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domingo, 4 de septiembre de 2016

¿Cómo vivían los cristianos en Al Andalus?













Los Omeya (756-1031) gobernaron un Al Andalus dividido en diversos grupos raciales y religiosos. Entre los musulmanes estaban los árabes, sirios, yemeníes, bereberes y muladíes (cristianos conversos al islam); después los cristianos, llamados mozárabes, que podían ser de origen godo o hispanorromano, los judíos y los eslavos, que solían ser esclavos y libertos.
El puesto más bajo en la escala social era el de los cristianos y judíos (pese a que muchos de éstos habían colaborado con los invasores en el siglo VIII debido a las persecuciones que sufrieron por parte de varios reyes godos).


La 'protección' a los monoteístas
Para explicar el trato que daban los musulmanes a los creyentes de otras religiones,recurrimos al profesor Felipe Maíllo (Acerca de la conquista árabe de Hispania. Imprecisiones, equívocos y patrañas), perito en derecho musulmán.


Hay dos maneras de concebir esas relaciones. Una, la teológica, que divide a los no musulmanes en monoteístas (cristianos y judíos, casi en exclusiva) y politeístas; los primeros reciben una especie de protección o tolerancia; los segundos, no tienen más alternativa que la conversión o la muerte. Otra, la política: los politeístas que viven en territorio islámico son dimmíes y están sujetos a la dimma, que son normas especiales de obligado cumplimiento, y los que viven en territorio no islámico sonharbíes.
Maíllo subraya que el islam tradicional no otorga igualdad con los musulmanes a los monoteístas que viven en dar-el-islam, ni lo pretende, porque no puede permitir que se confundan los verdaderos creyentes con los cristianos y judíos.

Cuando los musulmanes se apoderaron de España, trasladaron la legislación que los califas ya aplicaban a los cristianos y judíos de Egipto y Asia Menor.

El expolio fiscal y la humillación permanente
Lo primero que hemos de tener presente al analizar el destino de los mozárabes (los árabes les llamaban romanos, nazarenos, rumíes o dimmíes; el términomozárabe aparece por primera vez en un documento leonés de 1024) es que las crónicas árabes apenas les mencionan. Sabemos que hubo rebeliones porque se narran algunas de ellas, sobre todo cuando se aplastan, pero no sabemos cuántas, o bien por fuentes cristianas.

En las escuelas jurídico-teológicas islámicas sólo la comunidad de fieles es la única legítima beneficiaria de los bienes creados por Alá y "la yihad es el medio por el que se produce la restitución a sus legítimos propietarios de los bienes que los infieles poseen ilegalmente"(Rafael Sánchez Saus, en Al-Andalus y la cruz).

Mediante la dimma, el cristiano o judío recuperaba una parte de los derechos negados. Este no musulmán estaba obligado a abonar dos impuestos. Uno era eljarach, sobre la tierra, que podía alcanzar la mitad de la cosecha, y sin reducciones (encima, la deuda se acumulaba en los herederos), mientras que el musulmán abonaba entre un 5% y un 10%. El otro, era la jizya, que era personal, a cambio de quela comunidad islámica le perdonase la vida. Su cantidad variaba y su pago se hacía en público y bajo humillaciones; en el reinado de Abderramán III se pagaba cuatro veces al año.
Como los cristianos fueron la mayoría de la población de Al Andalus hasta el siglo X, nos encontramos ante un sistema colonial, en el que una minoría armada y salvaje vive en la opulencia mediante el saqueo legal de la mayoría sojuzgada. Otro pilar económico y social de Al Andalus eran las expediciones para atrapar esclavos, en las que destacó Almanzor.

La dimma incluía más normas, como la prohibición absoluta de poseer armas, de habitar casas más altas que las de los verdaderos creyentes, de montar a caballo y de vestir ropas lujosas y de colores vivos; la reducción del valor del testimonio de un cristiano y un judío al de una mujer musulmana, que era la mitad que un varón musulmán…

Los emires y califas nombraban no sólo a los condes (jefes de la comunidad cristiana) y a los recaudadores de impuestos, sino, también a los obispos. Muchas veces usaban a los mozárabes como personal de confianza, lo que les hacía a éstos más dependientes del favor omeya pero más odiados entre la masa agitada por los ulemas.

