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domingo, 30 de diciembre de 2012

Egipto: ¿India o Pakistán?


El columnista de The New York Times sigue con sus crónicas de y desde Egipto interrogándose sobre si esa nación podrá o no constituirse definitivamente en una democracia en serio.
  Paul Krugman - 30/12/2012  Hoy quisiera hablar de Egipto pero primero voy a comentar una pequeña noticia que el lector quizá haya pasado por alto.
Hace pocas semanas, el primer ministro de India nombró a Syed Asif Ibrahim como director de la Oficina de Inteligencia de la India, la agencia interna de recolección de información. Ibrahim es musulmán y la India es un país mayoritariamente hindú, aunque también es el tercer país musulmán más grande del mundo. La principal amenaza para la India la representan los extremistas musulmanes violentos. Que la India haya nombrado a un musulmán como jefe de sus servicios secretos es algo muy importante. Pero también es parte de una evolución para facultar a las minorías. El primer ministro de la India y el jefe del Estado Mayor son sijs; el ministro de Relaciones Exteriores y el presidente de la Suprema Corte de Justicia son musulmanes. Sería como si Egipto nombrara a un copto como jefe del Estado Mayor. “Absurdo”, diríamos.

Bueno, sí, eso es verdad ahora. Pero si sigue siendo verdad dentro de unos diez años, entonces sabremos que la democracia en Egipto fue un fracaso. Sabremos que Egipto tomó el camino de Paquistán y no el de la India. Esto es, en lugar de convertirse en un país democrático en el que todos sus ciudadanos puedan desarrollar todo su potencial, se convirtió en un país musulmán en el que las fuerzas armadas y la Fraternidad Musulmana se alimentan mutuamente para poder permanecer en el poder indefinidamente, mientras que “el pueblo” retoma su papel de espectador. El hecho de que Egipto sea más como Paquistán o como la India tendrá efectos en el futuro de la democracia en todo el mundo árabe.

Claro, la India todavía tiene problemas de gobernabilidad y sus musulmanes siguen siendo discriminados. No obstante, “la democracia importa”, sostiene Tufail Ahmad, indio musulmán que dirige el Proyecto de Estudios del Sur de Asia en el Instituto de Investigaciones de Medios del Oriente Medio, pues “es la democracia en la India la que, poco a poco, a lo largo de sesenta años, ha derribado barreras primordiales -como las de casta, tribu y religión- y, al hacerlo, ha abierto el camino para que los diferentes sectores de la sociedad india se eleven por sus propios méritos, que es exactamente lo que hizo Ibrahim”.

Y han sido sesenta años de tiranía en Egipto lo que lo ha convertido en un país profundamente dividido, con grandes segmentos de población que no se conocen y se desconfían mutuamente, y en el que abundan las teorías de la conspiración. Todo el país necesitaría irse a un retiro y reflexionar en una pregunta: ¿Cómo logró la India, otra ex colonia británica, ser como es (haciendo a un lado la cultura hindú)?

La primera respuesta es el tiempo. La India ha estado manejando la democracia desde hace años y, aun antes de la independencia, luchaba por la democracia. Egipto ha tenido menos de dos años. El terreno político de Egipto estuvo congelado y monopolizado durante muchos años. Los mismos años en que los dirigentes políticos indios, desde Mahatma Gandhi y Jawaharlal Nehru hasta Manmohan Singh, “estaban construyendo un sistema excepcionalmente diverso, cacofónico pero impresionantemente flexible y complaciente”, observa Larry Diamond, experto en democracia de la Universidad de Stanford y autor de “The Spirit of Democracy: The Struggle to Build Free Societies Throughout the World”.

Asimismo, el partido político dominante en la India, cuando ésta se sacudió a su amo colonial, “era probablemente el partido más multiétnico, incluyente y de mentalidad más democrática que haya luchado por la independencia en cualquier colonia del siglo XX: el Congreso Nacional Indio”, observa Diamond. Por su parte, el partido dominante cuando Egipto derribó a la tiranía de Hosni Mubarak, la Fraternidad Musulmana, “era un partido religiosamente exclusivista, con profundas raíces autoritarias, que apenas recientemente había empezado a evolucionar en una dirección más abierta y plural”.

Aun más, agrega Diamond, comparemos la filosofía y los herederos políticos de Mahatma Gandhi y de Sayyid Qutb, el faro de luz de la Fraternidad Musulmana. “Nehru no era ningún santo, pero trató de preservar un espíritu de tolerancia y consenso y de respetar las reglas”, señala Diamond. También apreciaba la educación. En cambio, continúa el investigador, “los líderes de línea dura de la Fraternidad Musulmana, que han estado controlando las cosas desde que Egipto empezó a avanzar hacia las elecciones han alejado a los moderados dentro de su propio partido, se han otorgado poderes de emergencia, golpean a sus rivales en las calles y ahora están tratando de imponer una Constitución que carece de consenso entre un segmento grande de la sociedad egipcia, que se siente excluida y agraviada”.

Además está la cuestión de las fuerzas armadas. Los líderes indios después de la independencia separaron a las fuerzas armadas de la política. Por desgracia, en Egipto, después del golpe de 1952 y la proclamación de la república, Gamal Abdel Nasser trajo a los militares a la política y sus dos sucesores, Anwar Sadat y Hosni Mubarak, los mantuvieron ahí, apoyándose tanto en las fuerzas armadas como en los servicios secretos.

Cuando cayó Mubarak y los líderes de la Fraternidad hicieron que el ejército regresara a los cuarteles, los generales egipcios sintieron que tenían que llegar a un acuerdo para proteger la enorme red de intereses económicos que habían construido. “Su profunda complicidad con el viejo orden hizo que estuvieran comprometidos con el nuevo orden”, observa Diamond. “Ahora ya no pueden actuar como una influencia restrictiva”.

Sí, la democracia importa. Pero la gobernante Fraternidad Musulmana debe de entender que la democracia es mucho más que ganar una elección. Es nutrir una cultura de inclusión y de diálogo pacífico, en la que los dirigentes se ganan el respeto sorprendiendo a sus oponentes con compromisos y no con dictados. Amartya Sen, economista indio ganador del Premio Nobel, ha sostenido que fue la historia civilizatoria de la India, del diálogo y la argumentación, la que la dispuso tan bien para las instituciones formales de la democracia.

Más que nada, Egipto ahora necesita fomentar esa cultura de diálogo, de argumentación pacífica y respetuosa -algo totalmente suprimido con Mubarak- en lugar de andar lanzando rocas, boicoteando, asustando con conspiraciones y esperando a que Estados Unidos critique a uno u otro lado, como se ha caracterizado la escena política post-revolucionaria de Egipto. Las elecciones sin esa cultura son como una computadora sin software. Simplemente no sirven de nada.
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URL http://www.losandes.com.ar/notas/2012/12

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