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domingo, 12 de abril de 2015

La Cumbre de las dos Américas.


http://www.losandes.com.ar/article/el-continente-de-los-senderos-que-se-bifurcan


El continente de los senderos que se bifurcan.









Carlos S. La Rosa - clarosa@losandes.com.ar

Diez años atrás, América Latina parecía ser un modelo mundial, un continente reconvertido en su inmensa mayoría hacia la democracia, donde la misma conducía casi espontáneamente hacia una especie de socialismo vernáculo.

Las únicas diferencias que se admitían eran las lógicas particularidades nacionales que les impedían marchar a todos los países al mismo paso. Pero fuera de esa cuestión de tiempos y de algunas variables de costumbrismo cultural, todos avanzaban en la misma dirección.

De allí que todos los intelectuales europeos de izquierda, viudos de la guerra fría, volvieran sus ojos hacia el único continente que parecía contradecir las tendencias mundiales hacia la mayor globalización capitalista, que crecía tanto en Occidente como en India, Rusia o China, con sus más y con sus menos.

Tanta fue la pasión de los progres europeos por la tentación latinocéntrica que hasta parieron en su propio espacio geográfico a dos hijitos bolivarianos: el actual gobierno de Grecia y “Podemos”, uno de los movimientos opositores con mayor crecimiento en España.

Chavistas de nacimiento y concepción que hoy disimulan un poco su origen pero cuyos programas son casi calcados del socialismo siglo XXI del bolivarianismo en una versión con un poco menos de realismo mágico, pero no demasiado menos.

Ni qué hablar de lo que ocurrió luego de la crisis económica mundial de 2008 en la que pareció que todo el mundo desarrollado entraba en su decadencia final mientras que en las purezas étnicas de los gobiernos latinoamericanos rescatadores de los pueblos originarios, nacía una nueva humanidad, casi intocada por el crac financiero capitalista.

Sin embargo, la Cumbre de las Américas de esta semana surge como una síntesis de todo lo que fue ocurriendo a partir de ese entonces cuya gran conclusión podría definirse como que la dirección definida hacia el socialismo latinoamericano o hacia cualquier meta única ha volado por los aires.

Hoy, quizá producto de la democracia imperfecta pero aún así más democracia que imperfecta, los pueblos y sus gobiernos van construyendo una variedad inmensa de opciones donde las naturalezas nacionales pasan a ser los verdaderos sustantivos de las transformaciones y las ideologías devienen meros adjetivos cada día menos determinantes.

Es cierto que este cambio implica algún retroceso porque el proceso continentalista  que tuviera gran auge la década anterior, un poco ha ido sucumbiendo al no poder soportar tanto ideologismo abstracto y entonces cada quien se ha recluido en su nación o se han armado tantas formas de integración parciales que es como si no hubiera ninguna.



No obstante, es precisamente de este fortalecimiento de las identidades nacionales de donde América Latina deberá partir para construir nuevas realidades continentales que dependan más de los intereses estratégicos de América Latina y menos de los absurdos ideologismos que nos quisieron vender, tanto desde adentro o desde afuera, como un continente con un destino manifiesto, cuando los destinos no se manifiestan sino que se construyen y a partir de la diversidad, no del unitarismo forjado por ideologías para colmo anticuadísimas.

Ésas por las cuales los snobs europeos nos querían poner como modelo de la resurrección de lo que la guerra fría se llevó, buscando comparar a Macondo con Leningrado.

Ahora, felizmente, ha desaparecido la Meca porque cada país es una Meca en sí mismo y el futuro consiste en aunar intereses locales en estrategias continentales. Algo mucho menos utópico que el socialismo  siglo XXI pero más realista, para que dejemos de ser laboratorios de experimentos fracasados y nos convirtamos en verdaderos protagonistas de la historia a partir de nuestra  identidad, mejor dicho identidades. La Cumbre de las Américas va por ese camino.

