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martes, 10 de noviembre de 2015

Se desinflan los populismo en la región.



http://www.lanacion.com.ar/1843963-se-desinflan-los-populismos-de-america-latina







Loris Zanatta 

BOLONIA, Italia.- Se equivoca quien piense que América latina está a punto de pasar de una etapa política dominada por la izquierda a otra dominada por la derecha. Aun suponiendo que el eje derecha-izquierda sea útil para entender la historia política, cosa que siempre me ha parecido de un simplismo desarmante, sin duda no sirve para entender lo que está sucediendo hoy. Ese eje tiene sentido en los sistemas representativos pluralistas, donde hay un amplio consenso sobre la institucionalidad democrática y donde la derecha y la izquierda, aunque antagónicas, se reconocen legitimidad mutua.
No tiene sentido, en cambio, donde impera el populismo, que por su naturaleza pretende monopolizar el espacio de la legitimidad política y, en consecuencia, absorbe en su interior las funciones que suelen desempeñar la derecha y la izquierda: en esos casos, no casualmente, suelen chocar un frente populista y uno antipopulista.

Esto, de todos modos, lo demuestran los hechos: si la izquierda enfatiza el igualitarismo, no es posible argumentar, con los datos en la mano, que los países gobernados por la "izquierda" en la última década sean más igualitarios que los países gobernados por la "derecha". La verdad es que la pobreza se redujo tanto en Bolivia como en Colombia, en Ecuador como en Perú, en Brasil como en México. Y lo mismo pasa con la desigualdad, que se ha reducido en todas partes, aunque mucho menos que lo que era de esperar.


