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miércoles, 18 de noviembre de 2015

El Islam y Occidente














Carlos Esteban -  Lunes, 16. Noviembre 2015 - 20:43

Como cada vez que los islamistas protagonizan una espantosa matanza, nuestros medios de comunicación se han centrado en lo que realmente importa: la islamofobia. Porque se diría que cuando nos matan, eso no es tanto prueba de que nos odien como de que les odiamos. Si usted, lector, no ve en esta reacción ya habitual algo patológico es que se ha acostumbrado al mundo al revésque nos venden nuestras élites.
A la historia le importa un bledo quién tiene razón. Los historiadores discutirán hasta el fin qué factores dieron a tal tribu, nación, civilización o raza la hegemonía sobre otras; debatirán si fue la geografía, o un afortunado modelo económico o social, quizá la demografía, o la perfección de las leyes, su tecnología o su superioridad estratégica. Pero en ningún caso "tener razón" o contar con la causa más justa es factor determinante.

Después de la victoria, de la conquista, del dominio, los autores áulicos eleborarán teorías más o menos sofisticadas para explicar que no solo se venció, sino que se debió vencer, porque es el que gana quien escribe la historia. Desde el virgiliano "Tu regere imperio populos, Romane, memento" al "Austriae Est Imperare Orbem Universi", todos los imperios se han sentido llamados a triunfar y gobernar a los otros, se han sentido tan "providenciales" como se denomina aún hoy los Estados Unidos, la "nación excepcional".



Pero eso viene siempre después. Primero viene la batalla o las batallas, aunque estas sean a veces metafóricas, incruentas, una superioridad evidente que no necesita, al menos no siempre, desplegar su fuerza militar.

Occidente, todavía hegemónico, es una civilización eminentemente moral, lo que significa que siempre ha tenido necesidad de buscar una justificación ética a su dominio, basada en una concepción cristiana de la vida. Perdida esta, descristianizadas nuestras élites y en bastante medida la base misma de la sociedad, la consecuencia no ha sido el fin de toda traba moral, sino un enloquecimiento intelectual, un extraño deseo de muerte, un inexplicable masoquismo civilizacional abanderado por nuestros intelectuales pero que ya ha calado en todas nuestras estructuras.

Es, si se quiere, un supremacismo inverso: seguimos siendo lo más importante, los número uno, pero ahora somos los número uno del mal, lo peor, "el cáncer de la historia", por decirlo en palabras de Susan Sontag.

Esto describe, si no explica, porqué somos los únicos que, ante un ataque, nuestro primer instinto no es tanto protegernos como preguntarnos qué hemos hecho mal esta vez y qué justas razones tendrán nuestros enemigos para ir contra nosotros.

Es, de hecho, un cristianismo que ha desechado a Cristo y la transcendencia para centrarse en los mensajes más peligrosos de la fe cuando no tienen una Iglesia que los contextualice y un 'corpus' que los encuadre: los últimos serán los primeros, amad a vuestros enemigos y demás máximas paradójicas y antiintuitivas.

Eso es el progresismo hoy. Mi primer impulso hubiera sido llamarlo "la izquierda", pero ya ha fagocitado a la derecha, al menos a la 'oficial', que apenas se aparta de esta pauta sino en el énfasis y la urgencia.

Pero el progresismo olvida que el instinto de supervivencia es la primera ley, que si bien lo hemos sublimado en algo tan complejo como el Estado nación, el ser humano es irremediablemente tribal y territorial. Y el islamismo radical, que parte de concepciones absolutamente ajenas a las nuestras (y, en un sentido, más 'sanas'), no tiene nada que "dialogar" con nuestra civilización, nada que negociar salvo nuestra rendición. Lo decía el propio Bin Laden en una de sus celebradas alocuciones: cuando cualquiera ve un caballo fuerte y un caballo débil, naturalmente prefiere  el fuerte. Menos nuestra izquierda.

Para nuestra izquierda -y, por contagio, todas nuestras élites-, cualquier conflicto nace de algún agravio que hemos cometido. Y, naturalmente, hay muchos donde elegir, no porque hayamos sido una civilización especialmente injusta o implacable, sino porque el "¡ay de los vencidos!" es una ley inexorable de la historia, y la utopía se define por no existir ni ser posible. Hay apelaciones lejanas a las Cruzadas, más cercanas, a la colonización, y casi inmediatas a las guerras abiertas o encubiertas en el corazón de Oriente Medio. Las razones pueden ser la existencia del Estado de Israel, el control del petróleo, oscuras conspiraciones financieras...

Y cualquiera de estas razones o una combinación de las mismas pueden ser perfectamente ciertas. No niego, en principio, que tengan su grano de verdad muchos -todos es imposible- de los agravios que esgrimen los progresistas.

Pero, al final, ¿saben qué? Da igual. Da igual porque, cuando llegue la hora de la verdad, será cuestión de supervivencia.

Puede que nos queden aún muchas más cesiones que hacer, cesiones que irán debilitándonos cada vez más, pero como los otros tienen sus propios principios y valores, más cercanos al orden que ha sido habitual en la historia, ninguna cesión va a satisfacerles sino el pleno dominio. No es ni bueno ni malo, solo una constante observable y obvia en nuestra hsitoria

Y ahí todos, y la izquierda muy especialmente, tiene muchísimo que perder. Ese punto de inflexión definirá el conflicto entre sobrevivir como civilización y mantener, mal que bien, nuestra forma de vida, o desaparecer.

Cuando estalla el conflicto existencial, el verdadero, el definitivo, el hombre no busca cuál de los bandos tiene razón, sino quiénes son los suyos. Eso es lo que no parecen entender nuestros mandarines, que en ese momento todo el mundo sabrá cuál es su tribu, quiénes son los enemigos y quienes han sido los traidores.