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martes, 2 de septiembre de 2014

Aires de cambio en Brasil.




http://www.clarin.com/edicion-impresa/Brasil-define-liderazgos-encarar-cambio_0_1203479736.html


Brasil define liderazgos para encarar un cambio.

Jorge Castro

El 5 de octubre tendrá lugar la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil, culminación de una campaña electoral de un mes y medio de duración. Significa que, si en las primeras dos semanas de campaña ha surgido una diferencia significativa entre los tres contendientes -Dilma Rousseff, Marina Silva, Aecio Neves-, se habría instalado una tendencia probablemente irreversible, que adelanta el nombre del próximo mandatario.
Lista para el primer round. Candidata Marina Silva. / ANDRES D’ELIACualquiera sea el elegido -incluso Dilma en un segundo mandato- se verá forzado a innovar, modificando a fondo el statu-quo, tanto en lo económico como en lo político, ante la alternativa de profundizar la actual situación depresiva, que hace que en los últimos 5 años el nivel de expansión promedio haya sido 1,5% anual (que sería +0,7% en 2014), sumado a una caída de la tasa de crecimiento potencial (5/10 años), que ahora es menos de 2% anual -estancamiento estructural de largo plazo-, lo que en el capitalismo en su fase de globalización es sinónimo de creciente irrelevancia.

Brasil ha sido (junto con Australia)  el país del mundo más favorecido por el boom de demanda de materias primas de China en los últimos 10 años.

Este posicionamiento le ha permitido crecer entre 2002 y 2010 el doble (+5% por año) que en las dos décadas previas, cuando el estallido de la crisis de la deuda externa (gobierno Ernesto Geisel/1974-1979) lo sumergió en la profunda depresión actual.

En este período, China se convirtió en su principal socio comercial (2009), y más de 60% de sus exportaciones fueron materias primas (62% en 2013), mientras que su participación en las ventas globales de commodities no petrolíferos pasó de 5% en 2002 a 9% en 2012.

Ahora, el boom de demanda de materias primas de China ha terminado, o al menos ha hecho una pausa hasta que retome el ritmo con la urbanización y la aparición de la nueva clase media. El resultado es que por cada punto de desaceleración de la economía china (este año crece 7,5%), la capacidad de crecimiento de Brasil disminuye en forma más que proporcional. Esto deja a la economía brasileña sometida a su nivel estructural de productividad, que es inferior a 1% anual en los últimos 5 años, y que se ha expandido entre 1990 y 2013 a una tasa promedio de 1,2% por año.



Este no es un problema de desequilibrio macroeconómico, sino de profundo retraso estructural. El desarrollo capitalista es un fenómeno cualitativo -el paso de los sectores de baja productividad a los de productividad más elevada (nuevas industrias)- y no una mera expansión de carácter cuantitativo, usualmente denominada crecimiento económico. Ya sea Dilma, Marina o Aecio el próximo presidente de Brasil, es forzoso que coloquen el 100% de su atención en el traslado de la protección de las industrias en el mercado doméstico al fortalecimiento sistemático de su competitividad/productividad en la economía global. Brasil necesita un giro de 180° en su orientación estratégica, que obligue a las compañías brasileñas a innovar, invertir y transnacionalizarse.

Lo que frena a Brasil no es la conversión plena de la economía global en un sistema hiperconectado y superintensivo de conocimiento avanzado,  sino sus barreras internas; consecuencia de una historia de 50 años del “proyecto varguista” de sustitución de importaciones.

Ahora el mundo ha cambiado y Brasil todavía no. Por eso se encuentra ante un punto de inflexión, que coincide con la elección de octubre. Las gigantescas manifestaciones de junio del año pasado mostraron la incorporación de 40 millones de brasileños que abandonaron la pobreza y se sumaron a la nueva clase media en los últimos 10 años, entre ellos 7 millones de estudiantes universitarios, que son sus hijos. Hay un enorme vacío político y una carencia fenomenal de líderes. Están dadas todas las condiciones para que comience un ciclo de cambio en uno de los grandes países del siglo XXI.