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sábado, 31 de enero de 2015

La 2da revolución de las pampas.






http://www.conexionbrando.com/1762195-tenemos-las-maquinas

Tenemos las máquinas.
La Segunda Revolución de las Pampas, fenomenal ampliación de la industria agropecuaria argentina de la mano de la soja, fue el fruto de un largo proceso de decisiones de negocios, investigación y política enfocadas en el desarrollo del mercado y en el aprovechamiento de una coyuntura mundial 



Por Iván Ordóñez | @ivordonez


En 2002, el área agrícola argentina no superaba los veinte millones de hectáreas; hacia 2008, la cifra alcanzaba los treinta millones: en solo seis años, el área sembrada había crecido un 30%. El 84% de ese crecimiento fue debido a la soja, que hoy representa la mitad de los cien millones de toneladas de la cosecha argentina promedio. Contrariamente a lo que se cree en los centros urbanos del país, este monumental crecimiento del área sembrada se dio en zonas agrícolas tradicionales como Buenos Aires y Córdoba, con un 75% del incremento, mientras que todo el norte argentino representó solo un 16%. Moldeadas al calor de la insaciable demanda global por alimentos, en un año promedio esas cien millones de toneladas valen US$35.000 millones, y la soja, el 70% de ese valor. ¿Cómo se alcanzó esta proeza productiva? ¿Cuáles fueron los aportes argentinos a la Segunda Revolución de las Pampas?

Ese fabuloso proceso económico que renovó la estructura productiva de la Argentina fue el resultado de la unión de tres novedades.



Primero, la siembra directa: una técnica de siembra de cultivos que, para proteger la materia orgánica del suelo y elevar su retención de agua, descarta el uso del arado. Dejar los desechos de la cosecha del cultivo anterior (los rastrojos) mejora la humedad del suelo, que es muy beneficiosa para el crecimiento de las plantas, mientras que la generación de capas de materia orgánica hace de campos ganaderos, o de bajo rendimiento, zonas óptimas para la agricultura. En zonas como el oeste y el sudeste de la provincia de Buenos Aires, el valor de la hectárea saltó de US$1.000 en 2002 a poco más de US$8.500 en 2013. Segundo, el glifosato, un herbicida que logra dominar múltiples malezas, producto de los altos niveles de materia orgánica resultantes de la siembra directa. Tercero, la semilla resistente a dicho herbicida.

En sus inicios, el sistema de siembra directa encontraba numerosas trabas. La primera era estrictamente mecánica. Allá por los setenta, los pioneros locales de la siembra directa se enfrentaban a máquinas sembradoras que no podían darles lo que necesitaban. Las antiguas sembradoras no servían para trabajar en el ecosistema de la siembra directa, ya que estaban diseñadas para ser el paso posterior al arado, que al dar vuelta la tierra, destrozaba el colchón de materia orgánica. Esto hacía que la sembradora tradicional solo tuviera una función: empujar la semilla dentro de la tierra. Además, eran muy livianas y no podían afirmarse y "sembrar en hilera", un punto clave en la agricultura capitalista moderna, ya que se trabaja en serie, manejando con estadística el comportamiento de muchos organismos vivos.

Las primeras sembradoras de directa las desarrollaron productores argentinos, gringos santafesinos que se daban maña en el taller, modificando maquinaria existente. Entre ellos, se puede mencionar a Heri Rosso o Ricardo Ayerza, a quienes se sumaron rápidamente Rogelio Fogante, Víctor Trucco y Jorge Romagnoli, entre otros veinte productores que años más tarde fundarían Aapresid, la Asociación de Productores en Siembra Directa, una red que sería clave en la difusión de tecnología. Dicen que Heri Rosso era el más fierrero, mientras que Trucco, biólogo, aportaba la mirada científica. El desafío era hacer una máquina pesada que no se trabara cuando hiciera un tajo en los rastrojos para insertar la semilla. Era difícil; los primeros inventos no aguantaban ni veinte metros antes de atorarse con el rastrojo. La clave del éxito, recuerda Agustín Bianchini, un sojero, fue el diseño de una cuchilla ondulada, que los gringos llaman "cuchilla raviolera" porque es idéntica a la que usan las abuelas para preparar la pasta.

El proceso de desarrollo fue muy lento debido a que quienes probaban esta tecnología eran considerados unos excéntricos y sembraban en amplia minoría, casi de manera experimental. En 1978, se dieron dos hechos determinantes: por un lado, el dueño de Agrometal visitó el Farm Progress Show (la Expoagro de Estados Unidos, que hoy es pequeña frente a la versión argentina) y se convenció de la necesidad de mirar diseños de sembradoras norteamericanas para mejorarlas. Por el otro, el INTA Marcos Juárez, que es el más especializado en maquinaria agrícola, firmó un convenio con Gherardi y Agrometal (dos fabricantes) para comenzar a desarrollar las primeras pruebas en los potreros cedidos por el instituto.

Hoy, la economía argentina cuenta con una centena de compañías dedicadas a hacer sembradoras de directa. Hay empresas argentinas que lideran el mercado brasileño. Muchas también exportan a cualquier país del mundo que quiera extender su frontera agrícola. El periodista Héctor Huergo dice que la verdadera "directa" es la que hacían los indios, empujando cada semilla con un palito al fondo de la tierra. Quizás en un futuro se vuelva a las raíces.

