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lunes, 1 de septiembre de 2014

Un insensato con suerte.



  

http://site.informadorpublico.com/2014/09/01/y-jorge-w-bush-tenia-razon/


Y George W. Bush tenía razón…

By Lucio Falcone - septiembre 1, 2014


Un insensato con suerte

Dicen que la Victoria es una diosa caprichosa, pero que está siempre al lado de los audaces. Yo le agregaría de los insensatos, por lo menos, en algunas ocasiones. Los paradójicos resultados de las sucesivas intervenciones norteamericanas en el Levante, perecen darme la razón. Ya que George Bush intervino allí con la prudencia propia de un elefante con los ojos vendados en un bazar. Pero, la situación actual, aunque no le dé la razón, parece beneficiar a su país. A él no lo atrajo el petróleo, como creen fervientemente los amamantes de la lógica lineal de la guerra por los recursos. Intervino en el Levante por algo mucho más difícil de obtener. Fue a plantar la remolacha de la democracia.

Y aunque resulte irónico y burlesco a la vez. Pese a su estruendoso fracaso. Puede que esté obteniendo un resultado potencialmente favorable a los intereses nacionales de los EE.UU. No ya en el surgimiento espontáneo de un mosaico de repúblicas aliadas en la región; sino en la forma de una feroz guerra civil entre sus enemigos declarados.

Lo que no calculó nunca, pues no intuyó esta derivación de sus ideales wilsonianos. Es que el incendio que provocó, pueda arrasarlo a sus aliados europeos y, también, a su propio país.

Como toda cuestión, ésta tiene su propia historia. La de ésta se inicia con un personaje: Woodrow Wilson. A la sazón profesor de Historia clásica y que alcanzara la presidencia de los EE.UU. para finales de la 1ra GM. Le tocó a él, en suerte, negociar el famoso e infame Tratado de Versalles. Su idea central era muy simple. Cuando rigiera en todos los pueblos de la tierra la democracia, sería el fin de todas las guerras.

Aunque sonara muy bien. Pocos de los que se denominaban realistas compraron la idea. Especialmente, cuando la realidad se encargó de desmentir la teoría de marras. Sin embargo, un conservador extremo, o más precisamente, un neoconservador, George W. Bush, lo hizo a paquete cerrado y llave en mano.

Falto de ideas Bush Junior, luego de los atentados terroristas del 11/9, adoptó un plan ya existente (“Project for the New American Century”). El que había sido elaborado por el “American Interprise”, un think tank neoconservador washingtoniano, animado, entre otros, por: Dick Cheney (su vicepresidente), Donald Rumsfeld (su secretario de defensa) y Paul Bremer (su interventor en Irak).

El núcleo de la doctrina consistía en la necesidad de defender el territorio nacional de los EE.UU. Una verdadera novedad; ya que para los analistas, éste era considerado un espacio estratégicamente inviolable. Su defensa exigía una vigilancia constante del mundo exterior, especialmente del Levante y otros lugares calientes desde donde pudieran provenir amenazas contra los EE.UU. Para ello contaban con dos herramientas fundamentales. Una material, las ventajas tecnológicas aplicadas a la industria de armamentos y otra moral, la superioridad de la democracia como sistema de gobierno.

Producidos los atentados terroristas del 11/9. Pronto quedó claro que Afganistán era la base territorial de los grupos terroristas que lo habían perpetrado. Se lanzó, entonces, una operación militar contra el régimen talibán de ese país. Todo parecía marchar bien, hasta que el diablo metió la cola. Los neocons (una abreviatura cariñosa para los neoconservadores) querían aplicar su plan en Irak.

Vieron en el Irak de Saddam Hussein una oportunidad. Si bien, nada había tenido que ver con los atentados. Y tampoco disponía de las armas de destrucción masiva que lo hicieran famoso en el pasado. Era, por decirlo de alguna manera, el país más occidentalizado de la región. Lo que lo convertía en un lugar apto para el experimento del cambio de régimen que permitiría, a partir de allí, exportar la democracia a toda la región.



Fue entonces que la administración Bush decidió invadirlo para transformarlo en un democracia moderna. La operación militar empezó bien, pero terminó muy mal. Durante la ocupación los norteamericanos desarticularon los dos elementos fundamentales del Estado iraquí: sus fuerzas armadas y su burocracia estatal. A los que pretendieron reemplazar por creaciones propias. Un ejército a su medida y un primer ministro títere.

Para colmo de males, al irse de Irak, dejaron el gobierno confiado a la siempre problemática minoría chiíta. La que pronto, como era de esperarse, empezó a perseguir a las masas sunitas. Les hubiera bastado a Paul Bremer y a George Bush, la lectura de historia de la caída del Califato Fatimita, en el 1171, para saber lo que necesariamente pasaría.

En pocas palabras: que la guerra civil entre sunitas y chiítas se reiniciaría. Tal como lo viene haciendo en brillantes intervalos intermitentes desde el 680, año de la batalla de Karbala. Perdida por los chiítas inferiores frente a los sunita superiores, precisamente en proximidades de esa ciudad iraquí. Y hoy en poder de un nuevo grupo insurreccional que viene por todo: El Califato. Esta vez no de origen chiíta como el de los fatimitas, sino sunita.

