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sábado, 7 de julio de 2018

9 de Julio de 2018: el orgullo de haber sido, la vergüenza de no ser...











por Carlos A. PISSOLITO


Resultado de imagen para acta de la independencia argentinaSin lugar a dudas la Declaración de Independencia, el 9 de julio de 1816, en San Miguel del Tucumán, es un acto de mucha mayor trascendencia política que lo acaecido el 25 de mayo de 1810, en Buenos Aires. Extrañas razones historiográficas y de otra índole, mantienen ambas fechas en un plano de igualdad.

Hoy como ayer, las circunstancias que rodearon ese acto de férrea voluntad política son difíciles. Pero, de lo que carecemos, desde hace largo tiempo, es de la decisión de reafirmar aquel acto fundacional.

Veamos, empecemos por las circunstancias.  Las que rodearon al 9 de julio de 1816 fueron dramáticas. España preparaba una expedición militar para sofocar el levantamiento; la Corona de Portugal no era indiferente a lo que pasaba; y para colmo de males, se asomaba –entre nosotros- el fantasma de la anarquía.



Nuestro pueblo, ya comenzaba a circunscribirse a las Provincias Unidas del Río de la Plata. Del viejo Virreinato se había retirado el Alto Perú que no envió diputados por estar en manos realistas; la Liga Federal (Banda Oriental, Corrientes, Entre Ríos, Misiones y Santa Fe) tampoco lo hizo como protesta contra los excesos del Directorio; y el Paraguay que desde 1811 se movía como un Estado independiente. En la Patagonia y en el Gran Chaco solo señoreaba el indio.

Hoy, igualmente, varios son los peligros que se ciernen sobre nosotros. A saber, una quiebra económica seguida de un endeudamiento esclavizante, matizada por una revolución cultural que pretende negar los valores de nuestra nacionalidad y todo dirigido por una incapacidad política para fomentar un clima de concordia. También, en la Patagonia falsos indios pretenden, nuevamente, enseñorarse. A la par de potencias extranjeras que depredan nuestros recursos en la Pampa Azul de nuestro mar.


Pese a las adversidades y los peligros que se cernían en 1816. El Coronel Mayor don José de San Martín, Gobernador Intendente de Cuyo, impuso su plan estratégico. Juan Martín de Pueyrredón sería el nuevo Director Supremo. Desde ese puesto lo apoyaría en su campaña libertadora. Única estrategia posible al problema que planteaba la Independencia. Una que no iría por la ruta fracasada del Alto Perú. Primero, organizaría un ejército pequeño pero potente en Cuyo; luego cruzaría los Andes para libertar a Chile; para una vez allí conformar una armada; para dirigirse por mar al centro del poder español en América: Lima. En pocas palabras: un plan con un objetivo trascendente y claro, conducida con unidad de comando y llevada a cabo mediante una maniobra indirecta contra el centro de gravedad enemigo.

Y si en 1816 San Martín preparaba su ejército en el campamento de El Plumerillo para defender esa Independencia. Hoy, hacemos hasta lo imposible por disminuir y reducir a nuestras fuerzas armadas.

Sin caer en una odioso comparación. Ya que está claro que hoy no tenemos sanmartines, cabrales o faluchos entre la dirigencia que nos conduce. Tampoco, tenemos políticas de Estado o estrategias dignas de ese nombre. Solo un cosmético marketing que pretende convencernos que todo marcha bien y que lo peor ya pasó.

Aquel, el 9 de julio de 1816, después de meses de deliberaciones, se proclamó:

"Nos los representantes de las Provincias Unidas en Sud América...  ...declaramos solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que los ligaban a los reyes de España... ...investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando séptimo, sus sucesores y metrópoli.”

A todo ello, que no era poco, San Martín, consideró conveniente agregarle, pocos días después, lo siguiente: "y toda otra dominación extranjera..." Pues, sabía que el Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve miraba a estas tierras con cariño.

Hoy, por el contrario, lejos de elegir siguiendo siendo libres. Nos alegramos porque un organismo multilateral de crédito, luego de imponernos sus leoninas condiciones, nos prestó el dinero que necesitamos para no sucumbir.

Los que entre nosotros no hemos perdido el recuerdo de todo aquello y que mantenemos los ojos, lúcidamente, abiertos para ver, sin temores ni falsos optimismos, el presente. Sentimos el orgullo de haber sido y la vergüenza de no ser. También, la decisión de luchar, aún, contra toda desesperanza. Porque, en definitiva, toda desesperación es una estupidez.


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