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sábado, 5 de agosto de 2017

Navegando hacia la tormenta.












por Carlos A. PISSOLITO

"Navegando hacia la tormenta"
una dramática escultura de Michael Martino,
ubicada en la costanera de Navy Pier
en Chicago, Illinois.
La Meteorología es una de las tantas ciencias que se ha visto beneficiada por la evolución de los paradigmas científicos. Hace unos tres siglos atrás los vigentes nos remitían a la Mecánica como a la ciencia por excelencia.

Es que a partir de Newton, el hombre había podido pronosticar y predecir numerosos fenómenos cotidianos como la salida y la puesta del Sol, la potencia de un motor o la de una línea eléctrica.
Paradójicamente, otros fenómenos más complejos, pero igualmente cotidianos, se le escapaban a estas ciencias. Especialmente, cuando era necesario predecir su ocurrencia o anticiparlos adecuadamente.


La llegada, en el siglo XX, de ciencias como la Física Cuántica o la Termodinámica como nuevos modelos científicos; si bien no permitieron despejar todas las incógnitas humanas. Todo lo contrario, pues las aumentaron. Sí, nos trajeron una metodología para comprenderlas mejor.

Volviendo a la Meteorología, por ejemplo, pudo determinar que la ocurrencia de fenómenos específicos, como la producción de tormentas, dependían de un sinnúmero de variables en los que todas y cada una de ellas jugaba un rol vital.

En el caso de las tormentas era necesario que para su aparición se dieran un set de condiciones conocidas de varios factores interdependientes. A saber: la temperatura, la presión atmosférica, la humedad relativa ambiente, solo por nombrar a los más conocidos.

Es más, pronto se aprendió que si bien estos parámetros eran relativamente fáciles de medir. Cualquier variación de los mismos en un breve lapso podía tener consecuencias catastróficas en la generación de una tormenta. Por ejemplo, un brusco descenso de la presión barométrica, en el marco de determinadas condiciones, era un claro anuncio de tormenta.

En otras palabras, los investigadores de dieron cuenta de que el factor tiempo era un elemento fundamental a tener en cuenta.

También, el tiempo era importante no solo cuando se movía rápido, especialmente, cuando se lo hacía en forma lenta.

Las observaciones de las ciencias mecanicismos se basaban en unidades humanas manejables. En horas, días o meses. Pero, cuando, por ejemplo, se monitoreaba el clima de una región por algunos cientos de años, los meteorólogos vieron que surgirán determinados patrones.

No había grandes tormentas todos los meses, ni siquiera todos los años. Se producían cada "x" cantidad  años, con una magnitud creciente a medida que aumentaban los lapsos de observación.
Criterios similares se pueden aplicar a las ciencias sociales. Particularmente a la Política. Pues existe una gran conexión entre el mundo de la naturaleza y el del hombre. Conexión que ya había sido descubierto por los Antiguos como el eminente Aristóteles que nos definía como "animales racionales."

Concretamente si observamos la vida política argentina en los últimos 70 años nos vamos a encontrar con grandes crisis que se producen cada 10 o 15 años.

Al respecto, el economista ortodoxo  José Luis Espert las crisis se han producido cuando el déficit fiscal se tornó inmanejable para la administración de turno. Las  enumera de la siguiente manera:

En 1975 durante el gobierno de Isabel Perón, su ministro de economía, Celestino Rodrigo, dispuso un ajuste económico que duplicó los precios. La tasa de inflación llegó hasta 777%.  Como consecuencia, se produjo el desabastecimiento de gran cantidad de productos esenciales, entre ellos alimentos, combustibles y otros insumos para transportes.

Entre 1989 y 1990, durante el gobierno del Dr. Raúl Alfonsín, se desató una hiperinflación que elevó la pobreza momentáneamente hasta un inédito nivel del 47.3 % de la población del Gran Buenos Aires. Lo que obligó a que el presidente entregara su gobierno 6 meses antes a su sucesor.

En diciembre del 2001, siendo presidente el Dr. Fernando de la Rúa y con Domingo Cavallo como su ministro de economía,  se decretaron una serie de medidas conocidas como "el corralito". Al margen de que millones de ahorristas perdieran sus ahorros,  el PIB sufrió una pérdida del 19.5 %, la pobreza alcanzó al 57.5 % de la población, la indigencia el 27.5 % y la desocupación el 21.5 %.

Por su parte, el economista heterodoxo Jorge Lavagna declaró recientemente respecto de la política económica del actual gobierno que: “Mi posición es que ya sabemos cómo terminan estas cosas, a veces llevan tiempo porque la convertibilidad duró una década, pero estas cosas no terminan bien, mejor ir pensando como cambiar el rumbo de la forma menos dolorosa”.

Ambos economistas desde escuelas de pensamiento distintas reconocen que el factor clave que desató todas las crisis fue un déficit fiscal elevado que se tornó inmanejable.

Otro conocido economista José Miguel Broda nos aportó hace unos pocos días el dato de que el actual déficit es el mayor de nuestra historia.

Llegado a este punto me siento como un simple marinero a bordo de una pequeña embarcación en la mar océano que observa azorado la brusca caída de la aguja del barómetro del puente. Uno que, de paso, se pregunta si nuestro capitán será uno de los denominados "de tormenta."

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