Mártires y rebeldes
A pesar de la segregación y de la violencia que padecían, de la que podían librarse en parte abjurando de su fe, los cristianos resistieron la absorción por siglos. Según Richard W. Bulliet, a finales del siglo VIII sólo el 10% de los andalusíes era musulmán; un 20% una centuria después; a mediados del X, en el auge del califato, un 50%; y a principios del siglo XI, ya el 80%.

Aunque estaban desarmados y desmoralizados, los mozárabes protagonizaron abundantes rebeliones y protestas mientras fueron la mayoría. En el siglo VIII destacaron el movimiento martirial de Córdoba (850-859), en el que varias docenas de cristianos, de los que el más conocido es San Eulogio (que llamó "extranjera" a la dominación de los musulmanes), se presentaban ante las autoridades para confesar que no creían en Mahoma y someterse a la pena de muerte; y la sublevación de Omar ibn Hafsún, muladí que se bautizó como Samuel, en un territorio entre Córdoba y el Mediterráneo, con capital en Bobastro, a la que el poder omeya le costó casi cincuenta años aplastar (880-929).

Semejantes reacciones de los cristianos demuestran la incapacidad de los musulmanes para construir una sociedad en la que hubiera una unidad y un respeto mínimos entre sus elementos.

Almanzor se presentó como campeón del islam en las campañas contra los estados cristianos
Bat Ye’or afirma que el estatus del dimmi fue peor que el del esclavo, porque éste, aunque privado de libertad, "no sufría una humillación obligatoria y constante prescrita por la religión". En una paradoja de la historia, los reyes cristianos adoptaron el modelo de la dimma a partir del siglo XI para regular las relaciones con los musulmanes que incorporaban a sus reinos.

Deportaciones a África
La historia de la mozarabía en Al Andalus concluyó una vez que irrumpieron los africanos almorávides (1086), a los que unos reyes andalusíes, en repetición de la historia de los witizanos, habían llamado para que les ayudasen a combatir a Alfonso VI. Aunque después de la toma de la fortaleza de Barbastro (1064) los ulemas y los emires de las taifas endurecieron la dimma, se pasó entonces a la persecución.

En las décadas anteriores, cuando los reinos de taifas caían ante los ataques cristianos, muchos mozárabes aprovecharon para colaborar con sus hermanos en la fe o escapar. Alfonso I de Aragón, que penetró en Al Andalus en 1125, regresó a sus tierras con no menos de 10.000 mozárabes. Los almorávides deportaron a miles de mozárabes a Marruecos en las primeras décadas del siglo XII. En 1147, la entrada de los almohades en Sevilla, con la captura y violación de mujeres judías y cristianas persuadió a muchas de las ya reducidas comunidades mozárabes para huir al norte. Igualmente en el siglo XI empezó la emigración de comunidades judías (aljamas) a tierras cristianas.

Sin embargo, los mozárabes de los siglos XI y XII no fueron recibidos siempre con los brazos abiertos por los cristianos libres. Éstos se habían desprendido de neogoticismo, insuflado por el clero mozárabe que había emigrado a Oviedo y León desde el siglo VIII, y que si bien había permitido a la España cristiana sobrevivir en esa edad oscura, como dice Sánchez Saus, ni era posible su restauración ni podía animar a la Cristiandad hispana a expulsar, por sus solas fuerzas a los invasores.

En España, el Camino de Santiago y los monjes cluniacenses (llamados por los monarcas para levantar los monasterios destruidos por Almanzor) trajeron las nuevas ideas católicas y el espíritu de cruzada. Los reyes de León, Navarra, Castilla y Aragón habían aceptado sustituir el rito litúrgico nacional, que seguían practicando los mozárabes, por el romano. En el Toledo reconquistado (1085) se produjo un conflicto tan profundo que el papa concedió el privilegio de su mantenimiento en seis parroquias.

Confundidos con sus amos
Además, debido al proceso de aculturación que padecían desde hacía siglos –y del fracaso de su goticismo para defenderse de él-, los mozárabes estaban tan arabizados que usaban nombres árabes y se circuncidaban (hábitos que practicaban incluso los clérigos), hablaban el árabe mejor que las lenguas romances y el latín, vestían a la oriental y pretendían descender de personalidades árabes. También en ellos arraigaron varias herejías por influencia islámica, sobre todo las que negaban la divinidad de Cristo o la Trinidad, como el adopcionismo, defendida por un arzobispo de Toledo, Elipando.

