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lunes, 13 de junio de 2016

Oriana Fallaci: Los hijos de Alá agitan Occidente.

http://www.urgente24.com/253610-los-hijos-de-ala-agitan-occidente-de-eurabia-a-orlando








por ORIANA FALLACI

Ahora me preguntan: “¿Qué opina, qué tiene que decir sobre lo que ha ocurrido en Londres?”. Me lo preguntan de viva voz, por fax, por e-mail, reprochándome con frecuencia que haya permanecido callada hasta ahora. Casi como si mi silencio fuese una traición. Y todas las veces sacudo la cabeza y me digo a mí misma: ¡¿Pero qué más tengo que decir?! Llevo cuatro años hablando. Cuatro años arremetiendo contra ese Monstruo decidido a eliminarnos físicamente y a destruirnos, junto a nuestros cuerpos, nuestros principios y nuestros valores. Nuestra civilización.

Llevo cuatro años hablando de nazismo islámico, de guerra contra el Occidente, de culto a la muerte, del suicidio de Europa. Una Europa que ya no es Europa sino Eurabia y que con su blandura, su inercia, su ceguera, su servilismo ante el enemigo se está cavando su propia tumba. Llevo cuatro años como Casandra, gritando hasta romperme la garganta: “Troya va a arder, Troya va a arder” y desesperándome mientras veo cómo los saqueos, igual que en la Eneida de Virgilio, invaden la ciudad sumida en un estado de torpor, cómo, a través de las puertas abiertas de par en par, reciben a las nuevas tropas y se unen a sus cómplices.



Llevo cuatro años gritando al viento la verdad sobre el Monstruo y los cómplices del Monstruo, es decir, sobre los colaboracionistas que, con buena o mala fe, les abren las puertas de par en par. Que, como en el Apocalipsis de San Juan Evangelista se arrojan a sus pies y se dejan marcar con el sello de la vergüenza. Empecé con “La rabia y el orgullo”. Continué con “La fuerza de la razón”. Proseguí con “Oriana Fallici se entrevista a ella misma y El Apocalipsis” y, entre uno y el otro, “Despierta occidente, Despierta”. Los libros, las ideas, por los que en Francia me procesaron en 2002, acusada de racismo religioso y xenofobia. Por los que en Suiza le pidieron a nuestro ministro de Justicia mi extradición, esposada. Por lo que en Italia seré juzgada por la acusación de injurias al Islam, es decir, por un delito de opinión. (Delito que prevé una pena de hasta tres años de cárcel, más de los que le caen a un musulmán al que sorprendan con explosivos).

Libros, ideas, por los que la Izquierda al Caviar y la Derecha al Fuagrás y también el centro al Jamón de Parma me han denigrado vilipendiado puesto en la picota junto con aquellos que piensan como yo. Es decir, junto al pueblo sabio e indefenso que los radical-chic definen en sus salones como “canalla-de-derechas”.

Sí, es verdad: en los periódicos que, en el mejor de los casos, se oponían a mí haciéndome el vacío ahora aparecen titulares con mis conceptos y mis palabras. Guerra-contra-Occidente, Culto-a-la-Muerte, Suicidio-de-Europa, Despierta-Italia-Despierta.

Sí, es verdad: aunque sea sin admitir que yo no estaba equivocada, el exsecretario de la Encina ahora concede entrevistas en las que declara que “estos terroristas quieren destruir nuestros valores, que este terrorismo es de tipo fascista y expresa odio por nuestra civilización”.

Sí, es verdad: hablando de Londresnistán, el barrio en el que viven los más de 700.000 musulmanes de Londres, los periódicos que antes apoyaban a los terroristas hasta rozar la apología ahora dicen lo mismo que decía yo cuando afirmaba que en cada una de nuestras ciudades existe otra ciudad. Una ciudad subterránea, igual a la Beirut invadida por Arafat en los años ‘70. Una ciudad extranjera que habla su propia lengua y observa sus propias costumbres, una ciudad musulmana en la que los terroristas circulan sin que nadie los moleste y, sin que nadie los moleste, planean nuestra muerte.

