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sábado, 12 de noviembre de 2016

Trump planea una revolución económica para cambiar EE.UU.

COMENTARIO: lo que Trump desea hacer ya tiene antecedentes en los EE.UU. Para salir de la Gran Depresión el Presidente Franklin D. Roosvelt inició un gran programa de obras públicas, uno de cuyos aspectos más importantes, la generación de energía eléctrica fue encargado a la Administración del Valle del Tenneesee, bajo autoridad del Cuerpo de Ingenieros del US Army.
Se salió de la depresión gracias a la creación de miles de puestos de trabajo. En realidad es la misma solución que encaró Hitler en Alemania (y en la misma época) para eliminar la desocupación. Tal vez haya existido diferencia en el financiamiento, pero el fin era el mismo y se consiguieron los mismos objetivos. La diferencia más  notable quizás haya sido que el esquema financiero de Alemania se tornó insostenible hacia 1938, cosa que no ocurrió en los EE.UU. 
De allí que lo que Trump plantea suene a los oídos estadounidenses como algo factible y que los economistas yanquis no hayan abierto la boca, aunque el plan signifique impulsar la economía real frente a la financiera que, aparte, está en situación terminal. VPO













MANUEL ERICE Washington

El festivo Día de los Veteranos vino a calmar ayer las aguas del torrente con el que Donald Trump ha irrumpido. El discurso y homenaje de Obama a uno de los colectivos más apreciados del país hacía retroceder el tiempo. La marea de comentarios políticos y periodísticos cesaba por un día. Las protestas parecían bajar el tono. Mientras su equipo y el de Obama trabajan ya la en la transición, el presidente electo aprovechó el día para encerrarse con su equipo de confianza en su cuartel general, la neoyorquina Trump Tower. «Un día ocupado, planeando el equipo que formará nuestra Administración», pregonaba en Twitter.
Como primera medida, Trump ha puesto al vicepresidente electo, Mike Pence, al frente del plan de transición, en detrimento de Chris Christie, afectado por el escándalo del atasco permanente del puente entre Manhattan y New Jersey.

Al tiempo que el anuncio de comparecencia ante el juez el 28 de noviembre por el escándalo de la Trump University recordaba al país quién está a punto de hospedarse en la Casa Blanca. Sería el primer presidente electo declarando ante el juez. Sus abogados trabajaban para retrasarlo.



El que será el presidente número 45 de Estados Unidos combina dos encajes de bolillos: rellenar hasta un millar de espacios de otros tantos altos cargos de su nueva Administración y casar sus promesas con la realidad en los primeros cien días. Y emergen como una cuadratura del círculo las medidas de su ambicioso plan económico con el que quiere transformar el país.

Las urgencias no son buenas consejeras, y el impaciente ejército de fieles que ha encomendado su puesto de trabajo y su bolsillo al victorioso populista, pronto le exigirá contraprestaciones. Los «millones de empleos» prometidos hay que plasmarlos ahora en un plan. Ya no hay enemigo al que echarle la culpa. Donald Trump ultima una batería de medidas que combinen su anunciadabajada de impuestos, a la manera reaganiana, con una reducción de gastos que compense la inicial pérdida de ingresos.

Deuda pública
Si ese cóctel ya puede resultar amargo, bajo la atenta vigilancia de una deuda pública que bate el récord cada segundo que pasa, y que se acerca a toda velocidad a los 20 trillones de dólares, Trump está dispuesto ahora a echar mano de un tercer ingrediente, tan insospechado como problemático: un plan de infraestructuras, con una inversión de un trillón de dólares (un billón de euros) y con el objetivo de mejorar las carreteras, los aeropuertos, los colegios y los hospitales, de lo que tan necesitado está el país. Es su único instrumento para acelerar la comprometida creación de empleo.
Pero el ejercicio de magia no va a ser fácil. El magnate ha tomado prestada la idea de su rival demócrata, Hillary Clinton, que había anunciado el programa de obras públicas como iniciativa estrella. Pero el heterodoxo millonario choca en su pretensión con los guardianes de las esencias conservadoras en el Congreso, enemigos del gasto público. Es uno de los puntos calientes que negocian Trump y el speaker (presidente-portavoz) Paul Ryan, llamado a seguir en el cargo. El magnate se compromete a apoyar el plan en la empresa privada, de forma que no cueste un dólar al erario público. Según The Wall Street Journal, la fórmula consistiría en que constructoras y otras compañías avanzaran la inversión a cambio de créditos fiscales. El adelanto de dinero público se compensaría con un impuesto que gravaría los ingresos de las empresas.

Mientras avanza el detalle del plan económico, Trump tiene decididos los primeros proyectos que le servirán de ariete político, de concesiones a los millones de fieles que le han aupado a la presidencia. La supresión del Obamacare, el sistema de cobertura sanitaria que ha incorporado a 20 millones de estadounidenses, será suprimido y «sustituido por otro», en palabras del presidente electo. Aunque habrá que ver por qué modelo de asistencia pública opta, después de tachar de «desastre» la obra de Obama. Y por si había dudas, la construcción del muro con México va a ser «una de las primeras prioridades» de la Administración Trump. Así lo confirmó el exalcalde neoyorquino Rudolph Giuliani, hombre de máxima confianza, y recogió una de las nuevas páginas web que ha lanzado tras la victoria el magnate.