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domingo, 18 de octubre de 2015

Libros: Los Montoneros de Perón.

Acerca de “La Lealtad” y los Montoneros que se quedaron con Perón.





 por Federico Lanusse 


Hace un par de meses se echó a la calle, y en estos días lo están presentando en concurridas  reuniones a lo largo de todo el país, un libro,  “La Lealtad- Los Montoneros que se quedaron con Perón”, de Editorial Sudamericana, cuyo autor Aldo Duzdevich me honra con su amistad, y a cuyos coautores, Norberto Raffoul y Rodolfo Beltramini, agradezco por su trabajo.
Y digo “se echó a la calle” porque se trata de un texto de combate, de debate, de apuesta a la lucha, esta vez por el esclarecimiento de hechos e ideas que movieron a una parte de mi generación y que todavía hoy resuenan en el acontecer político de nuestro país.                                   Mejor dicho, más que hechos e ideas, los ideales que llevaron a los que hoy andamos en la sexta década de vida a proponernos ser parte de la historia viva de esos tiempos. A comprendernos  como un eslabón más en la cadena de hombres y mujeres que ofrecían su tiempo, su cuerpo, y sus recursos a fin de lograr la ansiada “liberación nacional” en un largo periplo de casi dieciocho años tras la bandera del regreso del General Perón a su patria.                                            
Subrayo “una parte de mi generación” pues también luchaban y creían otros muchos de una generación anterior, y miles de jóvenes más que se encuadraban en otras organizaciones del peronismo tras las mismas banderas. Hago esta salvedad por no coincidir con la creencia tan en boga de que sólo los enrolados en las organizaciones armadas fueron los que lograron, con sus actividades, traer de vuelta al suelo natal al líder popular más importante de la historia argentina, como si el resto de los que pusimos el cuero no hubiéramos sido nada más que el coro de una tragedia griega.    


El texto cuenta la historia poco tratada y conocida de los años que van desde el bombardeo de la Plaza de Mayo, en junio de 1955, a la muerte del

presidente Perón y el comienzo del fin de esa etapa de la historia de nuestro país. En su contratapa leemos una apretada síntesis: “Este libro rastrea el origen de la disidencia política desde la Resistencia del 55´en el marco de la historia de las organizaciones armadas. Con una mirada transversal, inédita hasta ahora, reconstruye el amplio arco ideológico dentro del peronismo y los conflictos que lo atravesaron: sindicalistas, estudiantes, católicos, laicos, trotskistas y maoístas, alimentaron la creciente tensión que desembocó en muerte, campos de concentración y años de retroceso para la democracia argentina. Con más de cincuenta entrevistas realizadas a protagonistas de esa época, que resumen distintas percepciones y sensaciones desde una perspectiva integral y crítica, ´La Lealtad. Los Montoneros que se quedaron con Perón´ constituye un libro fundamental para entender una de nuestras etapas de mayor efervescencia política”.                                                                             De la Resistencia a Taco Ralo y las FAP, de las nuevas “orgas” a la salida electoral, de esta al 25 de mayo del 73´, de la llegada al gobierno de Cámpora a la ejecución de José Ignacio Rucci, de la muerte del dirigente sindical al final del 73´, de enero del 74´al 1 de mayo, del 1 de mayo del 74´a la muerte de Perón, el libro recorre, a través de los testimonios de sus protagonistas y la minuciosa tarea de unir cabos sueltos de sus autores, la historia de una época violenta y apasionada que marcó a una generación, haciendo hincapié en la fractura de la Tendencia Revolucionaria y de los Montoneros de la cual surgió la denominada sintéticamente Lealtad, es decir, el desgajamiento de los que permanecieron con Perón y su proyecto, junto a la enorme mayoría del pueblo que lo votó con un 63% para su tercera presidencia, ante la disyuntiva de seguir mecánica y acríticamente a una conducción soberbia y alejada de la realidad.                                                                                        