El problema de la siembra directa era que el colchón de materia orgánica generaba muchas malezas. ¿Qué es una maleza? Es toda planta que un productor no quiere que crezca, porque compite por recursos (agua, sol y espacio terrestre) y con la que pretende ganar dinero. El paquete de agroquímicos que lograba dominar esa ebullición de malezas era demasiado caro y hacía la técnica inviable. El glifosato es un herbicida no selectivo, es decir, que ataca a múltiples malezas y, por lo tanto, con una sola aplicación eliminaba las malezas, pero también la soja. Hasta que llegó la transgénica.

¿Qué es la transgénesis? Es aislar un gen de una especie que tiene una propiedad e injertarlo en otra especie para poder hacer uso de esa propiedad. La soja resistente al glifosato es el resultado de tomar el gen y, mediante una bacteria, el Agrobacterium, incorporárselo a la soja. El gen funciona como un marcador que otorga la propiedad de ser inmune al glifosato. Los gringos le dicen RR porque inicialmente se comercializaba con el nombre de Roundup Ready, "lista contra el Roundup" (el Roundup era el nombre comercial del glifosato).

¿Quién es el dueño del gen? Nadie; los genes no son patentables, lo que se patenta es el evento transgénico, la tecnología a través de la cual se injerta el gen. De eso es dueño Monsanto (o cualquiera de los gigantes de la biotecnología, como Syngenta).

En este punto es donde aparece el aspecto político de la larga construcción que devino, mediante el esfuerzo y el ingenio de hombres de negocios y también funcionarios, en la Segunda Revolución de las Pampas. Un grupo de jóvenes del campo que se fueron enamorando del peronismo hicieron un aporte crucial en este sentido. Según la leyenda que suele contar Héctor Huergo, el evento fundacional en este aspecto es la decisión de Armando Palau, secretario de Agricultura en 1973, de traer en dos Hércules de la Fuerza Aérea Argentina cargamentos de semilla desde Estados Unidos porque, debido a malas campañas, peligraba el fluido abastecimiento de la soja. Ya en los años ochenta, Antonio Cafiero, el presidente que no fue, pero llegó a gobernador, tenía como referente en asuntos del campo a Palau, quien a su vez apuntó como su delfín a un joven ingeniero agrónomo con inclinaciones hacia la política pública: Felipe Solá.

El evento transgénico que otorga la resistencia al glifosato aterrizó más tarde en el despacho de Solá, ya secretario de Agricultura de Menem. El 25 de marzo de 1996, Solá aprobó su uso comercial mediante la resolución 167, hoy célebre en el sector.

Ahora bien, la variedad de soja en la que se injerta el gen RR es el germoplasma, "el chasis que sostiene el motor". De los distintos germoplasmas son dueñas más de ochenta empresas, de las cuales dos de las más exitosas son argentinas: Don Mario y Nidera. Un momento clave de esta parte de la historia se dio en 1986 cuando Gerardo Bartolomé, fundador de Don Mario, envió 75 cartas por correo postal a empresas familiares dedicadas a la producción de semillas, pidiéndoles que les mandaran sus germoplasmas, a partir de los cuales la empresa argentina creó su propia tecnología. Hoy, los germoplasmas desarrollados en la Argentina o por argentinos no solamente dominan el mercado de semillas de soja local, cuyo valor se estima en US$300 millones, sino que también dominan el mercado brasileño: más del 40% de las hectáreas de soja brasileñas se siembran con variedades argentinas, lo que equivale a poco más de doce millones de hectáreas. Hay acá un fenómeno de altísimo valor agregado: la Argentina exporta conocimiento.

¿Cómo llega la soja argentina a conquistar el corazón brasileño? Hacia comienzos del siglo, en la Argentina, la soja transgénica no estaba prohibida, como sí lo estaba en Brasil. Los gaúchos brasileños miraban cómo los chacareros argentinos disfrutaban de las reducciones significativas de costos que traía la RR y querían usarla. Nació entonces la "soja Maradona", que, de la mano de Dios, pasaba de contrabando a Brasil en camiones. Esa soja tenía dos componentes: evento norteamericano y germoplasma argentino. Para cuando el gobierno brasileño autorizó la RR, el gaúcho ya tenía el chasis preferido para este motor, y era Made in Argentina.

La producción agropecuaria está expandida por el territorio; esto eleva significativamente los costos de auditoría y, por lo tanto, genera una escala de producción pequeña. Más de 50.000 productores adoptaron el trípode siembra directa-glifosato-semilla resistente al glifosato de un modo relativamente independiente en solo cinco años. No hubo coordinación centralizada y fueron los primeros del mundo en hacerlo, presionados por una rentabilidad apretada de costos dolarizados por la convertibilidad y precios globales de las materias primas que en los noventa estaban en un promedio de US$250 por tonelada de soja. Cuando, a partir de 2003, el precio de la soja pasó a un promedio de US$450 la tonelada, los productores agrícolas tenían el velero montado para aprovechar el viento.