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viernes, 18 de septiembre de 2015

Europa: ¿vuelve la izquierda infantil?



http://www.gaceta.es/noticias/izquierda-nostalgia-barricada-17092015-0832

La izquierda tiene nostalgia de la barricada.







Lo que trasluce esta radicalización general de la izquierda es, en primer lugar, una notable incompetencia para gobernar la tormenta, y después, y como reacción mecánica, una huida nostálgica hacia lo que pudo ser y no fue.
Si alguien hubiera dicho hace veinte años que un día volveríamos a ver banderas rojas en Europa, nadie lo habría creído. Cuando cayó el muro de Berlín, en 1989, lo que apareció detrás fue horrible: el comunismo se reveló como régimen más criminal de todos los tiempos –cien millones de muertos en todo el mundo-, una tiranía corrupta e ineficaz que había hundido en la miseria a innumerables pueblos y que caía víctima de sus propias contradicciones. No hubo un Núremberg para los jerarcas rojos, pero la evidencia del fracaso del comunismo parecía capaz de vacunar para siempre contra cualquier tentación. Y sin embargo…

Pablo Iglesias es el Maduro de España y Jeremy Corbin es el Pablo Iglesias de Gran Bretaña. El nuevo líder laborista ha abandonado la tradicional moderación de la izquierda británica -¿hay que recordar a Tony Blair?- y ha roto a prodigar los gestos radicales, incluidos los desaires a los símbolos nacionales, cosa que en el Reino Unido es sensiblemente más grave que en España. A falta de un corpus ideológico sólido, los laboristas parecen haber decidido que su única oportunidad para seguir existiendo es romper con el sistema y buscar una imagen alternativa. Corbyn es un periférico extravagante, pero su elección resulta muy elocuente. Hasta hoy, el sistema construido después de la segunda guerra mundial en Europa parecía haberse estabilizado en torno a una derecha y una izquierda moderadas, convergentes ambas en principios básicos que garantizaban la continuidad del modelo económico y político. Y bien: es esa convergencia la que se está rompiendo a ojos vistas, probablemente porque el propio modelo, a pesar de su aparente triunfo, ha empezado a naufragar.



El crepúsculo de las ideologías vislumbrado hace cincuenta años no fue una ilusión: es verdad que el abanico de las ideologías políticas ha ido reduciéndose a márgenes cada vez más estrechos. Los polos del sistema se han acercado tanto que con frecuencia resulta imposible distinguirlos. El caso de España no puede ser más transparente: en materia de modelo social, la diferencia real entre el PP y el PSOE es mínima. La derecha, en general, ha sucumbido a la presión ideológica de la izquierda y ha terminado aceptando su modelo social nihilista, mientras que la izquierda, por su parte, hace tiempo que aceptó el modelo económico de la derecha. La famosa “tercera vía” del laborista Blair, que hizo furor en los primeros años de este siglo, no era tanto una vía alternativa entre derecha e izquierda como una síntesis de ambas en una especie de “gran centro neutro”. El corazón, a la izquierda y el bolsillo, a la derecha. Todos se apuntaron a esa bandera. Hasta que el bolsillo se vació.

La gran crisis económica de 2008, de la que aún no hemos salido, ha sido algo más que un episodio coyuntural: está siendo la demostración palpable de las limitaciones de un determinado modelo. La enorme prosperidad de Europa, construida durante medio siglo a base de combinar mercado libre y protección social –algo en lo que los procedimientos conservadores coinciden con los socialdemócratas-, se ha quebrado desde el momento en que la economía se globalizó, acto seguido el mercado se contrajo y los estados dejaron de contar con recursos para mantener el edificio. La solución liberal, que querría olvidar cualquier ámbito de protección pública, es inaceptable en una circunstancia en la que lo más necesario es, precisamente, la protección. ¿Hay alternativa? Para unos, no hay otra solución que volver a redimensionar las políticas económicas a escala nacional, y en eso está Marine Le Pen pero, ojo, también Cameron. Para otros, la única salida es volver a políticas de reparto igualitario dictadas por el poder público, y ahí es donde está la nueva izquierda de Podemos, Syriza, Corbyn y los otros muchos grupos que andan formándose en estos meses en toda Europa, España incluida. ¿Nueva izquierda? No. Eso es lo grave: que ya sabemos dónde acaban estos experimentos. No es nueva. Es vieja. Muy vieja.

No hay ningún análisis político o económico sensato que avale la viabilidad de volver a las recetas de la izquierda clásica. No, al menos, si queremos mantener un cierto grado de libertad personal y colectiva. Pero es que lo que empuja a esta nueva ola –que eso sí es nuevo- no es el análisis, sino la pasión, fruto de la decepción y el resentimiento. En el fondo, lo que trasluce esta radicalización general de la izquierda es, en primer lugar, una notable incompetencia para gobernar la tormenta, y después, y como reacción mecánica, una huida nostálgica hacia lo que pudo ser y no fue. La izquierda tiene nostalgia de la barricada. Mal augurio.