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domingo, 9 de septiembre de 2018

BRECHAS








por Carlos A. PISSOLITO

Si una buen definición de Nación dice que la misma se trata de "Una unidad de destino en lo Universal". Nosotros, los argentinos, ya no lo somos o no lo somos todavía.

Si desde un principio sostuvimos distintas divisiones. Morenistas y Saavedristas para empezar. Unitarios y Federales para seguir. Con particularismos como Crudos y Cocidos, Personalistas y Antipersonalistas, solo por mencionar a las más memorables.

Hoy, para no ser menos enfrentamos varias. La más tradicional es la de Peronistas y Antiperonistas. Pero, hay que agregar una que comienza a formarse y que podría designarse como la de Progresistas y Tradicionalistas.



Entre los primeros forman aquellos que quieren cambiar la historia y la matriz cultural de la Argentina. Están a favor, por ejemplo, de la agenda del Nuevo Orden Mundial. Se dicen laicos, pero no tienen problema en adherir a cuestiones exóticas como budismo u otras manifestaciones religiosas aceptables desde lo políticamente correcto.

Entre los segundos estamos los que, en general, respetamos los códigos de lo sagrado. Se manifieste en el golpeado colectivo de la Iglesia Católica o de otros cultos más o memos tradicionales o en la simple religiosidad individual.

Los primeros están, decididamente, a favor de la agenda de género y del aborto libre y gratuito. Los segundos de los valores familiares y de defender a las dos vidas. Los primeros tienen por modelo al multiculturalismo; los segundos reivindicamos a lo criollo como lo propio.

En lo jurídico, los primeros están satisfechos con la prisión de los gerontes genocidas y con el garantismo para el resto; los segundos queremos mano dura contra los jóvenes ofensores de nuestra cotidiana inseguridad.

En lo político, el problema es que la actual administración, en una extraña continuación de las políticas iniciadas por la anterior, ha decidido usar la poderosa fuerza del Estado para transformar a la sociedad en dirección del Progresismo.

Nuestra rica historia en divisiones nos cuenta que cada vez que a ellas se las alentó, el resultado no fue otro más que un triste enfrentamiento entre argentinos.

Me pregunto, porque habría ser distinto, ahora.

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