Por lo demás, ahora se habla ya abiertamente de terrorismo islámico, algo que antes se evitaba cuidadosamente para no herir a los denominados musulmanes moderados. Sí, es verdad: ahora también los colaboracionistas y los imanes expresan sus hipócritas condenas, sus mendaces repulsas, su falsa solidaridad con los familiares de las víctimas. Sí, es verdad: ahora se efectúan minuciosos registros en las actividades de los musulmanes investigados, se arresta a los sospechosos, hasta se decide expulsarlos del país. Pero en sustancia no ha cambiado nada. Nada.

Desde el antiamericanismo al antioccidentalismo y el filoislamismo todo sigue como siempre. Hasta en Inglaterra. El sábado 9 de julio, es decir, dos días después de la matanza, la BBC decidió no emplear el término “Terrorista”, término que agrava el tono de Cruzada, y ha elegido la palabra bombers. Los que ponen bombas. El lunes 11 de julio, es decir cuatro días después de la matanza, el Times ha publicado en la tercera página la viñeta más injusta y falaz que yo haya visto nunca. Una en la que, junto a un kamikaze con una bomba se ve a un general anglo-americano con una bomba idéntica. En la bomba se lee: “Killer indiscriminado y dirigido a los centros urbanos”. El título de la viñeta es: “Spot the difference (busca las diferencias)”. Casi por las mismas fechas vi por la televisión americana a un periodista del The Guardian, el periódico de extrema izquierda inglesa que justificaba el crimen, lo exculpaba, aunque esta vez lo hubiese condenado incluso la prensa musulmana de Londres. Y que le echaba la culpa de todo a Bush. El criminal, el mayor criminal de la historia, Geoge W.Bush. “Hay que entenderlos”, balbuceaba malamente, “la política americana los ha exasperado. Si no hubiese ocurrido la guerra en Iraq…” (Jovencita, el 11-S fue antes de la guerra de Iraq. El 11-S fueron ellos los que nos declararon la guerra a nosotros. ¿Se le ha olvidado?)

Y, por la misma época, he leído en La Republica un artículo en el que se sostenía que el ataque en el metro de Londres no ha sido un ataque contra Occidente. Ha sido un ataque de los hijos de Alá contra sus propios fantasmas. Contra el Islam “lujurioso” (supongo que con eso quería decir “occidentalizado”) y el cristianismo “secularizado”. Contra los pacifistas hindúes y la magnífica variedad que ha creado Alá. De hecho, explicaba, en Inglaterra viven dos millones de musulmanes y en el metro de Londres no ves ni a un inglés ni aunque le pagues. Todos los viajeros llevan turbantes, todos llevan kufiyya. Todos chilaba y la barba larga. “Si ves a una rubia con ojos azules es porque es una circasiana” (¡¿De verdad?!. ¡¡¡Quién lo hubiera dicho!!!).

(N. de la R.: Circasia es una región histórica que abarcaba todo el noroeste del Cáucaso, conquistada gradualmente por los rusos entre 1763 y 1864. Dado que eran musulmanes, los circasianos iniciaron un éxodo masivo hacia el Imperio otomano: existen comunidades circasianas en países como Siria, Jordania, Líbano o Israel, además de la propia Turquía).

En todas las fotos de los heridos no veo turbantes ni kufiyyas, ni chilabas, ni barbas largas. También poco burkas o chadores. Solo veo a inglesas, a ingleses idénticos a los que en la Segunda Guerra Mundial morían bajo las bombas nazis. Y leyendo los nombres de las víctimas, todas se llamaban como Phil Russell, Adrian Johnson, Miriam Hyman, más algunos que otro nombre alemán o italiano o japonés, Nombres árabes, hasta ahora, solo he visto uno, el de una joven que se llamaba Akter Islam.

Así pues, continúa la patraña del Islam “moderado”, la comedia de la tolerancia, la mentira de la integración, la farsa de la pluriculturalidad. Es decir, de las mezquitas que nos exigen y que nosotros les construimos. En un debate sobre terrorismo, mantenido en el Ayuntamiento de Florencia el lunes 11 de julio, le oí declarar al líder diessino (Democráticos de Izquierda): “Va siendo hora de que en Florencia haya una mezquita”. Luego ha dicho que la comunidad musulmana ha expresado desde hace tiempo el deseo de construir una mezquita y un centro cultural islámico similares a la mezquita y al centro cultural islámico que van a erigirse en la diessina Colle val d´Elsa. (Población situada) en la diessina provincia de Siena y del filo-diessina Monte dei Paschi (di Siena), antes el banco el PCI y ahora del DS. Bueno, no se ha opuesto prácticamente nadie.

