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domingo, 27 de enero de 2019

ESOS MONTES...

El desván de Clío






por Carlos Pissolito

Boceto lavado en tinta china de F.E. COPPINI,
"San Martín en la Cuesta del Portillo de Chile
 a Mendoza (1822)". Museo Histórico Nacional.
“El tránsito sólo de esos montes ha sido un triunfo. Dígnese Vuestra Excelencia figurarse la mole de un ejército moviéndose con embarazoso bagaje de subsistencia para casi un mes; armamento, municiones y demás adherentes; por un camino de cien leguas, cruzado por eminencias escarpadas, desfiladeros, travesías, profundas angosturas, cortado por cuatro cordilleras, en fin donde lo fragoso del piso se disputa con la rigidez del temperamento.  Tal es el camino de Los Patos que hemos traído.” Le dictó San Martín a su ayudante.



Pero una cosa es referirlo en un escueto parte militar y otra muy distinta es hacerlo en persona. Aún sin la presencia de los godos y casi sin apuro. 

He tenido la suerte de haber realizado el cruce de los Andes en tres oportunidades. El primero, lo hice como subteniente cuando era jefe de los baqueanos de Uspallata, al segundo me tocó coordinarlo como Coronel en forma conjunta con la 2da División del Ejército chileno, para el bicentenario de nuestra Independencia y el último, lo compartí -hace poco- con mi hijo Bernardo, a la sazón teniente del Ejército Argentino.

El último de ellos, fue la que más me costó. Al margen del peso de los años y de tener que hacerla a pie, también, lo fue por haber tenido que recorrer el último cruce que realizara el Libertador, por la ruta del Portillo Argentino, para volver a la Patria en forma definitiva, acostado en una litera. Solo para enterarse de las traiciones de que había sido objeto y de que su mujer, Remedios, agonizaba en Buenos Aires.

Pero dejemos las pequeñas anécdotas de nuestra vida para recordar la gran hazaña que nos ocupa.

Empecemos diciendo que en Mendoza, antes de la partida del Ejército Libertador, hubo multitud de ceremonias, misas y despedidas, tanto públicas y privadas. Ya que no era una cosa habitual que una región, en este caso Cuyo, preparase y despachase un ejército para la guerra. Son cosas para recordar con orgullo por toda una eternidad. Especialmente, cuando se mensuran los escasos recursos que había disponibles para ejecutar una empresa de esa magnitud. Cual era atravesar una de las cordilleras más altas del globo para derrotar a uno de los mejores ejércitos de la época. Sólo desde esta perspectiva, es que la obra cobra la dimensión titánica que realmente tuvo.

Callado y sufrido como era nuestro pueblo por aquellos días. No escatimó esfuerzos para dar todo lo que tenía y un poco más. Aunque hay que reconocer que a San Martín no le tembló la mano para exigir este apoyo cuando algunos arrugaron.

Como ya lo hemos dicho, el encauzamiento que producía la cordillera impedía que las dos columnas principales y los tres destacamentos secundarios se apoyaran mutuamente en caso de necesidad o que, simplemente, pudieran comunicarse entre sí. Ya que, eran pocas las oportunidades para hacerlo. En ese sentido, las interconexiones montañosas entre los distintos cordones eran fundamentales. Por ejemplo, las columnas principales -la de San Martín y la de Las Heras- solo pudieron hacerlo en  las márgenes del arroyo Santa María, a la vera del cerro Aconcagua, por donde se podía acceder a la quebrada del río Mendoza que era por donde marchaba la segunda de ellas.

Pero, si la primera de ellas, la de San Martín,  llegó al límite con Chile, prácticamente, sin mayores incidentes. No fue el caso de la segunda, es decir la de Las Heras. Ya que una de sus guardias, en Picheuta (unas pocas leguas al oeste de Uspallata), fue sorprendida por los godos en un combate con muchas bajas.  Pero, al día siguiente, el Mayor Enrique Martínez con un escuadrón de granaderos, luego de combatir en Los Potrerillos, por más de dos horas, los había echado al otro lado de la frontera.

A fines de enero, San Martín ya había llegado a Los Manantiales en el último respiro antes de cruzar la Cordillera del Límite.  Allí, lo esperaban reunidos: la vanguardia y la masa del grueso que lo había precedido. Todo se había ejecutado a la perfección, según las instrucciones elaboradas por el mismo mismo. Su idea era la reunir a la masa de ejército al otro lado de la Cordillera para poder dar una batalla decisiva.(1)  El lugar elegido para ello era el valle de San Felipe de Putaendo en Chile.

