Estrategia - Relaciones Internacionales - Historia y Cultura de la Guerra - Hardware militar.

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lunes, 30 de marzo de 2015

Más que una ofensa, una estupidez.



POLITICOS Y FUERZAS ARMADAS.




 No cabe duda de que la paz es un valor superior y que como tal puede ser definida como la tranquilidad en el orden. Sin embargo, la historia y la experiencia nos alertan sobre la existencia de crisis y de conflictos que atentan contra su logro y para lo cual hay que estar prevenidos. Los conflictos, a diferencia de als crisis, últimos se caracterizan por el empleo efectivo de medios violentos. Y como tales son el objeto propio de la Estrategia.

 Si la paz debe ser el objetivo final a alcanzar por la Política que libra un conflicto. La victoria lo es para la Estrategia. Ya que así como no hay sustituto para la primera, tampoco lo hay para la segunda.

 El carácter arquitectónico de la Política la pone en disposición de varios instrumentos frente al conflicto. Estos van desde la diplomacia hasta la acción armada. Por su parte, la Estrategia, entendida en sentido estricto, queda confinada al uso de los medios militares para el logro del objetivo fijado por la Política.



 Un cierto progresismo militante ha buscado siempre negar la legitimidad de los Estados al recurso de la fuerza. Nada más alejado de las realidades que gobiernan las RRII. De hecho, desde los textos antiguos del Derecho de Gentes hasta la Carta de la ONU, le reconocen a los gobiernos ese derecho. Sí, le han impuesto a ellos la condición de que su uso se haga en el marco de la doctrina de la legítima defensa.

 En función de este marco conceptual, son absoluta mayoría los Estados que se preparan para enfrentar los conflictos que consideran más probables. Para ello disponen de un instrumento: sus fuerzas armadas. Estas podrán ser fuerzas de proporciones reducidas o masivas, estar conformada por profesionales o por conscriptos o estar equipadas en forma sofisticada o sencilla. Pero, todas ellas son consideradas por sus mandantes como la última razón del Estado en su derecho de ejercitar el monopolio de la fuerza.

 Es más, no es raro que la eficiencia y la capacidad de estas fuerzas sea tomada como la medida justa de la importancia de un Estado determinado. Especialmente, cuando ellas tienen un carácter expedicionario y la capacidad de hacer sentir su poder lejos de sus bases proyectando una voluntad nacional hacia el exterior.

 Por ello resulta llamativo el hecho de que nuestro país, por decisión propia, haya ido erosionando esa capacidad. Un hecho que, para algunos, podrá estar políticamente justificado, debido a las muchas intervenciones militares en nuestra vida política pasada. Pero, que es algo que hoy resulta absurdo y difícil de explicar. No solo ante el aprendizaje hecho por los propios militares. Por sobre todo, a la luz de otras realidades cada vez más tangibles. Como son la presencia de una potencia extracontinental que ocupa parte de nuestro territorio y se proyecta sobre nuestras áreas de influencia. También, por la amenaza creciente del narcotráfico que amenaza con sobrepasar a nuestras fuerzas de seguridad.

 Mucho menos se justifica esta actitud cuando son los propios mandante políticos de esas fuerzas los que buscan su menoscabo social y gozan con denigrarlas. Esto es algo peor que un crimen, es una estupidez. Ya que son esos mismos mandantes quienes, eventualmente, pueden llegar a verse necesitados del auxilio que pueden prestarle esas mismas fuerzas. Precisamente, para el ejercicio de sus funciones de gobierno ante una situación extrema. Como podría serlo, no solo el enfrentar un conflicto internacional. Del que ninguna potestad está libre. También, uno de carácter interno o, simplemente, las consecuencias de una catástrofe natural.

 Dicen que los Estados no se suicidan. Pero, al parecer las administraciones sí pueden autoinfligirse heridas. Esperamos que el nuevo gobierno, a ser electo próximamente, subsane esta ceguera ideológica y le otorgue a sus fuerzas armadas la misión y los medios acordes con la defensa de nuestros intereses nacionales.

EL ADMINISTRADOR