El líder de la Margarita hasta el manifestado favorable. Casi todos han aplaudido la propuesta de contribuir con el dinero de las arcas municipales, es decir, de los ciudadanos, y el asesor de Urbanismo ha añadió que, desde el punto de vista urbanístico, no hay problema alguno. “Nada más fácil”. Episodio del que se deduce que la ciudad de Dante y Miguel Ángel y Leonardo, la cuna del arte y la cultura renacentista, se verá pronto afeada y ridiculizada con su Meca. Peor aún: continúa la Corrección Política de los magistrados eternamente dispuestos a enviarme a mí a la cárcel mientras absuelven a los hijos de Alá. Impiden su expulsión, anulan las (raras) condenas graves, además de atormentar a los carabinieri o los policías que, con gran disgusto por su parte, los arrestan. Milán, el 8 de julio por la tarde, es decir, el día después de la matanza de Londres. A Mohamed Siliman Sabri Saadi, 42 años, egipcio y sin papeles, le pillan sin billete en el autobús de la línea 54. Para ponerle la correspondiente multa, los revisores le dicen que se baje del autobús y descienden con él. Le piden la documentación, el reacciona agrediendo a los revisores. Hiere a uno de ellos, que acaba en el hospital, se escapa, perdiendo el pasaporte, pero la Volante lo encuentra y lo detiene.

Pese a sus intentos de resistencia, ante un pequeño grupo de personas, le pone las esposas. Justo en ese momento, hace su aparición una señora que, profundamente ofendida, dice que quiere testificar en caso de que el pobrecillo sea juzgado y acusado de resistencia a la autoridad. Los policías le contestan “señora déjenos hacer nuestro trabajo” y ella, entonces, extiende su carné de identidad que indica que es una magistrada, por lo que, intimados, toman nota. Llevan a Mohamed a la comisaría y aquí… Bueno, en vez de llevarlo al centro de acogida (no a la cárcel) donde se custodia a los sin papeles, le dejan que se vaya, diciéndole que se presente la próxima semana en la visita previa como imputado por un delito de resistencia a la autoridad y lesiones a un oficial público. Él se va, desaparece (¿volveremos a encontrárnoslo?), y adivina quién es la señora profundamente ofendida porque le habían puesto las esposas, tal y como exige el protocolo de actuación.

La magistrada que, siete meses atrás, tuvo su pequeño momento de gloria cuando absolvió a tres musulmanes acusados de terrorismo internacional y añadió que en Iraq no hay terroristas, hay guerrilleros, que los asesinos, en definitiva, son miembros de la Resistencia. Si, justo esa a la que el vivaz miembro de la Lega definió “una vergüenza para Milán y para la magistratura”. Y adivina quienes la elogian, la defienden, declaran que ha hecho muy bien. Los diessini (N. de la R.: simpatizantes del partido Democratici di Sinistra), los comunistas, los verdes habituales.

Continúa también la patraña del Islam víctima de Occidente. Como si durante catorce siglos los musulmanes no le hubiesen tocado un pelo a nadie y la península Ibérica y Sicilia y el Norte de África y Gracia y los Balcanes y Europa Oriental hasta Ucrania y Rusia los hubiese dominado mi bisabuela Valdense. Como si quienes llegaron hasta Viena y la asediaron hubiesen sido las monjas de Saint´Ambrogio y las monjas benedictinas.

Continúa también el fraude o la ilusión del Islam moderado. Y, con esto, el intento de hacernos creer que el enemigo está formado por una exigua minoría y que esa exigua minoría vive en países lejanos. Bueno, el enemigo no es, en absoluto, una exigua minoría. Y lo tenemos dentro de casa.

Lo teníamos en casa el 11 de septiembre del 2001, en Nueva York. Lo teníamos en casa el 11 de marzo de 2004 en Madrid. Lo teníamos en casa el 1, el 2 y el 3 de septiembre del mismo año, en Beslan, donde hasta se divirtieron haciendo diana en los niños que huían aterrorizados del colegio (tomado por los terroristas) y que asesinaron a ciento cincuenta niños.

Lo teníamos en casa el pasado 7 de julio, en Londres, donde habían nacido y crecido los kamikazes que se han identificado hasta ahora. Donde, por fin, habían tenido acceso a algún tipo de estudios; donde, por fin, habían vivido hasta ese último momento en un mundo civilizado y donde, hasta la noche anterior, habían disfrutado viendo partidos de football o de criquet.

