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domingo, 11 de diciembre de 2016

La globalización sigue tropezando

http://elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=5487






PASCUAL TAMBURRI

El Brexit parecía una ocurrencia imposible. Pero sucedió. Donald Trumpparecía un excéntrico sin posibilidades. Pero ganó. Se sumaron a Polonia y Hungría, que de parias han pasado a ser referencias. Y sigue el pánico. El domingo 5, más de 4 millones de austríacos votaron para elegir presidente de la República, y era la segunda vez porque en mayo se amañaron los votos por correo para favorecer al candidato ‘políticamente correcto’. Esta vez, con el aplauso de todos los medios y partidos, sí ganó el ex líder de los Verdes,Alexander Van Der Bellen; todos los poderes, a todos los niveles, se habían espantado con una posible victoria de Norbert Hofer, candidato del FPÖ y discípulo de Jörg Haider. Que sigue siendo, con el 46%, el partido más fuerte de Austria.


Pero la victoria pírrica en Austria no compensa al Sistema de lo que ha perdido en Italia. Matteo Renzi ha jugado muy mal sus cartas y tenía sólo un punto fuerte, la división y parcial sumisión de la derecha que podría servirle de alternativa, en las elecciones que vendrán. No le ha bastado.

Renzi fue al referéndum con más orgullo aún que David Cameron, y con la seguridad de ganar, con el apoyo del Presidente de la República, de todos los medios de comunicación (incluidos los de Silvio Berlusconi), de todos los opinadores, de todas las instituciones, de casi todos los partidos. Lo convocó para ganar, y ha perdido. No sólo ha perdido él, sino que ha dado espacio y voz a un descontento que en Italia los había perdido en los últimos años.

Renzi ha conseguido algo más, y no fácil, como es poner de acuerdo en el “no” y en muchos argumentos a hombres tan distintos y distantes como elfilósofo Paolo Flores d’Arcais, director de MicroMega, y el politólogo Marco Tarchi, director de Diorama Letterario. La reforma política de Renzi era, ante todo, demagógica y falsa, era más una barrera para defender el sistema existente frente a una verdadera reforma futura. Y era antidemocrática, porque con la excusa de una mínima reducción del gasto se quitaba al voto popular el control del Senado y se daba a más políticos profesionales y no electos la inmunidad parlamentaria.

Ahora en Italia es posible que una minoría se haga con una mayoría absoluta en la Cámara; si se borraba el Senado era ya el fin de toda ficción de democracia. Y era la izquierda con aditamentos democristianos la que, ante la desorganización de sus rivales, quería eso y lo quería ahora. No lo ha conseguido.

La victoria del ‘sí’ significaba perpetuar el conformismo y consolidar una nueva casta en Italia ¡y lo ha dicho hasta El País! Pero ha ganado el “no”. Renzi ha jugado a ser populista, y a acusar a sus enemigos de afines a Le Pen y Trump… pero ha perdido el contacto con la realidad. La gente ha visto que los políticos profesionales estaban con Renzi, y que su poder iba a más y no a menos.

En la práctica, Renzi no quitaba poderes a las regiones, salvo para aumentar el poder de un Gobierno que quería para sí y los suyos durante décadas; y sí quitaba en la práctica la posibilidad de la iniciativa legislativa popular. Intentaba consolidar un poder autoritario en manos de la casta mixta de izquierdas y derechas, aprovechando una coyuntura irrepetible: las tres fuerzas políticas principales (Renzi con su suma PD-DC, Grillo y el centroderecha Berlusconi/Salvini) tienen una base electoral del 25%-30%, y sólo los ahora gobernantes están organizados y en condiciones de ir a unas elecciones o a una conquista del poder, o eso creían. Por eso la victoria del sí significaba la perpetuación del conformismo y del sistema. Ahora no sabemos qué pasará en Italia, pero sí sabemos que todo es posible, y que una mayoría de italianos no ha querido entregar el poder a una casta de “jóvenes” parecidos a los del PP y como ellos hijos sin arrepentir de la casta anterior.

Se acusa de populismo al Movimiento Cinco Estrellas de Beppe Grillo. Puede serlo, y desde luego es confuso y contradictorio, pero ha dado la palabra y la esperanza a muchos que no la tenían, quizá porque nunca la habían tenido en décadas o porque la habían perdido últimamente. En unas elecciones abiertas, Grillo puede ganar, y hacerlo con votos que en otros países son de un populismo “de derechas”. ¿Y qué pasa? Grillo es un cómico, es cierto, pero no será peor que mucho de lo que se ha visto en Italia y en España.

No nos engañemos, la derrota de Renzi es la de la UE, la de los grandes financieros y los grandes intereses. Contra Renzi ha habido una movilización de voto juvenil y estudiantil, de clase media y de clase baja, los habituales paganos de todo; y no se ha producido la anunciada ruina económica inmediata, sencillamente porque los grandes poderes saben que sin Italia no hay UE posible. Con Renzi han perdido a la vez los excomunistas y los exdemocristianos, justamente la “gran coalición” que gobierna ahora España.

Renzi ha dimitido, y él, como Grillo, quiere ir a unas nuevas elecciones cuanto antes. ¿Por qué? Porque no hay una derecha unida, pese a su enorme vitalidad social incomparable con nada de lo que vivimos en España; porque la derecha fue dinamitada sucesivamente por Gianfranco Fini y por Silvio Berlusconi, y si se le da espacio y tiempo renacerá; Renzi prefiere que su coalición -más de Soros que suya- vaya a las urnas con grillo como única alternativa. Puede que acierte, pero también en esto puede equivocarse, porque si la Liga sirve de aglutinante a la resistencia, con los rebeldes contra Berlusconi y los eternos resistentes de la derecha que no renuncia, puede ser una partida a tres, y eso asumiendo que Grillo no se disgregue.

Norbert Hofer y Marine Le Pen darán nuevas portadas a los periódicos de 2017. Como lo harán Frauke Petry y Geert Wilders. Los identitarios, patriotas, rebeldes a la decadencia, jóvenes que miran a mañana y no a ayer, clases medias hartas de pagar a unos políticos que imponen ideologías artificiales, son la fuerza emergente en la Europa de hoy. Renzi comerá el panettone en el paro, y es sobre todo una señal de que, aunque cuesta creerlo, nada está perdido y todo es posible, con trabajo y con ilusión, con los medios de este siglo y sin los complejos de los pasados.