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viernes, 5 de mayo de 2023

¿Es lícito matar al presidente del país enemigo?






por Carlos A. PISSOLITO

Este tema ya lo habíamos tratado, pero sólo en relación a la licitud o no de matar a los comandantes militares. El reciente intento de atentar contra la vida del presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, vuelve a poner el tema sobre la mesa, elevando la apuesta al máximo, pues ya no se trata de un jefe militar, sino de la mismísima cabeza del Estado enemigo. 

En aquella oportunidad recordamos y volvemos hacerlo que los usos y costumbre de la guerra han ido cambiando a lo largo de la historia.

Inicialmente, durante las guerras tribales y hasta la Edad Media, matar al jefe enemigo representaba el mejor método para ganar un combate, una batalla y hasta una guerra. El ejemplo más conocido de todos, es el del gran Alejandro en Gaugamela, cuando cargó directamente contra Darío con la esperanza, bien fundamentada, de que la cohesión de las fuerzas persas dependía. 

Posteriormente, los siempre prácticos romanos, recompensaban a un soldado que matara al comandante enemigo con una alta condecoración, la denominada “spolia opima”.

Finalmente, la Modernidad trajo consigo la idea de que quienes hacían la guerra eran meros empleados estatales. Por lo que no se suponía que combatieran por un interés personal. En consecuencia, matar o detener a aquellas personas responsables de la conducción de las operaciones militares, perdió sentido y se dejó de hacer.

En épocas tan recientes como la 2da GM, por ejemplo, sólo dos operaciones fueron montadas, con el objetivo de asesinar a un general enemigo. La más conocida y fallida tuvo como blanco al Mariscal E Rommel, comandante del “Afrika Korps”. Con el objeto de ponerle fin a la leyenda de su invencibilidad y que tenía un efecto desmoralizador sobre las tropas británicas. Y la otra, esta vez exitosa, fue autorizada por el mismo presidente de los EEUU, Franklin D Roosevelt, para derribar el avión el que volaba, para vengarse del almirante japonés  Isoroku Yamamoto, considerado el responsable intelectual del ataque a la base de Pearl Harbor.

Pero, a fines del siglo XX, el proceso parece haberse revertido. Ya que los conflictos asimétricos de baja intensidad o quiere que se denominen, han desdibujado las distinciones entre dirigentes y entidades políticas. Si en los últimos tres siglos los intentos de asesinar a los dirigentes enemigos no era considerado parte del juego de la guerra. Actualmente, la tendencia es la de encuadrarlos como criminales que es un castigo ejemplar.

Como los fríos hechos lo demuestran, los dirigentes son, crecientemente, considerados blancos. Por ejemplo,  los norteamericanos en 1986 bombardearon Trípoli, fallando en su intento de asesinar a M Gadafi, pero en el que murieron varios miembros de su familia.

El procedimiento de matar -in situ- a los principales líderes terroristas y que es conocido como “descabezamiento”, no solo se ha intensificado en el marco de la denominada Guerra contra el Terrorismo, también, se ha convertido en uno de los aspectos principales de su estrategia.

Este procedimiento, preferido por los norteamericanos, se remonta a la Guerra Filipino-Norteamericana, de fines del siglo XIX, cuando su conducción estratégica se empeñó en capturar a Emiliano Aguinaldo, el líder de la rebelión filipina contra la ocupación norteamericana. Más recientemente, la misma estrategia se empleó en el  marco del inicio de la segunda invasión a Irak, cuando por orden del presidente George Bush hijo, se ordenó atacar el búnker donde se suponía se encontraba el presidente iraquí, Saddam Hussein.

Procediendo de esta manera, los estrategas norteamericanos rinden culto a sus creencias en Carl von Clausewitz, por su tendencia por favorecer todo lo que conduzca a la destrucción física del enemigo. Lamentablemente, al hacerlo incurren en varios errores; tales como producir reemplazos en la conducción de esos grupos, lo que no solo no garantizan su neutralización, bien pueden contribuir a lo contrario y en perder la legitimidad de sus acciones.

Como sabemos y según fuentes rusas dos drones intentaron golpear la cúpula del Kremlin, donde Vladimir Putin tiene sus oficinas ejecutivas y su departamento personal. Además, se sabe de la existencia de dependencias para huéspedes, en las cuales se alojó, por ejemplo, hace muy poco, el presidente de China, Xi Jinping durante su visita a Moscú.

Por su parte, tanto el presidente de Ucrania, Volodomir Zelenski como distintos voceros del gobierno de los EEUU han negado su responsabilidad en estos hechos y le han exigido al gobierno de Moscú la pruebas correspondientes que justifiquen su acusación. 

Haya sido como haya sido, no caben dudas respecto que el incidente va a escalar, decisivamente, el conflicto en desarrollo. No sólo por su propia naturaleza, también por dos circunstancias importantes. A saber: la 1ra que se realiza en el marco de una publicitada, aunque no concretada, contraofensiva por parte de Ucrania y 2do, por la proximidad del 9 de mayo y que es la fecha que se conmemora en Moscú la victoria de la URSS sobre la Alemania del III Reich. No es casualidad que las cámaras que captaron la explosion del drone, mostraran la preparación de los palcos sobre la Plaza Roja, para el famoso desfile de la Victoria. 

Si la Estrategia puede ser vista como una forma de comunicación, aún la pobreza del intento, no deja de ser un mensaje muy importante. El de una guerra a muerte y como dijera Dmitry Medvedev, el vicepresidente del Consejo de Seguridad de la Federación Rusa: “Después del ataque terrorista de hoy, no quedan más opciones que la eliminación física de Zelensky y su camarilla. Ni siquiera está obligado a firmar el acto de rendición incondicional.

Hitler, como saben, tampoco la firmó. Siempre hay algún sucesor, como el presidente de ocasión, el Almirante Dönitz”. 

Como todos sabemos el almirante Dönitz fue el sucesor de Hitler y que gobernó brevemente la Alemania nazi entre el 30 de abril y el 23 de mayo de 1945.

En conclusión y en pocas palabras: si fue un ataque de falsa bandera para justificar la toma de represalias o si fue una acción de Ucrania en solitario o con apoyo de la OTAN es irrelevante. Las cartas están sobre la mesa y no son buenas.



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