El 31 de enero fue una jornada de descanso. En función de ello, San Martín ordenó que a los hombres se les entregara una ración de dulce de membrillo para que se recuperaran de la marcha y del mal de altura. También, dispuso que se le permitiera pastorear al ganado mular y caballar en las verdes ciénagas y vegas de la zona. Es más, ordenó que esa noche se distribuyera una ración de vino.

Sabemos que en la guerra los primeros movimientos son decisivos. Ganar los primeros enfrentamientos no es poca cosa ni se limita a eso. Hay un aspecto moral detrás de ello. En estas empresas la confianza que uno tenga en sí mismo y en su propia organización valen su peso en oro. Sin exagerar, porque aquí –como en todo- hay excesos nocivos- San Martín sabía que debía ganar las primeras escaramuzas, si quería tener las mejores probabilidades de éxito para cuando llegara el gran choque. La masa de su ejército era bisoño o había sido ya derrotado a manos de las más experimentadas tropas realistas. Debía cambiar esa impresión y cuanto antes lo hiciera, mejor. Por eso preparó el próximo combate lo mejor que pudo.

Por ello, advertido de que podían estar esperándolo al otro lado, le ordenó al Sargento Mayor de Barreteros Antonio Arcos adelantarse a la columna y fortificar la garganta de Achupallas, que era el punto terminal de la marcha, ya en suelo chileno.


La de Arcos, no fue una elección casual. Como él había sido forjado en los duros combates librados por los peninsulares contra las huestes napoleónicas. También, como él, era un “hermano”, es decir era un integrante de la Lautaro.

Al alba del 1ro de febrero Arcos y su tropa, unos 200 granaderos, salieron para el paso de Valle Hermoso. Que de hermoso no tenía nada, pues era el más empinado de todos, pero por eso mismo –precisamente- era el más directo. La idea de maniobra consistía en que, una vez atravesado el paso, continuar por el portezuelo del Cuzco hasta el Valle del Chalaco y caer sobre la guardia realista de las Achupallas por su retaguardia.

Las realistas, en número de 100 hombres, del temido Real Regimiento de los Talaberas de la Reina y que habían tenido noticias del avance de Arcos, lo emboscaron a Arcos en el Valle de Chalaco. Tras la sorpresa inicial, el mayor ordenó un contraataque con su caballería que terminó arrollando a los Talaberas, los que tuvieron muchas bajas  En este combate, se destacó un joven teniente que estaría destinado a ser famoso. Su nombre: Juan Galo de Lavalle. Por la noche, Arcos le avisaba a San Martín que el grueso podía cruzar tranquilo, ya que el Valle de Putaendo se encontraba en su poder.

Por su parte, la otra columna principal, la de  Las Heras y que marchaba por el Valle del Aconcagua tuvo, también, sus peripecias similares. Pero, corrió con la ventaja de que la noticia de la pérdida de las Achupallas había acelerado, entre los realistas, el repliegue hacia su propio territorio. Por lo que solo fueron necesarios unos briosos “empujones” contra los cerros en Las Coimas con tres escuadrones de granaderos, para que los godos pusieran los pies en polvorosa.

Finalmente, el día 8 de febrero, las fuerzas patriotas entraron en San Felipe y a la tarde de ese día, ya se habían reunido las dos columnas principales. El día 9 se aprovechó para reconstruir el puente destruido por los realistas sobre el río Aconcagua y se estableció el Cuartel General en la Villa de Los Andes.

San Martín, en preparación de lo debía ser “su” batalla decisiva le ordenó al comandante Melián avanzar con un escuadrón de granaderos hacia la Cuesta de Chacabuco. (2)

Continuará y terminará.


Notas:

(1) El plan original de San Martín preveía una sola batalla tras cruzar la Cordillera. La misma debía ser “decisiva” vale decir que debía derrotar, en forma definitiva y total, al poder militar español en Chile.

(2) Cómo habrá sido el apuro de nuestras tropas por terminar su larga marcha y combatir que, aún hoy, se recuerda el hecho de que la columna de Las Heras se negó a aceptar un banquete en su honor preparado por el pueblo de San Esteban. “Cariño botado” es el sugestivo nombre del episodio. A los efectos de reparar este apuro se lo debió recrear durante el cruce conjunto argentino-chileno que se hizo el 2010. 






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