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sábado, 14 de noviembre de 2015

El fundamento político-religioso de la yihad en el islam









La jurisprudencia islámica siempre ha relacionado el término “yihad” con la “guerra justa”, que, en su visión de las cosas, es la que se ejecuta contra los no creyente.



José Javier Esparza

“Como la expansión de la fe va acompañada de la dominación política, y viceversa, la guerra se convierte en el instrumento privilegiado del islam. Guerra, ¿contra quién? Contra todos aquellos que no acepten la palabra del profeta, y es importante insistir en la precisión. Alá es misericordioso, sí, pero sólo con los que se han convertido, es decir, los que se han sometido a él. Con los demás no hay misericordia que valga. “Cuando hayan pasado los meses sagrados –ordena el Corán- matad a los idólatras dondequiera les halléis, capturadles, cercadles y tendedles emboscadas en todo lugar, pero si se arrepienten [y aceptan el Islam], cumplen con la oración prescrita y pagan el Zakât dejadles en paz. Ciertamente Allah es Absolvedor, Misericordioso” (sura 9:5). “¡Oh, creyentes! Combatid a aquellos incrédulos que habitan alrededor vuestro, y que comprueben vuestra severidad. Y sabed que Allah está con los piadosos” (sura 9:123).



Para que se entienda todo, hay que recordar que los “idólatras” de los que habla el islam, también llamados “asociadores”, son todos aquellos que asocian a Dios con otra figura, ya sea un hijo encarnado, como los cristianos, o ya simplemente con imágenes. El saudí Ab dar-Rahman ibn Nasir as-Sa’di, en su Explicación del Corán, apostilla que esta aleya “anima o permite a los musulmanes a hacer Al Yihad, perseguir, atacar y matar a los incrédulos; judíos y cristianos y a todos aquellos quienes no practican la religión verdadera”. As-Sa’di no es un autor medieval: murió en 1956 y está considerado como uno de los grandes hermeneutas de la escuela Hanbali, una de las cuatro escuelas ortodoxas del islam suní. Y cabe añadir que estas prescripciones de combate no son episódicas, fruto de las circunstancias, sino que desde el primer momento se convierten en obligaciones religiosas de todo musulmán para con su comunidad: “Salid a combatir sea cual fuere vuestra condición. Contribuid por la causa de Allah con vuestros bienes y luchad”(sura 9:41).

Y bien: ¿Esto es la “guerra santa”? ¿Esto es la famosa “yihad”? En realidad, sí y no. Ambas cosas a la vez y sin contradicción, por paradójico que parezca.La yihad (que, por cierto, es sustantivo masculino: Al Yihad, جهاد) implica combate. No es exacto decir que sea el sexto pilar del islam –sólo una minoría de los intérpretes sostiene tal cosa-, pero en todo caso sí es una obligación importante para los musulmanes. Ahora bien, hay una larga polémica acerca del uso del concepto, que a juicio de muchos comentaristas autorizados ha de considerarse como un imperativo de tipo espiritual, no material. En el Corán, el término yihad se usa generalmente con el significado de “lucha” o “esfuerzo”, rara vez como “combate”; para este último sentido es más corriente encontrar la palabra qital. No es posible decir, con el Corán en la mano, que yihad quiere decir unívocamente “guerra santa”. Sin embargo, es un hecho que la interpretación posterior en el mundo musulmán le ha adherido innumerables veces ese significado. Y la jurisprudencia islámica posterior siempre ha relacionado el término “yihad” con la “guerra justa”, que, en su visión de las cosas, es la que se ejecuta contra los no creyentes, los apóstatas, los rebeldes, los ladrones de camino y los insumisos a la autoridad del Islam. Por cierto que esa “guerra justa”, en la jurisprudencia tradicional, no es sólo la guerra defensiva, sino también la expansiva, y no ciertamente para convertir por la fuerza a los vencidos, pero sí para someterlos al poder del islam, que es el único legítimo en tanto que sólo él traduce la palabra definitiva de Dios. De manera que hay un vínculo implícito entre el término yihad y el concepto de guerra de religión, por mucho que el Corán no identifique inequívocamente ambas cosas.

Hay que recordar que la fe musulmana no se basa sólo en el Corán, sino también en la sunna, es decir, los hechos y dichos de Mahoma (los hadices) recogidos en numerosas compilaciones, y también en las opiniones y juicios de los compañeros del profeta en los primeros tiempos de la predicación. Es precisamente uno de estos compañeros, Jabir ibn Abd-Allah, quien contó que Mahoma, a la vuelta de una de sus batallas, distinguió entre una yihad menor, que era el combate guerrero, y una yihad mayor, que era la lucha espiritual interior. Muchos autores posteriores han puesto en duda la fiabilidad del testimonio de Jabir, pero la idea de una doble yihad está bastante extendida desde entonces. Asimismo, varios hadices posteriores a Mahoma atribuyen al profeta el dicho de que la mejor yihad es “aquella en la que tu caballo es degollado y tu sangre derramada”, es decir, dar la vida por Alá. Este hadiz es frecuentemente utilizado por los yihadistas suicidas.

Los suníes, a lo largo de innumerables elaboraciones, han ido aquilatando el concepto hasta definir cuatro tipos diferentes de yihad: la del corazón, o lucha contra el mal; la de la lengua, o predicación del islam en un solo idioma; la de la mano, o esfuerzo por escoger siempre lo correcto y justo y, finalmente, la yihad de la espada, que es –esta sí- la lucha armada en el camino de Alá. Podríamos llenar infinitas páginas con variaciones sobre el mismo tema. Los autores modernos ajenos al fundamentalismo privilegian el aspecto espiritual de la yihad; los autores tradicionales y los fundamentalistas de todos los tiempos ponen el acento en su aspecto bélico. Hay razones para unos y para otros. En buena medida, el debate acerca del significado de la yihad es como una de esas arcas mágicas en las que cualquiera puede encontrar exactamente aquello que busca.

