio de 2011, después de medio siglo de hambrunas y genocidios, la ONU al fin reconoció el derecho del Sudán del sur a ser una nación. Eso sí, con una penosa condición: entregar a los musulmanes del norte un altísimo porcentaje del petróleo que producen. En todo caso, más vale eso que nada. Que nadie se extrañe si algún día en Yuba, la capital del nuevo Estado, las autoridades dan a una calle el nombre de Rolf Steiner, aquel mercenario que gustosamente habría sido misionero, pero al que la vida llevó por el camino de la guerra y no por el del amor.