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jueves, 21 de enero de 2016

La pesadilla de Angela Merkel.








Carlos Esteban - Miércoles, 20. Enero 2016 - 22:30

"Nuestro Estado, nuestra nación, no es producto de la casualidad. Es la obra de muchas generaciones. Contemplamos con orgullo una rica cultura, libertades civiles y políticas, prosperidad. Estamos dispuestos a ayudar a muchos países del mundo. Pero hay algo que no haremos: entregar nuestra tierra y nuestra nación. ¡Alemania es nuestro país!"
Quien así hablaba en una manifestación en Erfurt tras los atentados de París es Björn Höcke, portavoz por el Estado de Turingia de Alternative für Deutschland (Alternativa para Alemania, AfD), el partido alemán que se ha convertido ya en la tercera fuerza por intención de voto. El que ayer era un partido sospechoso y marginal, aun hoy vigilado de cerca por la policía y demonizado regularmente por la prensa, sube como la espuma en popularidad en una Alemania que solo el año pasado recibió más de un millón de migrantes procedentes de Oriente Medio y el Norte de África por culpa de la incomprensible política de la canciller Angela Merkel, por cuya generosidad se espera que el número de supuestos refugiados en Alemania llegue a los tres millones este año.


Höcke y su partido forman parte de lo que el controvertido político del SPD (socialdemócratas) Thilo Sarrazin llama "la resistencia de los pueblos a su propia abolición". Pero Alemania lleva ya mucho tiempo coqueteando con el suicidio nacional. Las atrocidades nazis conocidas tras la guerra dejaron en la conciencia colectiva y la vida pública alemana un recelo casi patológico a toda forma de orgullo nacional, y el país fue pionero en la 'revolución de las cunas vacías' -la caída en picado de la fertilidad-, así como en esa otra modalidad de dilución nacional que es la inmigración masiva de elementos culturalmente muy distintos al nativo, originalmente turcos.

Pero la iniciativa suicida del último año ha puesto en negro sobre blanco y al alcance de la mano una desaparición de las páginas de la historia que está llevando a muchos alemanes a proclamar un rotundo "Nein!", y por primera vez en más de medio siglo empieza a pronunciarse el nombre de Alemania en el foro político, aunque sea aún en sus márgenes, no con vergüenza o disimulo, sino con orgullo. Y eso es lo que ha sacado repentinamente de la oscuridad a AfD.

Pero AfD no es la pandilla de neonazis indocumentados de cervecería y concierto de rock que les gustaría a la prensa, sino que está liderado por un pequeño grupo de profesores universitarios de prestigio y hombres de negocios de éxito, el típico colectivo que uno imagina aplaudiendo la cohesión europea y celebrando la implantación del euro. Y eso es lo que hace de ellos un verdaderoquebradero de cabeza para Angela Merkel en particular y, en general, para los grandes partidos que llevan desde el final de la Segunda Guerra Mundial alternándose plácidamente en el poder: la muy moderada derecha democristiana (CDU), el partido de la canciller, y la no menos moderada izquierda, los socialdemócratas del SPD.

AfD ejemplifica a las mil maravillas el terremoto que está desdibujando las líneas de batalla políticas de posguerra, sustituyendo la tradicional división de una izquierda y una derecha que apenas se distinguen por matices por un nuevo conflicto entre, por llamarlos de algún modo, identitarios contra globalistas. El nuevo partido quiere menos burocracia europea, devolución de competencias cedidas a Bruselas y la salida del euro, para ir abriendo boca, aunque lo que les ha hecho especialmente populares en los últimos meses ha sido su radical oposición a la entrada masiva de supuestos refugiados supuestamente sirios desde este verano.

"Merkel nos tiene pavor", aseguraba recientemente en una entrevista concedida a The New York Times uno de sus siete europarlamentarios, Hans-Olaf Henkel, antiguo responsable de la división de IBM para Europa, Oriente Medio y África. Henkel financió su propia campaña para las pasadas elecciones europeas y ha donado al partido un millón de euros.

AfD se niega a integrarse en Europa con partidos de ultraderecha como el Frente Nacional o el Partido Holandés de la Libertad de Geert Wilders, pero solo un ciego dejaría de ver que su éxito repentino -el partido se fundó en 2013- responde a las misma causas que han convertido al partido de Marine Le Pen en el más votado de Francia. Sin embargo, si algo caracteriza a estos nuevos partidos identitarios es, precisamente, que en todo lo que no sea sureivindicación de la soberanía nacional y su oposición al globalismo político son cada uno de su padre y de su madre, desde liberales en lo económico como se presenta la AfD hasta proteccionistas como el citado partido francés; desde progresistas en lo social como el partido de Geert a filotradicionalistas como el Partido de la Ley y la Justicia que gobierna Polonia, pasando por el conservador Ukip británico.

Pero si en Europa del Este es una sorpresa y en el resto una conmoción, en Alemania es un verdadero terremoto el éxito de un partido que reivindica las esencias nacionales, demonizadas y enterradas tras el episodio nazi. Es, por tanto, preocupante para muchos oír a Höcke terminando así su discurso: "Alemania, amigos, es la patria de nuestros ancestros. Alemania debe seguir siendo la patria de nuestros hijos. ¡Alemania es nuestra patria, nuestra tierra, nuesta nación!".

Es todo, todo, contrario a lo que se espera de un alemán en la vida política. ¿"Mut zu Deutschland", "Valor por Alemania", como reza su lema electoral? Eso en la arena pública alemana es como eructar en una recepción palaciega. Del político alemán se espera que mencione con mayores o menores sinceridad y entusiasmo el"espíritu de Europa", como hace Merkel cada cinco minutos; hablar de compromiso, de solidaridad europea, de consenso. Pero, de forma muy parecida a nuestro Podemos aunque sea desde posturas radicalmente diferentes, AfD ha entrado en el pacífico consenso alemán como un elefante en una cacharrería. La UE que quiere la AfD es una comunidad "de estados soberanos que defienda los derechos humanos, la democracia y el Occidente cristiano". Sí, así, como suena.

Pero, de tener en cuenta las palabras de Höcke, la revolución que viene a traer la AfD no se detiene en la salida del euro, ladevoluciòn de soberanía y las restricciones a la entrada de inmigrantes, refugiados o no. Es también una rebelión contra el dogma progresista de lo 'políticamente correcto': "Rechazamos que se someta a nuestro pueblo ('Volk', otra palabra tabú) a experimentos irresponsables. Solo un ideólogo cree que una sociedad puede funcionar sin la familia, o que uno se convierte en alemán con solo cruzar nuestra frontera. Queremos mostrar nuestro claro rechazo a los ideólogos que pretenden crear una sociedad multicultural y abolir la familia tradicional".

El ascenso de AfD es para muchos, tanto entre las élites políticas europeas como entre las mediáticas, el regreso del nacionalismo que Europa ha hecho tanto por olvidar y prevenir. Pero para un número cada vez mayor de votantes es simplemente la vuelta al sentido común.