La tormenta perfecta

Sabemos por autores como Martin va Creveld y William Lind que las diferencias religiosas son uno de los más potentes combustibles de los conflictos bélicos. Especialmente, para los no devotos de la guerra occidental inventada y patentada por Carl von Clausewitz en el reciente siglo XIX. Tal como lo expresó David Gardener, un viejo conocedor de la región, en un reciente artículo aparecido en el Financial Times de Londres: “El sectarismo vicioso de las luchas entre sunitas y chiítas no reconoce fronteras. Se mueve libremente por sobre las arbitrarias fronteras trazadas por ingleses y franceses un siglo atrás.”

Gardener da en una de las teclas. Al final de la 1ra GM, la ilusión occidental quiso hacer de los que no eran algo más que tribus con banderas, naciones hechas y derechas. Les dieron un territorio, un pueblo y un Estado. Así nacieron Siria, Irak, Jordania, Palestina, el Líbano y las Monarquías del Golfo. Claro, se olvidaron que adentro de cada uno de ellas había etnias y viejas sectas que no querían abandonar sus costumbres ancestrales. Tampoco sus viejas rencillas.

Con el paso del tiempo el petróleo trajo algunos beneficios y varias maldiciones. Una de ellas fue una explosión demográfica que hoy abastece de jóvenes sin futuro a toda la región. Son la masa que aspira unirse a El Califato. Por poder y por espíritu de aventura. Las matanzas atraen a los más jóvenes. Mucho más si se vuelven virales en YouTube.

Por todo esta combinación de factores, hoy en el Islam se vuelve a escuchar el viejo grito de la Jihad. Y este no va solo dirigido contra los infieles. Por ejemplo, sabemos que un clérigo musulmán decretó una fatwa (un decreto religioso) llamando a los musulmanes de todo el mundo a ayudar a los rebeldes sirios, catalogando a Irán y a su aliado, el Hezbollah (ambos de orientación chiíta) como “los enemigos del Islam”. Por otro lado, son similares las condenas y los pedidos de Guerra Santa que parten desde la nueva entidad conocida inicialmente como el Estado Islámico del Levante, luego como el Estado Islámico y más recientemente como simplemente, El Califato.

En el pasado reciente otros enfrentamientos similares dentro del Islam se vieron contenidos por el corset occidental de la Guerra Fría. Tal fue el caso de las guerras árabe-israelí de 1973, la de Irán-Irak en 1980 y las invasiones israelíes al Líbano en 1975 y 1990.

Pero hoy esa contención ya no existe. Para colmo de males, después de la invasión norteamericana a Irak en el 2003, la minoría chiíta volvió al poder desde su expulsión en el 1171. Ello trajo, como corolario, el encumbramiento regional de Irán, los persas chiítas. Lo que encendió nuevamente el fuego de las guerras civiles del Islam. Los sunitas no querían ni podían aceptarlo.

Otro nuevo factor perturbador fue la mal denominada primavera árabe. La que incentivó los alzamientos populares contra tiranos como los al’Assad sirios o el Mubarak egipcio. Estas asonadas populares, lo que en definitiva, armaron y generaron fue a nuevos grupos radicales como El Califato. Por ejemplo, en el 2006 el Hezbollah se presentaba como el campeón de la causa árabe (sunita y chita) frente a la agresión israelí. Pero, la semana pasada ese mismo grupo se aprestaba a luchar contra los fanáticos de El Califato. La precaria unidad de la causa árabe se había roto.

¿Qué hacer?

Ante estos hechos, hoy no son pocos los que sugieren dejar que el incendio se extinga por sí solo. Dicen cínicos: “mejor que se maten entre ellos.”

El problema es que incurren, como Bush y sus acólitos neocons, en una grave ignorancia histórica. A saber, desconocen los alcances de lo qué fue o lo qué pretende ser -exactamente- un Califato. Veamos.

Un califato es una forma de gobierno, en al cual el mando político, militar y religioso se centran en una sola persona: el califa. Históricamente ha habido varios califatos, tanto sunitas cono chiítas. Se los puede agrupar del siguiente modo:

El de los Cuatro Califas Ortodoxos (632/661) fue en único unificado entre sunitas y chiítas.

El Califato Omeya (661/756) de origen sumita, su capital estuvo en Damasco.

El Califato Abasida (756/1258) también sunita, tuvo como capitales sucesivas a Kufa, Bagdad y El Cairo.

El Califato Fatimí (909/1171) el único chiíta con capital en Kairuán y en El Cairo.

El Califato Omeya de Córdoba (929/1031) sunita con capital en la ciudad española de Córdoba.

El Califato Otomano (1517/1924) sunita con capital en Edirne y en Estambul.

Hoy, hay varios califatos que reclaman los viejos títulos perdidos en el desván de la historia. El más conocido de ellos es el que opera al sur de Siria y al norte de Irak. Sus matanzas lo ha hecho famoso. Pero, hay otros, más inquietantes aún. Como por ejemplo, el que prospera entra la población carcelaria de origen afroamericano en los EE.UU.

Nos preguntamos cuántos más habrá cuando los combatientes de origen occidental regresen a sus hogares en Europa. Llenos de odio y pletóricos de conocimientos insurreccionales y listos para ser aplicados. En una sociedad opulenta, pero decadente que los clasifica como ciudadanos de segunda. No en vano, algunos de ellos prometen retomar el Al Ándalus.

Tal como predice el profesor de Historia de la Universidad Hebrea de Jerusalén, Martin van Creveld, creo que la vuelta de Mahoma nos puede traer muy bien, el regreso de Cristo. Pero, no ya el del Misericordioso -precisamente- sino de aquel que supo inspirar la reconquista militar de la ciudad del profesor.