Así las cosas, lo más sensato es huir del debate nominalista. Porque, en realidad, lo que se está discutiendo no es si la palabra yihad es la apropiada para definir la guerra en nombre de Alá, sino, más bien, si el islam alienta, propicia o defiende el uso de la fuerza por motivaciones religiosas. Y aquí, ya se trate de yihad o de qital, la realidad es indiscutible. La palabra “Yihad” aparece decenas de veces en el Corán, pero lo verdaderamente relevantes es que en el libro hay al menos 255 versículos que llaman a los musulmanes a la guerra contra los paganos, contra los infieles, contra todos los que no creen en el Islam, y en particular contra los judíos y cristianos. Es una orden que procede del propio Alá y Mahoma la transmitió a sus fieles con valor eterno.

¿Se trata sólo de un combate espiritual? No es eso lo que se deduce de la lectura directa del Corán. No desde el momento en que el islam no aparece sólo como una religión, sino que implica un proyecto de dominio físico, material, político, de pueblos y tierras. En esas tierras y en esos pueblos hay gentes distintas, ajenas al credo islámico: gentes, por tanto, a las que hay que someter, esto es, enemigos. “Y preparad contra los incrédulos –ordena el Corán- cuanto podáis de fuerzas [de combate] y caballería, para que así amedrentéis a los enemigos de Allah que también son los vuestros, y a otros enemigos que [os atacarán en el futuro y] no los conocéis, pero Allah bien los conoce. Y sabed que por aquello con lo que contribuyáis en la causa de Allah seréis retribuidos generosamente, y no seréis tratados injustamente” (sura 8:60).

La guerra no es una opción entre otras. Es un imperativo divino. La guerra forma parte de las pruebas que Alá dispensa a sus fieles: “Cuando os enfrentéis a los incrédulos –reza el Corán-, matadles hasta que les sometáis, y entonces apresadles. Luego, si queréis, liberadles o pedid su rescate. [Sabed que] Esto es para que cese la guerra, y que si Allah hubiese querido, os habría concedido el triunfo sobre ellos sin enfrentamientos, pero quiso poneros a prueba con la guerra; y a quien caiga en la batalla por la causa de Allah, Él no dejará de recompensar ninguna de sus obras” (sura 47:4). Es Alá en persona quien interviene en el combate. Lo cual, por otra parte, priva de cualquier sentimiento de culpa al combatiente: “Y sabed que no fuisteis vosotros quienes los matasteis –dice el Corán a propósito dela batalla de Badr-, sino que fue Allah quien les dio muerte, y tú [¡Oh, Muhammad!] no fuiste quien arrojó [el polvo que llegó a los ojos de los incrédulos en el combate] sino que fue Allah Quien lo hizo. Así Allah agracia a los creyentes” (sura 8:17).

No es el hombre quien combate, sino Alá. La mano que mueve la espada no hace sino cumplir una voluntad divina. En correspondencia, Alá recompensará al que muere en el combate con las mayores glorias del paraíso: “Ciertamente Allah –promete el Corán- recompensará con el Paraíso a los creyentes que sacrifican sus vidas y sus bienes combatiendo por la causa de Allah hasta vencer o morir. Ésta es una promesa verdadera que está mencionada en la Torá, el Evangelio y el Corán; y Allah es Quien mejor cumple Sus promesas. Alegraos pues, por este sacrificio que hacéis por Él, y sabed que así obtendréis el triunfo grandioso”. Y también: “Y a los creyentes que obren rectamente les introduciremos en jardines por donde corren los ríos, en los que estarán eternamente. Tendrán esposas purificadas y los albergaremos bajo una hermosa sombra” (sura 4:57).

Naturalmente, a los enemigos cabe infligirles el mayor de los daños: “Inspirad valor a los creyentes –dice Alá a los ángeles- que ciertamente Yo infundiré terror en los corazones de los incrédulos. Golpeadles [con vuestras espadas] sus cuellos y cortadles los dedos” (sura 8:12). “Esto [es lo que ellos merecieron] porque combatieron a Allah y a Su Mensajero, y quien combata a Allah y a Su Mensajero sepa que Allah es severo en el castigo”. No hay castigo pequeño para los incrédulos, los infieles, los idólatras, los “asociadores”: “A quienes no crean en nuestros signos les arrojaremos al Fuego. Toda vez que se les queme la piel se la cambiaremos por una nueva, para que sigan sufriendo el castigo. Allah es Poderoso, Sabio” (sura 4:56).

Este es, en fin, el sentido histórico de la yihad, y aparece desde el primer momento en el islam. Lo manda Alá mismo: “Él es Quien envió a Su Mensajero con la guía y la religión verdadera para hacerla prevalecer sobre todas las religiones, aunque esto disguste a los idólatras” (sura 9:33). Ya se trate de rapiñas caravaneras en el desierto, de saqueos sobre campamentos judíos o de batallas propiamente dichas contra persas o bizantinos, la extensión de la fe es inseparable de la expansión de la comunidad política y la apelación a la guerra es un mandamiento santo para ese fin. Polémicas coránicas al margen, lo cierto es que los sucesores de Mahoma consagraron ese recurso como un instrumento permanente de su voluntad de poder. Y desde entonces forma parte indisociable de la visión musulmana del mundo.”

(Fragmento de Historia de la Yihad, La Esfera de los Libros, Madrid, 2015).