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lunes, 16 de noviembre de 2015

El día triste de Curupaytí



http://www.mdzol.com/nota/641041-el-dia-triste-de-curupayti/


Fue, tal vez, una de las dos batallas más sangrientas que se han librado en América del Sur.





por Juan Edgardo Martín

Ocurrió un lejano 22 de setiembre de 1866. Fue, tal vez, una de las dos batallas más sangrientas que se han librado en América del Sur. Ese día de primavera el sol asomó hacia el Este y desnudó la exuberancia de la floresta paraguaya. Soldados de cuatro países iban a quedar tirados, insepultos en el campo de batalla, cercano a Humaitá en territorio de la República del Paraguay. Demasiadas cosas habían pasado entre argentinos, brasileños, paraguayos y uruguayos.

Paraguay, prácticamente desde su independencia en 1.811 había sido gobernado por tres dictadores: El Doctor José Gaspar Rodríguez de Francia (el Supremo de Roa Bastos); Carlos Antonio López, quizá el más sensato y verdaderamente progresista de todos y el tristemente célebre Francisco Solano López, hijo del anterior.

Gradualmente se había ido convirtiendo en un país aislacionista, con una fuerte presencia del estado en el manejo de todos los aspectos de la vida ciudadana, y una impronta impuesta por la enérgica personalidad de sus dictadores. Sin embargo, se perfilaba como un país ordenado, con sus finanzas saneadas y en franca expansión. Hacia fines de 1.860 era gobernado por el Mariscal Francisco Solano López, quien había regresado de Europa con un buque de guerra adquirido en Inglaterra (el "Tacuarí"), algunos conocimientos militares y de ingeniería y una amante que luego se convertiría en esposa: Elizabeth Alicia Lynch, una anglo irlandesa que sería llamada "Madame" Lynch en los círculos de la alta sociedad paraguaya. López, teniendo exacta noción del grado de desarrollo que iba adquiriendo su país comenzó a pensar en expandir su influencia hacia el Plata y a ajustar cuentas con el Brasil por algunas cuestiones de límites en el Matto Grosso que se hallaban todavía pendientes. Las fuerzas armadas paraguayas tenían un grado de desarrollo y armamento que no desentonaba con el de sus poderosos vecinos: la República Argentina y el Imperio del Brasil.



La ocasión la tuvo, impensadamente, en la cuestión uruguaya. En efecto, en la Banda Oriental luchaban, eternamente luchaban, blancos contra colorados, y López, es decir, Paraguay, simpatizaba abiertamente con los blancos, más bien parecidos a nuestros federales. Mientras que Argentina y Brasil no ocultaban su preferencia por los colorados, afines con nuestros unitarios, que luego fueron mutando en liberales.

Los brasileños tenían un Emperador, títulos de nobleza y todo eso propio de las monarquías. Gran parte de su ejército se componía de esclavos negros o negros libertos. Los "cambá" como eran llamados despectivamente por los paraguayos.

El Paraguay, hacia 1865 había construido sus propios astilleros, poseía una importante quilometraje de líneas férreas y un incipiente desarrollo industrial.

Era rico el Paraguay…

El Imperio del Brasil invadió Uruguay con el pretexto de apoyar al candidato del Partido Colorado. Entonces Paraguay declaró que cualquier intervención brasileña en Uruguay sería considerada como un intento de romper el equilibrio en el Plata, y declaró la guerra al Brasil, iniciando inmediatamente las operaciones militares para invadir el Matto Grosso. Inicialmente la campaña fue coronada con éxito, penetrando las tropas paraguayas en territorio brasileño y saqueando esa región de Brasil. Argentina, al ver el desarrollo de los acontecimientos, declaró formalmente su neutralidad en el conflicto. El dictador paraguayo López solicitó a nuestro país permiso para pasar con sus tropas por la provincia de Corrientes para continuar las operaciones militares contra el Imperio del Brasil. Dicha solicitud fue denegada por que aceptarla sería contrariar la neutralidad proclamada por Mitre, Presidente de la Argentina.