En fin, no se ve ninguna relación directa y empírica entre una mayor equidad y el color ideológico del gobierno de turno. En todo caso, cabe señalar que, ahora que el ciclo económico favorable se ha quedado atrás, las economías abiertas de la Alianza del Pacífico están demostrando, en general, ser más robustas y dinámicas que las economías nacionalistas y autárquicas de los países que bordean el Atlántico. Entonces, para entender el nuevo clima que según algunos indicios parecería abrirse paso en América latina, mejor es utilizar como parámetro la naturaleza de los regímenes políticos. Al hacerlo, se verá que el amplio apoyo de que han disfrutado hasta ahora los regímenes populistas se está desinflando y que está creciendo la demanda de democracias normales, sin adjetivos.
Para empezar, ¿cuáles son los indicios del nuevo clima? El primero es el ocaso del kirchnerismo: cualquiera sea el resultado del ballottage, pocos imaginaban que su ciclo no se cerraría con un paseo triunfal sobre una red carpet y se parecería en cambio a un via crucis, cuya siguiente estación, para los populistas, podría ser aún más dolorosa en Venezuela, cuando en diciembre lleguen las elecciones: todas las encuestas indican que el chavismo estará en sus mínimos históricos. Al haber sido el chavismo el motor de la propuesta populista en toda la región, su debacle electoral sonaría como una sentencia de muerte.
Más firmes en su posición de dominio absoluto parecen Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia, con sus peculiaridades indudables. Pero las recientes elecciones les han enviado señales preocupantes: cuando el líder carismático no es candidato, su partido sale muy maltrecho. Ahora Morales planea perpetuarse en el poder mediante la modificación de la Constitución. Es un déjà vu patético; atención al efecto boomerang. Sobre todos estos gobiernos ha vigilado siempre, como padre tolerante y cómplice, el gobierno de Brasilia. Pero la salud del PT está hoy muy desgastada y el ciclo inaugurado por Lula en 2002 corre el serio riesgo de agotarse dejando muchos huérfanos a su alrededor.
Se dirá que otros líderes no disfrutan de mejor salud, que Michelle Bachelet vuela de crisis en crisis, que la popularidad de Ollanta Humala está muy baja, que Juan Manuel Santos se juega todo en la mesa del proceso de paz. Todo esto es cierto. Pero ninguno de ellos gobierna en nombre de una supuesta revolución: en esos países se cuestiona la calidad del gobierno, no la naturaleza del régimen político. Donde gobierna el populismo es al revés. Son indicios, pero hace un tiempo esos indicios no existían.
¿Qué es lo que distingue el populismo de un régimen democrático normal? Después de todo, con la excepción de Cuba, en toda América latina se celebran hoy elecciones competitivas y todas las constituciones protegen los derechos individuales, la separación de poderes, el imperio de la ley. Por lo menos de palabra. ¿Dónde está el problema? Dejemos que lo explique Nicolás Maduro: "No entregaría la revolución", dijo, asumiendo la posibilidad de una derrota electoral. Y luego: "Pasaría a gobernar con el pueblo en unión cívico militar". Traducido: si los electores no me votan, ejerceré el poder con mi gente; las normas sólo se aplican si gano. Brutal, pero claro. Hay Pueblo y pueblo. Los populistas, en su núcleo esencial, piensan así: creen que su pueblo es moralmente superior a los demás pueblos y que encarna ideales más elevados que los que sostienen a las mismas instituciones democráticas: justicia, solidaridad, igualdad, identidad nacional, etc. Es en el nombre de ese pueblo imaginario, mítico, que el populismo pretende la unanimidad y que no puede ver en la victoria de sus adversarios un hecho fisiológico de la democracia. De ahí que la crisis del populismo desestabiliza el régimen político, donde no habría otra cosa que una normal alternancia en el gobierno.
¿Cómo fue que gobiernos que tenían el viento en sus velas y las cajas repletas de dinero, como el de Chávez y el de los Kirchner, terminaron en una situación tan desesperada? ¿Por qué hoy sufren la derrota y amenazan con arrastrar a pueblos enteros a peligrosas polarizaciones ideológicas? Las razones abundan: mala gestión, arbitrariedad, corrupción, recesión. Pero hay algunas más profundas que otras y del todo nuevas. La primera es que los populismos de hoy son híbridos: tienen el mismo impulso totalitario de sus antepasados, pero no pueden, como hacían aquéllos, acabar con cualquier oponente. Los populismos de hoy viven, aunque incómodos, en la democracia, lo que los obliga a tolerar más pluralismo que el que quisieran, hasta tener que competir y correr el riesgo de la derrota. Y no sólo eso: mientras en el pasado el ciclo populista era a menudo interrumpido por la intervención de las fuerzas armadas, que potenciaban así el mito de los populistas como custodios de la soberanía del pueblo, ahora ese riesgo ya no existe. Por suerte. El populismo puede así completar su ciclo y exhibir sin más excusas los frutos de su gobierno, en general nada atractivos. Si hubo un tiempo en que, al ser derrocado, el populismo dejaba flotando el sueño de una esperanza reprimida, ahora deja ropa sucia y platos rotos a la vista de todos.
Una segunda razón, no menos importante, ayuda a explicar por qué los populismos corren hoy el riesgo de convertirse en huérfanos del pueblo en cuyo nombre actúan. Se la podría llamar "la gran ilusión" de los populismos. Su pretensión de ejercer el monopolio del poder mediante la invocación de un pueblo mítico, homogéneo e indiferenciado choca contra la realidad, que nos muestra cómo los países de la región se vuelven cada día más heterogéneos y plurales. El fuerte crecimiento de la última década, en particular, ha acelerado en toda América latina el avance de unas clases medias más independientes, exigentes, secularizadas e instruidas. A sus ojos, la típica mezcla populista de caudillismo, amiguismo, monólogos en cadena, demagogia barata, aparece cada vez más primitiva. Son fenómenos que evocan más el pasado hispánico que una sociedad moderna, justa y eficiente. Se puede intentar justificar el nombramiento de la hija de un ministro a la presidencia de un banco pescando en la retórica progresista, pero al final todo el mundo entiende que está frente a un caso del más desvergonzado nepotismo.
No por esto, claro, los populismos tienen sus días contados: fueron, son y seguirán siendo una poderosa alternativa a la democracia liberal. A la cual, sin embargo, se ofrece ahora una nueva oportunidad. ¿Sabrá aprovecharla mejor que en el pasado? Esto es ya otro tema.

(*) Ensayista y profesor de historia en la Universidad de Bolonia