Claramente, a lo largo del texto y a través de los testimonios de su protagonistas, se va definiendo el enfrentamiento entre el proyecto tendiente a pacificar y desarrollar una Argentina nueva, donde la participación política se diera a través del debate e intercambio de ideas y no de balas y explosivos, que el general Perón había pensado y delineado en su largo exilio y traía en su equipaje, y el violento proyecto mesiánico de las

organizaciones armadas, desarraigado de nuestra historia y de la de las grandes mayorías populares, que terminará haciéndole el juego a los intereses que se verían afectados por el regreso del líder amado por su pueblo. El General había acumulado experiencia, tanto por la reflexión acerca de los motivos de su caída en el 55´, como por la observación del nacimiento y desarrollo de lo que sería a posteriori la actual Unión Europea. Sabía, y lo expresaba en entrevistas periodísticas y en las conversaciones que mantenía en Puerta de Hierro, que sólo con la unidad de una “masa crítica” de fuerzas nacionales y populares detrás de un gran proyecto de transformación se podría derrotar al enemigo. Estrategia my alejada por cierto del “foquismo guerrillerista”.                                                                              
Como dato significativo y altamente ilustrativo aparecen, por ejemplo, testimonios de la orden recibida por los militantes montoneros de no concurrir a Ezeiza en el primer retorno de Perón, el 17 de noviembre de 1972, cuando el pueblo marchó bajo la lluvia y la represión casi en forma espontánea al encuentro del avión que traía al General de España, luego de 18 años de proscripción. “En un clima de absoluta incertidumbre y bajo una lluvia torrencial, miles de jóvenes peronistas, a campo traviesa, intentan romper el cerco militar tendido varios kilómetros a la redonda de Ezeiza. Muchos vadean el río Matanza mojados hasta la cabeza, con la alegría y emoción de por fin recibir a Perón. Casualidad, o no. Las organizaciones armadas no participan orgánicamente de la movilización popular. La gran mayoría de sus militantes concurren ´sueltos´. No hay carteles de FAP, FAR y Montoneros”.                                                                                                                  
Doy fe. Y que no todos éramos jóvenes. A mi lado cruzó el Matanza una viejita con el agua por encima de la cintura para “recibir a mi General, ¿cómo iba a faltar?”. Pedro Buján, con un breve paso por Montoneros, afirma: “Casi hasta el 16 de noviembre el ´Conejo´ Mendizábal planteaba que el régimen no se suicidaba y que Perón no volvía porque permitir el regreso de Perón era el suicidio del régimen. La orden era no ir a Ezeiza. Esa es la orden que nos bajaron a nosotros…”. Como siempre en la metodología montonera, se ´bajaban´ ordenes, y éstas no se discutían.                                       El intento de copar el palco desde donde hablaría Perón en su segundo

regreso, el 20 de junio de 1973, marcó otro desafío a la conducción del líder. El hecho terminó en un enfrentamiento sangriento entre facciones del Movimiento Justicialista y la frustración de la inmensa multitud, la mayor de la historia argentina, que no pudo reencontrarse con él. Cuenta Néstor Verdinelli: “Lo que más me impresionó de ese día fue la retirada. Cuando anunciaron que Perón iba a aterrizar en Morón y no iba al palco. Jamás en mi vida he visto una concentración de gente tan grande donde reinara un silencio total. Millones de personas y solo un silencio total. Caminando en silencio. Yéndonos con la sensación de la derrota…”  Así fue, exactamente. Un silencio amargo, triste, como un presagio lúgubre.                                              

En el texto se pone en duda, o más bien se desmitifica, la versión de la cúpula montonera acerca de lo ocurrido en aquella jornada, que dió en llamarse “Masacre de Ezeiza”.                                                                                                  
También aparecen a la luz pública múltiples testimonios que reafirman, más allá de toda duda, la autoría por parte de Montoneros del asesinato de Rucci, Secretario General de la CGT y hombre de absoluta confianza del líder, dos días después del abrumador triunfo electoral de la fórmula Perón-Perón.  “Me han matado a un hijo”, expresó el Presidente al enterarse del atentado. “Sin ninguna otra razón que una pulseada de poder, la ´Orga¨ le tiró a Perón el cadáver de Rucci ´para que se siente a negociar con nosotros´”.            