La comunidad mozárabe de Lisboa desapareció por la espada de los cristianos. En el sitio y toma de esta ciudad (1147) participaron cruzados ingleses y flamencos que mataron al obispo y cautivaron a sus fieles, porque, a pesar de las invocaciones de éstos a la Virgen María, habían defendido la ciudad y, por sus vestidos y su lengua árabes, parecían más musulmanes (o herejes) que cristianos.
Así concluyó una comunidad que sufrió lo indecible en su propia tierra por lealtad a Cristo y la Iglesia.

¿Cuál era el lugar de las mujeres en Al Andalus?
El  lector ingenuo de las novelas de Antonio Gala puede creer que la vida en Al Andalus era una delicia, incluso para las mujeres. Éstas componían música, escribían versos, tocaban instrumentos, cantaban, tenían unas hijas preciosas, vivían aventuras de amor con emires y disponían de esclavos (para el servicio en la casa y para el sexo escondido).

El profesor Rafael Sánchez Saus confiesa (Al-Andalus y la cruz) que tiene que desengañar a sus alumnas que quieren escribir un trabajo sobre el papel de la mujer en Al Andalus para contraponerlo "al estado de opresión en que necesariamente debía vivir sus contemporáneas cristianas".

Para comprender el papel de la mujer en la cultura islámica hay que tener en cuenta varios factores: el Corán establece su supeditación al hombre ("los hombres tienen [sobre sus esposas] una preeminencia"); el carácter tribal, con predominio patrilineal; y la pronta importancia adquirida por la esclavitud, debido a la expansión guerrera (y que se mantiene de hecho en varios países musulmanes desde Mauritania al golfo Pérsico).

Así, los clanes árabes eran reacios a casar a sus mujeres fuera de ellos y, además,optaban por encerrarlas, sobre todo a medida que su civilización se urbaniza. Según Sánchez Saus,
la generalización del velo y del enclaustramiento fueron la respuesta a los peligros que representaban para el honor femenino y del clan las condiciones de mayor contacto y proximidad imperantes en las sociedades urbanas. De ello se derivaba también la total eliminación de la mujer de la vida pública.
En consecuencia, a las mujeres se les va colocando en una situación legal de inferioridad: las hijas heredan la mitad que los hijos, el testimonio de una mujer en un juicio vale la mitad que el de un hombre musulmán y lo mismo que el de un cristiano o un judío.

El placer de las concubinas
Limitadas las mujeres legales a la procreación, la honra del clan y la educación de los hijos, ¿cuáles son las mujeres que entre la oligarquía gobernante de Al Andalus dan el tono social y son admiradas por los hombres? Las que no tienen honor que proteger; es decir, las esclavas, pero no cualquier tipo de concubina, sino una refinada (yawari). Ese refinamiento lo adquirían en academias a donde se les llevaba después de haber sido capturadas en aceifas y piraterías, entregadas como tributo exigido o compradas en Europa (Verdún era un centro de las rutas de las caravanas de esclavos); algunas de estas escuelas se hallaban en Al Andalus y otras en el Magreb. Una vez aprobado el adiestramiento, se las enviaba a los harenes. A ellas les escriben versos los poetas, los generales, los visires y los califas.

Las más hermosas y cultas podían convertirse en personalidades en Córdoba, Bagdad, Damasco o El Cairo y ser deseadas y elogiadas por los hombres más poderosos. Pero siempre eran esclavas y podían ser compradas y vendidas, como inversión, por aburrimiento o para satisfacer la lujuria de sus pretendientes. Si parían a un niño, recibían el título de umm walad (madre de un varón) y alcanzaban la libertad a la muerte de sus amos; otras eran emancipadas.

Aunque en algunas cortes europeas las amantes reales llegaran a tener un gran poder, éstas eran siempre mujeres libres, en muchas ocasiones con un título nobiliario y dueñas de un gran patrimonio.

