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domingo, 30 de diciembre de 2012

¿Alentaron los EE.UU. la recuperación de Malvinas?

Cómo una mujer engañó a la Junta con el apoyo de EE.UU. en la guerra

Por María Laura Avignolo (*) Corresponsal en Londres - 30 Dic 12.

Era Jeane Kirkpatrick, representante de Washington en la ONU, y aliada incondicional de la dictadura argentina.
Jeane Kirkpatrick
        
El conflicto de Malvinas puso en crisis la churchilliana “relación especial” entre Gran Bretaña y Estados Unidos. Se produjo al hacerlos entrar en contradicción a la administración Reagan y sus funcionarios con el apoyo que la dictadura argentina estaba dando a los norteamericanos en Honduras para el entrenamiento de la guerrilla “Contra”, que combatía a los sandinistas en Nicaragua. Así queda demostrado en su último despacho como diplomático por el embajador británico en Washington, Nicholas Henderson, que ha sido liberado por los archivos oficiales británicos entre los 3.500 documentos secretos de la guerra en el Atlántico Sur.
En él, el legendario y experimentado “Nicko” Henderson escribe finalmente lo que piensa de la actitud norteamericana en la guerra. Sugiere que Argentina podría haber sido alentada “a invadir” las Malvinas por dos funcionarios de la administración Reagan. Y los menciona: Jeane Kirkpatrick, embajadora de EE.UU. en la ONU y feroz anticomunista, amiga del general Leopoldo Galtieri y el brigadier Basilio Lami Dozo, dos ex miembros de la Junta Militar, y Thomas Enders, secretario asistente para América Latina y con un rol esencial en el secreto bombardeo a Camboya durante la Guerra de Vietnam, y que paradójicamente auspicio un diálogo con los sandinistas, pero apoyo al régimen salvadoreño en los días de los escuadrones de la muerte. Kirkpatrick y Enders se detestaban.