Vidal Giménez, dirigente del Movimiento Villero Peronista e integrante hasta ese momento de las filas montoneras, atestigua: “Otra muestra de cinismo político fue la táctica de ´operaciones negras´ dentro de la cual acomodaron el asesinato de Rucci. Cuando nos enteramos por los medios, todos pensábamos que había sido la CIA. Dejamos de ser la organización político-militar revolucionaria para convertirnos en una mafia manejada por padrinos”.                                                                                                                      
O la dudosa autoría del asesinato del padre Carlos Mugica, la figura más emblemática del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, quien había definido tajantemente que se estaba con Perón o contra Perón y que era tiempo de dejar las armas y trabajar en la reconstrucción nacional. “¿Quién mató a Rucci? Los montoneros. No es lo que yo opino. Lo sé. ¡La cagada que hicieron! Un error tremendo de la burocracia montonera, la nueva burocracia”, declaró al poco tiempo de sucedido el asesinato.  

Alrededor de todas las disidencias políticas y metodológicas con la conducción se fue armando y organizando “La Lealtad”, que alcanzó a nuclear a una parte muy importante, tato numérica como cualitativamente, de cuadros que provenían de montoneros y la Tendencia Revolucionaria.   Esa es la historia que cuenta este documento insoslayable.    

Mientras “el viejo león hervíboro”, como se auto-titulaba Perón, buscaba denodadamente pacificar y reencontrar a los argentinos tras un Proyecto Nacional que nucleara a las grandes mayorías , las bandas armadas, “peronistas” o gorilas, de “izquierda” o “derecha”, proseguían con su criminal accionar, haciéndole el juego objetivamente o  a los intereses de dentro y fuera del país que se oponían a este nuevo intento de liberación nacional.                                                                                                    “Hay cuatro elementos centrales que estuvieron en el fondo de la fractura Perón-Montoneros. El primero es que Montoneros comienza a disputarle  a Perón la conducción del Movimiento…El segundo aspecto es una mirada diferente sobre la índole de la propia organización. Mientras que para Perón los montoneros eran una de las ´formaciones especiales´ que asumían la ´guerra revolucionaria´, estos se concebían como una organización político-militar que se constituía en ´vanguardia del proletariado´…El tercer aspecto  es ideológico. La tradición peronista que traían los montoneros comienza a ser influenciada por la visión marxista-leninista que tenían las FAR…El cuarto elemento es la continuidad de la lucha armada. Una vez alcanzado el objetivo de recuperar el proceso democrático, Perón claramente la rechaza”.            

El viejo general, uno de los hombres mejor informados de la Argentina, conocía perfectamente quiénes y para qué movían los hilos de la violencia. Aún así, y sabiendo que los jóvenes seguidores de liderazgos vanguardistas  en su mayoría no actuaban de mala fe, buscó hasta los últimos momentos de su vida recuperarlos para la política desarmada, pregonando la necesidad del trasvasamiento generacional, a fin de que la nueva generación hiciera la experiencia necesaria de gobierno. Y nunca dejó de hablar del “socialismo nacional”, cosa que venía haciendo desde muchos años atrás, aún antes de que Firmenich y compañía se creyeran la “vanguardia iluminada”.          

 “Después del discurso del 12 de junio de 1974, el General me pidió si podía hacer un puente con los montoneros. Él le había tomado idea a Firmenich, pero quería hablar con Norma Arrostito y con Fernando Vaca Narvaja. Esto no fue posible porque la salud del General se quebró. Perón siempre quiso mantener la unidad, a pesar de la indignación que le había causado que el 1 de mayo le hubieran insultado a su mujer”, testimonió Juan Manuel Abal Medina.

No hubo tiempo, no lo tuvo, no se lo dieron. Tampoco La Lealtad lo tuvo. Cuando arrecieron los tiros, asesinatos y bombas entre las organizaciones armadas de “izquierda” y la Triple A, el espacio para la política desarmada desapareció. Aún hoy los conductores de aquellas bandas, inescrupulosos que llevaron a la tortura, el exterminio, la muerte y el exilio a miles de jóvenes argentinos  no han hecho una pública autocrítica de su macabro accionar.                                                                                                                                  
El libro de Aldo Duzdevich, Raffoul y Beltramini, resulta un aporte que va más allá de lo meramente historiográfico. Reivindica una experiencia poco conocida y no documentada hasta ahora de militancia comprometida con su tiempo y su pueblo. Tal como describen en los últimos párrafos: “Fue el tiempo maravilloso de una juventud maravillosa”. Lo sabía el viejo Trotsky, citado por los autores: “Los revolucionarios aman la época que les tocó vivir, porque es su patria en el tiempo”.