La mujer ideal: rubia, blanca y esclava
El tipo de mujer que gustaba a los árabes (y a los musulmanes orientalizados) era blanca y rubia. Entre los Omeya abundaban los rubios, como el primer Abderramán, hijo de una esclava bereber cristiana llevada a Damasco, y, también el tercero, hijo de una vascona. Éste se teñía la barba rubia para aparentar ser más árabe.

Pero ni la mujer que reuniese las condiciones de ser rubicunda, melodiosa cantante y excelente amante tenía su vida segura. Claudio Sánchez Albornoz (De la Andalucía islámica a la de hoy) subraya que las mujeres de los harenescompetían entre sí por el favor del amo. Las concubinas de Abderramán III, a quien también le gustaban los mozalbetes, se compraban entre ellas el puesto para yacer con el califa, quien tenía tal mal humor que a las demasiado rebeldes o desobedientes las hacía desfigurar con fuego y hasta decapitar.

Y ésta era la descripción que hizo el filósofo andalusí Averroes de las mujeres musulmanas:
Nuestro estado social no deja de ver lo que de sí pueden dar las mujeres. Parecen destinadas exclusivamente a dar a luz y a amamantar a los hijos, y ese estado de servidumbre ha destruido en ellas la facultad de las grandes cosas. He aquí por qué no se ve entre nosotros mujer alguna dotada de virtudes morales: su vida transcurre como la de las plantas, al cuidado de sus propios maridos. De aquí proviene la miseria que devora nuestras ciudades, porque el número de mujeres es doble que el de hombres y no pueden procurarse lo necesario para vivir por medio del trabajo.

Las cristianas estaban libres del velo
Las mujeres mozárabes podían, por ejemplo, ir solas o en grupo a misa, lo que excitaba los celos de los varones musulmanes, que acusaban a los clérigos de seducirlas y violarlas; alguno incluso propuso que se obligase a los sacerdotes a casarse. Dos de ellas que participaron el movimiento martirial voluntario de Córdoba del siglo IX, Natalia y Liliosa, mostraron su condición de conversas del islam al cristianismo cuando "decidieron ir a la iglesia con el rostro destapado, al uso cristiano, sin temor ya a ser descubiertas, como en efecto sucedió" (Sánchez Saus). Ellas y sus maridos fueron ejecutados por apóstatas el 27 de julio de 852.

En contraste con Al Andalus, en España y el resto de la Europa cristiana la unión de la herencia romana, las costumbres germanas y la cosmología cristiana, que convierte a una joven en Madre de Dios y mediadora ante Él, hacen que las mujeres vayan ganando derechos y poder: heredan en igualdad que los hombres (norma que ya aparece en el Liber Iudiciorum, promulgado por el rey godo Recesvinto hacia 654); pueden gobernar sus casas, sus campos, sus conventos y sus empresas; son tutoras de sus hijos menores, incluso cuando son herederos de reinos; etc. Mientras la base de estructura social en el islam es el clan, en el cristianismo lo es el matrimonio monógamo.

El Código de Huesca (mediados del siglo XIII) estableció que la mujer acusada de adulterio se justificará sólo ante su marido y no ante el concejo en pleno, lo que constituye un precedente del tratamiento de esta conducta no como delito público, sino como asunto privado; y de este código se trasladó a los fueros aragoneses. En un libro clásico, Para acabar con la Edad Media, la historiadora francesa Régine Pernoud describe los documentos en que el varón que quiere peregrinar a Tierra Santa o marchar a las cruzadas, para vender una propiedad o hacer una donación de manera válida tiene que conseguir la firma de su esposa.

La primera reina española que gobierna como propietaria y no como consorte es Urraca I de León (1109-1126); y le siguieron Petronila I de Aragón; Juana I y Blanca I de Navarra; y Berenguela I, Isabel I y Juana I de Castilla. Por cierto, Castilla fue el primer reino europeo en que se sucedieron dos reinas, Isabel I y Juana I.

Las europeas de la Edad Media, incluso las mozárabes españolas, sabían que eran más libres que las musulmanas. En cambio, hoy, en una Europa poscristiana y posracional, muchas europeas fantasean con vivir en un serrallo y sostienen, sin vacilar, que las mujeres que se envuelven en velos lo hacen por voluntad propia.