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jueves, 16 de junio de 2016

LAS ARMAS NO MATAN, LAS PERSONAS SI















Por Carlos Pissolito

A propósito de la idea instalada por el progresismo de lo políticamente correcto respecto de que la posesión de armas es la causa principal de los asesinatos en masa o de cualquier otra muerte en la que ellas son empleadas. Me permito hacer algunas reflexiones.

La primera, es que considero que el derecho a poseer un arma y a usarla en nuestra defensa, en la de nuestros dependientes y en la de nuestro patrimonio es un derecho individual inalienable. Es más, junto con Jean Larteguy, creo que el mejor indicio de que un gobierno se encamina hacia una dictadura, es cuando éste comienza a limitar seriamente este derecho.

La segunda, es que es falso el hecho de que restringir el acceso a las armas impida que las mismas caigan en las manos equivocadas. Como lo prueban los recientes atentados terroristas en Francia y en Bélgica. Ambos países con leyes muy restrictivas respecto de la tenencia de armas.

En pocas palabras, los intentos burocráticos de los Estados en limitar la posesión de armas de fuego, solo logran dificultar su acceso para las personas de bien. Mientras, que la delincuencia y el terrorismo tienen sus bien aceitados circuitos para adquirirlos.

El colmo de estos sistemas es el implementado por el RENAR argentino quien le paga una suma de dinero a quienes entreguen sus armas en forma voluntaria, sin preguntar ni requerir nada más. Lo que en realidad conforma un verdadero "plan canje" para los delincuentes, quienes entregan sus viejos "fierros", para con el dinero obtenido comprarse uno mejor.

¿Pero, qué son las armas en realidad?
Como tales, las armas, han sido siempre consideradas una herramienta. Aunque probablemente sean algo más que eso.

Las hay muy sencillas, como sería el caso de un palo afilado hasta muy complejas como un misil inteligente. En un sentido amplio, prácticamente cualquier cosa es susceptible de convertirse en un arma. Cuando es empleada con la finalidad de causar daño. Un caso típico son los propios puños o un avión comercial usado como un misil, tal cual fue el caso de los atentados terroristas del 11S. Aún en un sentido más amplio, hasta las cosas intangibles, pueden ser usadas como armas. Como sería el caso de un ataque cibernético que pusiera fuera de servicio, por ejemplo, a un sistema de control de vuelo, produciendo múltiples accidentes aéreos.

Pero no pueden ser consideradas solo como un instrumento para ejercer la violencia, pues muchas veces ha sido objeto de embellecimiento y de cariño por parte de sus poseedores. Pensemos, por ejemplo, en que el héroe Rolando, el responsable de detener la invasión mora a Francia, nombró a sus espadas favoritas: “Durendal”, “Joyeuse” y “Precieuse”. Lo mismo hizo el Cid Campeador con su famosa, “Tizona”.  Quien así la bautizó tras arrebatársela al rey Búcar de Marruecos en la batalla por Valencia.

Y entre nosotros, tenemos al querido sable corvo de nuestro General José de San Martín. Un arma que él adquiere en Londres para su uso personal, luego de dejar España y antes de embarcarse para América. Una que también serviría de modelo para equipar a sus granaderos a caballo. Ya que su hoja ancha, pesada y con filo la hacía ideal para el sableo durante las cargas.

Pero su interesante historia no termina allí. Pues, al margen de haber acompañado a San Martín en todas sus campañas. Sabemos, que el procer se la legó en su testamento, al entonces gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas.

Tal como se lee en la cláusula 3ra de su testamento: "… El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América del Sur le será entregado al General de la República Argentina, Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que tentaban de humillarla."

Estos hechos palpablemente muestran que las armas no solo herramientas. Son también, símbolos, de prestigio y de poder.

Aunque, más concretamente no se puede negar que su finalidad principal es la ser un instrumento para el uso de la fuerza. Como tales, las armas son una herramienta pensada para la agresión. Útiles, tanto para la caza como para la defensa propia, ya que pueden ser tanto empleadas contra animales como contra seres humanos. Potencialmente, contra estos últimos, también, pueden ser exhibidas en forma intimidatoria y disuasiva, sin la necesidad de llegar a su uso efectivo.

Por todo lo expresado, la distinción necesaria sobre su inherente bondad o maldad no está en el arma per se. Sino en quien las porta y en la finalidad con la cual se lo haga. Ya que la fuerza que ellas proporcionan puede ser empleada, tanto en forma legítima como ilegitima. No es lo mismo un arma desenfundada por un funcionario policial para el cumplimiento de su misión, o por un particular para ejercer el derecho a su legítima defensa. Que una empuñada por un delincuente para cometer un delito.