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sábado, 3 de septiembre de 2016

PARA ENTENDER LA INSEGURIDAD: UN MARCO CONCEPTUAL.
















por Carlos A. PISSOLITO

Lo qué está pasando


Si hiciéramos un paseo diurno por determinados lugares de nuestras ciudades nos encontraríamos con un cuadro similar en todas ellas. Especialmente, si nuestro recorrido fuera realizado por lo que algunos no dudan en calificar como “aéreas liberadas” o en los márgenes de las denominadas “islas de seguridad” como puede serlo un country. Notaríamos una cantidad excesiva de basura, veríamos grafitis de monótona agresividad, tampoco sería extraño que nos topáramos con jeringas descartables y botellas de alcohol rotas esparcidas en el piso de lugares públicos como paseos y plazas. Si habláramos con algunos vecinos seguramente nos referirían su temor a salir después de determinadas horas o transitar por determinados lugares.
Todos ellos son indicios de que en esos lugares se desarrollan actividades muy distintas durante la noche que durante el día. Si pudiéramos observar estas actividades podríamos ver que tienen lugar, mayormente, entre jóvenes y que tienen un denominador común: la violencia y el abuso del alcohol y de las drogas. Si a estas escenas les sumáramos la ocurrencia de frecuentes robos, arrebatos y entraderas, nos encontraríamos en un cuadro aun más avanzado de deterioro. Para la gran mayoría esto se engloba en un fenómeno generalizado al que denominan “inseguridad”.

Pero, una observación más profunda revela la presencia de algo que no dudamos en calificar como violencia molecular. Una librada sin lideres conocidos y donde los jóvenes desorientados de nuestra sociedad son su vanguardia.

Si en el pasado las olas de violencia tenían una explicación lógica, hoy no la tienen. Pues, no hay un motivo aparente a la vista para esta violencia generalizada. Igualmente, si antes para que se diera una de estas olas era necesario la partición de  parte de la población en dos o en varios bandos irreconciliables. Pudieran ser éstos, políticos, económicos, étnicos o religiosos. No es lo que sucede hoy. Esta violencia molecular estalla sin necesidad de que se haya establecido ninguna causa racional. Tampoco parten de una clara división de la sociedad en dos o más bandos. Más se parecen a un todos contra todos, donde los más débiles, especialmente ancianos, mujeres y niños, son sus víctimas predilectas. Son un fenómeno nuevo, característico de nuestros tiempos. Uno que exige soluciones diferentes hasta las intentadas hasta ahora.

La conocida pensadora Hannah Arendt es quién argumenta sobre las causas de este fenómeno diciendo lo siguiente: “Sospecho que nunca ha habido escasez de odio en el mundo, pero ahora ha crecido hasta convertirse en un factor político en todos los asuntos públicos. Este odio no se basa en ninguna persona ni en ninguna cosa. No podemos hacer responsable, ni al gobierno, ni a la burguesía, ni a los poderes extranjeros. Se filtra en todos los aspectos de nuestra vida y va en todas las direcciones, adoptando las formas más fantásticas e inimaginables. Se trata de todos contra todos, contra cualquiera, pero especialmente contra mi vecino.” Nos llama aun más la atención cuando ella se pregunta y se contesta sobre los porque de esta violencia sin sentido y dice: “La gente ha perdido su sentido común y sus poderes de discernimiento, a la misma vez que sufre de la pérdida del más elemental instinto de supervivencia.”

¿Por qué está pasando esto?
¿Por qué está teniendo lugar esto que hemos calificado como violencia molecular? Hay varias causas, pero la más importante es la declinación del poder del Estado frente a actores no tradicionales que lo desafían.

Sabemos que históricamente el Estado surgió a la vida política con tres características fundamentales: la primera, la de no ser desafiado por ninguna otra autoridad, fueran éstas internas o externas; la segunda, el ejercer esta exclusividad sobre un territorio más o menos bien delimitado; y la tercera, concretarlo mediante diversas organizaciones a las que puso a su servicio, tales como: una burocracia para que organizara sus asuntos y cuerpos armados para que lo defendiera.

Los Estados pudieron, hasta finales de la 2daGM, mantener estas condiciones. Pero, su creciente incapacidad de garantizar el bienestar general que habían prometido y su imposibilidad por mantener el monopolio de la violencia, están haciendo que éstos se contraigan, entregando funciones que antes controlaban a otros actores no estatales.

En ocasiones, esta contracción tiene un carácter voluntario, por ejemplo, en el plano interno, cuando aceptan que los particulares se provean su propia salud o su propia educación. O cuando en el plano externo, se unen a una organización regional o global y aceptan someterse a sus regulaciones. Pero, en no pocas ocasiones, también, estas cesiones de soberanía no son el fruto de su libre elección. Como ocurre, por ejemplo, cuando su monopolio de la violencia es desafiado por mega organizaciones criminales como el narcotráfico. Tal como afirma el profesor Martin van Creveld: tan avanzado es este proceso de cesión de obligaciones y prerrogativas  estatales que incluso, en ocasiones, ésta se produce por simple default o abandono.

A través de las distintas formas que acabamos de presentar, es que el Estado moderno se ve cada vez más acotado. Tanto por arriba, por una constelación creciente de organismos  supranacionales, como por abajo, por un enjambre de actores no estatales que le disputan el poder.

La imposibilidad del Estado para ejercer el monopolio de la fuerza y la de mantener un adecuado sistema de bienestar para la masa de sus gobernados ha llevado a sus súbditos a reducir su lealtad hacia la burocracia estatal y hacia los gobernantes del Estado mismo. Lo que se ha traducido en una pérdida de la gobernabilidad.

¿Qué hacer?
Llegado a este punto, uno puede interrogarse qué es lo que puede y debe hacerse. La primera y obvia respuesta es exigir y requerir la vuelta del Estado a sus roles fundamentales. Pero, ¿qué hacer cuando es ese mismo Estado es quien se rinde y no cumple con sus obligaciones básicas?

Sabemos que en aquellos lugares en los cuales las pequeñas comunidades se han organizado es donde las tasas de criminalidad han descendido. Al parecer, las denominadas organizaciones de la sociedad civil tipo "dogwatch" son más eficientes para impulsar el regreso del Estado que lo que su humilde constitución pareciera augurar.

Por ejemplo, en el convulsionado México, las ciudades de Chihuahua como Nuevo León han logrado bajar los índices de la violencia narco impulsando una activa participación de la sociedad civil en la problemática de la seguridad. Ellas exigen y apoyan los cambios por un regreso del Estado. Otro tip ha sido su interés en fortalecer el rol de sus respectivos gobiernos municipales, en particular el de sus fiscalías y el de su fuerza policial.

Con ello se ha producido un efecto sinérgico entre las comunidades organizadas, sus autoridades locales y otras fuerzas federales que han comenzado a trabajar coordinadamente para garantizar una mejor seguridad a sus ciudadanos.

Si en el pasado, el Estado fue una creación de los monarcas absolutos que querían acabar con las Guerras de Religión, parecería ser que su manteniendo, hoy, estará dado por la exigencia de las comunidades que quieran seguir conviviendo en forma civilizada y no bajo la férula de distintos señores de la guerra que asoman sus cabezas sobre el horizonte.

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