“Es relevante que el señor William Casey, el jefe de la CIA, que estaba extremadamente preocupado en las discusiones del Gabinete sobre esta cuestión ha sugerido a nosotros privadamente que él piensa que los argentinos fueron llevados al camino equivocado: es que ellos creyeron que su apoyo a EE.UU. en las operaciones encubiertas en América Central eran más importantes para EE.UU. que lo que en realidad eran y que podrían ganar la aceptación norteamericana en otra política en otra parte”, escribió Henderson.
La misma interpretación hicieron a esta corresponsal el general Mario Benjamin Menéndez y el general Jofre después de la guerra, ambos comandantes argentinos en las islas. Ellos creían que la Junta Militar podría haber mal interpretado a los estadounidenses.
Las menciones de Kirkpatrick y Enders no son casuales. Ellos eran los que lidiaban con los militares argentinos y la Junta, a quien miraban con simpatía con la convicción que podían llevar a una democracia autoritaria que sería mejor que el comunismo.
La Guerra Fría y el anticomunismo de la administración Reagan j ustificaba el apoyo a los dictadores argentinos y su colaboración en la guerra contra los sandinistas en Nicaragua. Al menos 40 “consejeros argentinos”, encabezados por el coronel José Osvaldo “Balita” Riveiro, de la G2 de Inteligencia del Ejército y del Batallón 601, estaban en Honduras colaborando con el militar norteamericano Oliver North y entrenando a los 9000 efectivos de la “Contra” en acciones antiguerrillas, dentro del marco del apoyo de EE.UU. en su combate a Moscú.
Enders había viajando unos días antes del conflicto a la Argentina y este desplazamiento despertó las sospechas de Henderson. El diplomático, casado con una ex corresponsal de guerra, descubrió las simpatías pro argentinas de Enders cuando fue a informar a Alexander Haig, entonces Secretario de Estado, sobre los movimientos de la flota argentina en el Atlántico Sur. “El hizo lo mejor para tratar de minimizar lo que me había llamado la atención. Dijo que el gobierno norteamericano tenía el reaseguro del canciller argentino que su gobierno no contemplaba una confrontación con nosotros. Es más: ellos tenían este reaseguro confirmado. Yo señalé que los movimientos de la flota argentina refutaban lo que él estaba diciendo”. Con un cinismo que caracterizó su distinguida carrera diplomática, Henderson intentó hacer un paralelo entre Kirkpatrick y Enders.
“Al comparar a Kirkpatrick con Enders, es difícil mejorar el apotegma que circula en el Departamento de Estado donde el último es más fascista que loco, Kirpatrick es más loca que fascista. Ella parece ser una de las más seguras para cometer goles en contra: sin tacto, cabeza dura, ineficaz y un dudoso tributo a la profesión de académica a la que ella expresa su fidelidad”, escribió con acidez británica.
Las presunciones de Henderson con respecto a Kirkpatrick no eran erradas. Durante la guerra de Malvinas, tres militares argentinos cercaron al canciller Nicanor Costa Méndez durante todas sus negociaciones diplomáticas y las boicotearon o acicatearon, con tiempos diferentes en Nueva York, Washington, Lima y hasta en La Habana. Ellos eran el general Héctor Iglesias, representando a Galtieri; el vicealmirante Benito Moya, jefe de la Casa Militar como enviado del inflexible almirante Anaya y el brigadier José “Pepe” Miret como delegado del “Balo” Lami Dozo, el otro integrante de la Junta Militar y proclive desde el inicio a una salida negociada del conflicto. Lami Dozo había sido el último en enterarse el 6 de enero de 1982 de las intenciones de ocupar las islas Malvinas por boca de Galtieri y Anaya, inspirador inicial.
Su enviado, “Pepe” Miret almorzaba, desayunaba y cenaba con Kirkpatrick en EE.UU. para tratar de encontrar una solución negociada a la guerra, especialmente después del hundimiento del crucero Belgrano. Tenía dos feroces fuerzas que lo detenían: Moya, en representación de Anaya, y el embajador Henderson, que cada noche aparecía en la televisión norteamericana para demoler las posiciones argentinas representadas por Costa Méndez, que había quedado aislado ante la Junta, especialmente por presión de Anaya y Moya.
L a doctrina Kirkpatrick justificaba las atrocidades cometidas por los dictadores argentinos en nombre de la Guerra Fría . La diplomática y académica consideraba que eran regímenes autoritarios estables cuando los comunistas buscaban controlar los pensamientos de la gente. Con denuncias de desapariciones y brutalidades, Galtieri y la Junta encontraban en Kirkpatrick una interlocutora comprensiva, que ellos confundían con la administración Reagan. Fue ella quien le pidió al presidente de EE.UU. que consiguiera un diálogo con los británicos en medio de la guerra .
Churchill había establecido la “relación especial” anglo-norteamericana que incluía colaboración tecnológica, política y en la guerra. Malvinas puso una seria fricción en esta histórica alianza e instaló una indeseada rispidez entre Reagan y Margaret Thatcher, que rechazó tres veces su llamada a una negociación y su pedido de no humillar a los argentinos. Una vez más, los estadounidense usaban el pragmatismo y así enfurecían a los británicos.
En una carta enviada por Reagan el 29 de abril del 1982 a Thatcher le dice que “puede contar con nuestro apoyo en cada forum en que esta cuestión sea debatida (..) Vamos a anunciar que el rechazo argentino a retirar las fuerzas de la invasión y negociar en buena fe ha hecho necesario para EE.UU.adoptar una nueva postura hacia Buenos Aires”. Dos días antes del hundimiento del Belgrano, Reagan le recordaba que ella “había dejado claro” que nada más que el “mínimo esencial de fuerza” sería utilizado.
La ambigüedad norteamericana también fue remarcada por Sir Anthony Parsons, el representante permanente británico en la ONU. Cuando se fue de su cargo, envío un despacho que alivió al canciller británico Francis Pym. Dijo que EE.UU. era mirado con una mezcla de “exasperación, frustración y desprecio” y que “los delegados del Tercer Mundo estaban shockeados, alarmados y furiosos por la incompetencia, el amateurismo y la paralizante falta de coordinación de la misión norteamericana, el Departamento de Estado y la Casa Blanca”.
(*)Cubrió la guerra diplomática durante el conflicto de Malvinas

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