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sábado, 13 de septiembre de 2014

Ideología y protestas políticas.





http://www.infobae.com/2014/09/12/1594346-los-origenes-la-protesta-politica

Los orígenes de la protesta política.

Acaba de aparecer en las librerías "Spartakus", del historiador italiano Furio Jesi, un lúcido ensayo que rastrea los fundamentos del pensamiento disidente a través de la historia y en la literatura. Infobae publica un fragmento que analiza los elementos contradictorios de las insurrecciones.

Idea e ideología de las protestas
En el mundo burgués es lícito preguntarse si una ideología puede ser no subversiva. Incluso la ideología que se proclama o se considera la más conservadora, ¿no es acaso subversiva precisamente porque es una ideología? Arrancados del contexto de la lucha de clases, la epifanía de una idea, su ubicación en el centro de una experiencia del ser y de una conducta que antes no eran (aunque tal vez existían sus modelos en el pasado), no sólo son hechos nuevos, sino hechos que aportan novedad, hechos subversivos, síntomas o determinantes –según cómo se entienda la historia– del perenne devenir o del eterno retorno.

La ideología marxista y la fascista son, desde este punto de vista, igualmente innovadoras y subversivas, igualmente destinadas a "romperse al chocar con la existencia", cuando la idea, por un destino recurrente, se convierte en rígida ideología. Quizás, en efecto, como escribió Schiller, "cuando el alma habla, ¡ah!, no habla ya el alma". Cuando la ideología comienza a existir, la idea se ha transformado en cristal: de fuerza subversiva que era al principio, se ha convertido en paradigma, de realidad móvil que se vive día a día, se ha convertido en espejo, el único espejo en el cual por costumbre el burgués juzga el significado y el valor de la conducta de quien ha asumido esa idea como centro.

Al hacer esto –puede objetar el intelectual burgués "iluminado"–, se pierde de vista la naturaleza genuinamente subversiva de toda ideología y pueden observarse tan sólo fórmulas ideológicas de por sí no nuevas sino, antes bien, casi siempre antiguas; su mayor o menor antigüedad induce entonces a denominarlas fórmulas ideológicas subversivas o conservadoras.

Dentro de la sociedad burguesa, la ley del eterno retorno determina las modalidades de cristalización de las fórmulas ideológicas, al menos a los ojos de quien las observa. Justamente Lukács observó que "la profesión burguesa como forma de vida significa ante todo el primado de la ética por sobre la vida; que la vida misma esté dominada por todo lo que retorna sistemática, regularmente".


Memoria y continuidad se contraponen así a epifanía y subversión; y es una constante de la sociedad burguesa la reducción defensiva de la idea y de su valor subversivo a fórmula ideológica, la sumisión –por lo tanto– de la idea a las leyes del eterno retorno, que vuelven relativa toda subversión en su cuadro de fases cíclicas. De ahí toma sus raíces, por otra parte, la tristitia humanistarum o escepticismo del intelectual burgués "iluminado".

Esta nivelación de las ideologías, en cuanto subversivas y en cuanto destinadas a cristalizarse, sitúa en un mismo plano teórico el marxismo y el fascismo, en el instante en que los abstrae del contexto de la lucha de clases. El burgués no intelectual y el intelectual burgués no "iluminado" podrán acaso después conceder su apoyo a la ideología que favorece sus intereses. El intelectual burgués "iluminado" podrá concederle sus favores a una u otra ideología, según tienda –dentro de su "íntimo espacio oscuro"– hacia espada-honor-sepulcro o hacia liberté-égalité-fraternité (o incluso simplemente: "banderas rojas al viento"). Dado que se trata de una elección afianzada en el "íntimo espacio oscuro", no faltarán las ambiguas soluciones intermedias.

Los símbolos del poder

Cuando José, hijo de Matías (el futuro Flavio Josefo), fue gobernador de Galilea y de la provincia de Gamala, intentó consolidar la resistencia judía contra los romanos organizando las tropas de insurrectos según los mismos esquemas propios del ejército ocupante. Con mucha menos razón, las organizaciones de la clase obrera desde hace mucho tiempo han tomado como modelo las estructuras del adversario. Los partidos y los sindicatos de clase sufren el indudable poder de fascinación de la contraparte capitalista y pretenden afrontarla transformándose en órganos formalmente similares a los que la caracterizan.

No sólo se trata de una elección estratégica más o menos aceptable. Una de las conquistas del capitalismo consiste precisamente en haberles conferido a sus estructuras un valor simbólico de fuerza y de poder: valor simbólico a cuyo reconocimiento tampoco escapan muchos de quienes se proponen derribar el capitalismo. No es casual que Marx hubiera afirmado –aunque en sentido positivo– que las premisas del socialismo se encuentran en el capitalismo. En muchísimos casos, las instituciones del capitalismo son vistas por los explotados como símbolos no contingentes de poder. Aunque se reconoce que ciertos símbolos de poder son propios del enemigo, se sufre la tentación de creer que de algún modo son, con una objetividad no contingente, símbolos de fuerza y que, por lo tanto, es necesario apoderarse de ellos para ganar la batalla.

Existe una estrecha relación entre la génesis y el desencadenamiento de los fenómenos de insurrección espontánea, y las diferentes formas asumidas por los símbolos del poder. Esos símbolos constituyen ante todo el rostro del enemigo contra el cual se produce la insurrección: un rostro que puede volverse, de distintas maneras, tan provocador como para determinar el movimiento del mecanismo insurreccional. No debe olvidarse, sin embargo, que una insurrección espontánea nunca es sólo una insurrección contra alguien. En el fenómeno de la insurrección espontánea (entendemos por tal una revuelta como el levantamiento espartaquista: espontánea, pero sin duda surgida tras una contraseña de quien respondió a la provocación y al impulso insurrecto y se erigió en su portavoz), una parte la ocupa el impulso de sublevarse por sublevarse, independientemente del rostro o la naturaleza del enemigo.

No obstante, es cierto que los impulsos "irracionales" a sublevarse por sublevarse siempre son prerrogativa íntima de los explotados y oprimidos y parecen reflejar bien su situación material (lo que induce a formular un simple cuadro de causas y efectos). Creemos, en cambio, que las condiciones impuestas a los trabajadores del sistema capitalista no son el único (y razonable) impulso a sublevarse. En el fenómeno de la insurrección espontánea también están presentes numerosos componentes de rebelión nacidos de las frustraciones individuales "privadas", ajenas al contexto de la conciencia y de la lucha de clases, y más allá del impulso de los individuos a vivir la experiencia de la fuerza colectiva, de la fuerza de grupo (más aún porque la insurrección, de inmediato canalizada en la lucha de clases y enriquecida por la toma de conciencia de motivaciones ideales, representa para el individuo la posibilidad de vencer su amor-odio hacia la masa y de fundirse en ella, superando "por la causa" y en el arrojo del combate "por la causa" los inevitables golpes y sacrificios impuestos por la participación y por la dedicación al grupo).

"Spartakus. Simbología de la revuelta", de Furio Jesi (Adriana Hidalgo Editora).