Entonces, Paraguay cometió una equivocación que a la larga pagaría muy cara. Decidió invadir la provincia de Corrientes, ocupó su capital y capturó algunos barcos argentinos anclados en el puerto.

A todo esto, ya en Uruguay estaba instalado el gobierno del Partido Colorado, contrario al dictador paraguayo Francisco Solano López. Es en ese momento cuando Argentina, al verse invadida, decide entrar en la guerra y Uruguay hace lo mismo.

La Guerra de la Triple Alianza había comenzado.

Los aliados declararían que la guerra no se hacía contra el pueblo del Paraguay, sino contra su gobierno. Mitre, Presidente argentino, astutamente supo explotar la invasión paraguaya a Corrientes como elemento que sirviera aglutinar voluntades detrás de la causa. Y al convocar a la lucha pronunció su famosa frase, cargada de un optimismo exagerado: "En veinticuatro horas a los cuarteles, en quince días en Corrientes, ¡en tres meses en Asunción!".

En realidad, la campaña, mientras se desarrolló en territorio argentino, casi diríamos que fue un paseo militar, costó muy poco recuperar Corrientes. La cuestión comenzó a complicarse cuando el teatro de operaciones se trasladó al Paraguay. Meses y meses de inacción con los soldados varados entre bosques y esteros y frente a un enemigo que con una valentía rayana en la temeridad moría por defender a su país, hizo difícil las cosas. La flota brasileña había impedido la llegada de armamentos a Asunción, que había sido comprado de antemano por López para la guerra. Los soldados argentinos se desesperaban en la inacción en territorio paraguayo "A algunos les ataca cierto grado de locura, yo pido que si me ataca a mí, que me dé por las mujeres", había escrito en una de sus cartas un Julio Argentino Roca, aún joven, estando destacado en el campamento argentino. Todos se desvivían por obtener algunos días de permiso para visitar sus hogares, pero era un secreto a voces que esos permisos estaban reservados “para los entenados de don Bartolo”. El Presidente argentino Bartolomé Mitre, era el comandante en jefe de las fuerzas aliadas en la Guerra. Poco a poco se iba avizorando que la caída de Paraguay era cuestión de tiempo. Entonces se produjo la famosa entrevista de Yataití Corá entre los presidentes de Paraguay y Argentina. Se llevó a cabo en el medio del bosque, Mitre se presentó de paisano, con su clásico "chambergo ladeao" y López con su uniforme de Mariscal del Ejército Paraguayo y su pecho cubierto de condecoraciones. No hubo arreglo. Hablaron, recordaron épocas pasadas, de cuando Francisco Solano anduvo por Buenos Aires, charlaron un poco de libros, brindaron con cognac, intercambiaron las fustas que portaban, y se despidieron con cortesía, como hacen los caballeros.

La guerra continuaba.

La Armada brasileña se había apoderado del río, y necesariamente debía traspasar la Fortaleza de Curupaytí, pues si lo hacía se facilitaba el acceso a Asunción. Los paraguayos habían fortificado la orilla del río. La idea era que la flota brasileña procediera a "ablandar" la posición paraguaya con su artillería y posteriormente, Mitre ordenaría el ataque. La flor y nata de la juventud argentina había ido a esa guerra. Quienes sobrevivieron luego fueron los militares, políticos, escritores, historiadores que supieron conducir al país, en lo que la historiografía ha llamado "La Generación del 80". Allí estuvieron Julio A. Roca, Lucio V. Mansilla, Luis María Campos, Alejandro Díaz, el General Arredondo, y entre otros, Ignacio Hamilton Fotheringham, un inglés acriollado, autor de unas memorias muy pintorescas y que supo estar destacado en Mendoza. Nuestros soldados usaban un uniforme a la usanza del uniforme francés en la reciente Guerra de Crimea. Las polainas eran blancas, por lo que los paraguayos llamaban a los nuestros "los patas blancas". El Ejército del Paraguay ya se hallaba muy menguado en sus recursos y solo se le proveía una chaqueta roja en el mejor de los casos y era muy común ver soldados hablando en guaraní y peleando descalzos…