Intereses sectarios y minúsculos pretendieron que el gran tema histórico que condujo a este evento extraordinario donde están representados por primera vez todos los países de América, fuera compartido por otro: que al reencuentro Cuba-EEUU se le pudiera contraponer el desencuentro Venezuela-EEUU, sin ser capaz de dimensionar la grandeza del primero y la pequeñez del segundo.

Así, ambas ponencias tuvieron su representante: Raúl Castro lo fue, sin ambages, del primero. Cristina Fernández de Kirchner lo fue, más allá de todos los demás incluso Maduro y Correa, del segundo. Nunca, pese a declararse mutua simpatía, Cuba y Argentina estuvieron más separados en su modo de interpretar la realidad continental.

Raúl Castro no fue complaciente con los EEUU, ya que, entre otros detalles, condenó a los diez presidentes anteriores a Obama como enemigos de Cuba, pero, sin embargo, tuvo la grandeza de rescatar la honestidad personal y la buena voluntad política de Obama, sin que por ello dejara de mostrarse un tanto escéptico acerca de que el Congreso yanqui acabara con el bloqueo.

Nunca jamás calificó Castro al encuentro como el triunfo de Cuba sobre EEUU sino que valoró, como se hace en los grandes encuentros históricos, la voluntad compartida de ambas partes.

Cristina Fernández expresó todo lo contrario en términos casi absolutos. Proclamó al encuentro como un triunfo total de los 60 años de la revolución cubana, de una imposición de la isla al imperio. Se ocupó mucho más de criticar a Obama que al resto de los Estados Unidos. El presidente norteamericano propuso mirar al futuro para entablar la nueva relación EEUU-Cuba.

Cristina, en las antípodas, propuso recordar el pasado que por indiferencia o ignorancia Obama prefirió, según ella, dejar de lado. Y, por sobre todas las cosas, intentó poner al diferendo con Venezuela como el tema central, cuando ya quedaba claro que no se podía comparar una cosa tan grande con una tan insignificante.

Hasta Nicolás Maduro debió referirse a las declaraciones previas, a la Cumbre, de Obama cuando éste aseguró no considerar a Venezuela una amenaza. Aclaración que Cristina decidió omitir en su discurso para fortalecer la idea de que ella es la líder más antiimperialista de la región.

Una antigüedad con todas las letras cuando el resto de América Latina parece estar ocupándose de sus cosas en vez de armar escandaletes de estudiantina con declaraciones altisonantes.

O, mucho peor, buscar en forma espúrea y oculta acuerdos indefendibles con Irán en el mismo momento en que  todo Occidente, en forma abierta y franca, está tratando de acordar públicamente con Irán. Las ganas de estar en contra de todos por el solo deseo de estar en contra. Adolescencia tardía.

Uruguay sueña con ser Finlandia a partir de su industria maderera. Perú ha logrado el milagro de seguir un mismo sendero económico con cinco gobiernos de distinto signo. Paraguay parece asomarse por primera vez en décadas al progreso. Chile lucha denodadamente con la corrupción cuando ésta recién comienza a crecer y Brasil, que ya la tiene demasiado crecida, busca atacarla también.

En Chile y en Brasil el pueblo ha decidido masivamente marchar contra la corrupción con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes. Colombia, México, Perú y Chile se han integrado para ser la avanzada americana hacia el Pacífico.

Bolivia y Ecuador anhelan seguir con su socialismo bolivariano pero con racionalidad económica en ambos casos y con una transformación educativa en el país de Correa donde la reconstrucción de la autoridad y la exigencia parecen ser las dos grandes ideas de avanzada. Cuba se está jugando con todo a la apertura económica. Sólo Venezuela falla por todos lados, como los restos fósiles de otra revolución fracasada.

Y la Argentina ha devenido la gran defensora de lo que ya no existe más, prosiguiendo con esa tendencia tan reiterada en esta última década de desaprovechar la más grande oportunidad que Dios, la naturaleza, el azar o vaya a saber quién más, le brindó nunca a un país para que pusiera fin de una vez por todas a sus malarias.

En nombre de un pasado inventado nos estamos comiendo en el presente todas las posibilidades del futuro.

Mientras tanto, América va.