El Almirante Joaquim Marques Lisboa, Marqués de Tamandaré, al mando de la escuadra brasileña inició el bombardeo a las ocho de la mañana, había prometido "descangalhar en duos horas" a la fortaleza paraguaya con los cañones de sus barcos. Durante cuatro largas horas los buques brasileños bombardearon las posiciones paraguayas, y durante cuatro largas horas los paraguayos respondieron con sus cañones impidiendo que la escuadra imperial se aproximase a la fortaleza. Cinco mil bombas fueron arrojadas esa mañana por los brasileños.

Hacia el mediodía, Tamandaré juzgó concluido el bombardeo y comenzó el ataque terrestre. Ignacio H. Fotheringham nos ha dejado testimonio de ello en su obra "La vida de un soldado": "…Y pasó Lucio Mansilla, jefe del 12, el más elegante y buen mozo entre los muchos que lucharán ese día…". Luego el autor de la famosa "Excursión a los indios ranqueles" sería herido en un hombro y salvaría su vida por milagro. Este cronista nos cuenta que el Capitán Domingo Fidel Castro Sarmiento, hijo de quien fuera luego Presidente de la Nación, lo saluda antes de la batalla con un abrazo y un optimista "¡Hasta la vuelta, inglesito!". Ese día moriría Dominguito desangrado al recibir una herida de metralla en sus piernas.

El Mariscal López, para comandar sus tropas en la defensa de la Fortaleza, había confiado en un viejo zorro: El General José Díaz, veterano de Estero Bellaco y Boquerón. Este hombre astuto preparó la defensa de sus baterías cortando árboles de "abatíes" y parapetándose detrás de sus gruesos y duros troncos. Las cuatro columnas aliadas que se lanzaron al asalto se vieron de pronto, antes de llegar a la trinchera principal de los paraguayos, frente a un estero fangoso que dificultaba enormemente la marcha. Y descubrieron con asombro que el bombardeo de la escuadra brasileña había sido prácticamente inofensivo. Los cañones de Tamandaré habían apuntado demasiado alto y lo único que habían "descanglhado" eran las copas de los árboles. Las baterías y defensas paraguayas se hallaban intactas.

Las tropas de asalto aliadas fueron literalmente barridas por los defensores paraguayos. Sin embargo las oleadas de ataques aliados se sucedían una tras otra, y una tras otra eran masacradas.

¿Por qué se perdió esa batalla? Los historiadores concuerdan casi en forma unánime en reconocer dos errores fundamentales: La impericia de la Escuadra del Brasil que bombardeó posiciones paraguayas durante cuatro horas sin causar el más mínimo daño; y la falta de previsión de Mitre al ordenar una carga sin reconocer previamente el terreno.

Finalmente, a instancias del Barón de Porto Alegre, Comandante en Jefe de la tropa terrestre brasileña, se ordena retirada.

Los aliados habían perdido el ataque a la Fortaleza de Curupaytí.

Las cifras fueron alarmantes. Murieron ese 22 de setiembre de 1.866 aproximadamente 10.000 soldados aliados (argentinos, uruguayos y brasileños) y tan solo 92 paraguayos.

Luego, la Guerra del Paraguay continuaría, y finalmente, Asunción sería tomada por los ejércitos aliados. El Mariscal Francisco Solano López, Presidente de la República del Paraguay, un hombre cruel cuyo fanatismo hizo que su pueblo se inmolara, se permitiría un último acto de valentía. Moriría en Cerro Corá peleando por su vida, empuñando un espadín de oro, recibiría un lanzazo en el bajo vientre de un Sargento brasileño a quien apodaban "Chico Diavo