Los teníamos en casa desde hace más de treinta años, dios santo. Y es un enemigo que, a primera vista, no parece un enemigo. No lleva barba larga, viste a la occidental y, según sus cómplices de buena o de mala fe, está perfectamente integrado en nuestro sistema social. Es decir, tiene permiso de residencia. Tiene coche. Tiene familia. Y qué le vamos a hacer si la familia se compone de dos o tres esposas; qué, si la mujer, o las mujeres, las muele de vez en cuando a golpes; qué, si asesina a su hija por llevar vaqueros; qué, si de vez en cuando viola a una adolescente boloñesa mientras ella paseaba con el novio por un parque.

Es un enemigo al que tratamos como si fuera un amigo. T que, pese a ello, nos odia y nos desprecia intensamente. Tan intensamente que nos dan ganas de gritarle: si somos tan feos, tan pecadores, tan malos, ¿por qué no te vuelves a tu casa? ¿Por qué estás aquí? ¿Para degollarnos o hacer que saltemos por los aires? Un enemigo, además, que, en nombre del humanitarismo y del derecho al asilo político (¿Qué asilo político?, ¿qué motivos políticos?).

Acogemos a miles a la vez, aunque los centros de acogida estén desbordados, a punto de estallar, y ya no sepamos dónde meterlos. Un enemigo que, argumentando que son “necesarios” (¿necesarios?, ¿qué necesidad tenemos de tener las calles llenas de camellos y de vendedores ambulantes?), les invitamos a venir incluso a través del Olímpico Constitucional. “Venid, queridos, venid. Nos hacéis mucha falta”. Un enemigo que para parir no necesita recurrir a la reproducción asistida, a las células estaminales. Su índice de natalidad es tan alto que, según el National Intelligence Council, a fines de este año, la población musulmana en Eurabia se habrá duplicado.

Un enemigo que transforma las mezquitas en cuarteles, en campos de entrenamiento, en centros de reclutamiento para los terroristas y en donde se obedece ciegamente al imam (pero pobre de ti como arrestes al imam. Peor aún, como algún agente de la CIA te lo quite de un medio con el tácito permiso de nuestros servicios de inteligencia). Un enemigo que, en virtud del tratado de libre circulación suscrito en Schengen recorre a su antojo Eurabia, desde Londres a Marsella, desde Colonia a Milán, sin tener que identificarse en ningún momento. Puede ser un terrorista que se desplaza para organizar o materializar una matanza, puede llevar consigo todos los explosivos que quiera: nadie lo detiene, nadie lo toca.

Pero cuando, tras la matanza de Londres, Francia denunció el tratado de Schengen y hasta la España de Zapatero pensó en imitarla, Italia y otros países europeos respondieron escandalizados: no, no. Un enemigo que, apenas se instala en nuestras ciudades o en nuestros campos, exige con prepotencia un alojamiento gratuito o casi gratuito, además de la nacionalidad y el derecho a voto. Cosas que obtienen sin dificultad.

Un enemigo que protegido por la Izquierda al Caviar, por la Derecha al Fuagrás y por el Centro al Jamón de Parma, parlotea de integración y de multiculturalismo pero, mientras tanto nos impone sus propias reglas y sus propias costumbres. Que prohíbe el cerdo en los comedores escolares, en las fábricas, en las cárceles. Que agrede físicamente a la maestra o al director porque una escolar bien educada le ha ofrecido, amablemente, a un compañero de curso musulmán un buñuelo de arroz con leche a la Marsella, es decir, “con licor”. Y cuidadito con no volver a ofenderme”. Un enemigo que quiere prohibir, que prohíbe, de hecho, que en las guarderías se ponga el nacimiento o haya imágenes de Papá Noel. Que arranca el crucifijo de las escuelas, lo tira por la ventana en los hospitales, lo define “un pequeño cadáver desnudo colocado para asustar a los niños musulmanes”.

Me estoy refiriendo, es obvio, al musulmán con nacionalidad italiana que me ha denunciado por ofensa al Islam. Que ha publicado un libelo contra mí, estúpido y pésimamente escrito, en el que, citando cuatro suras del Corán, les pide a sus correligionarios que me eliminen, tropelías por las que aún no he sido juzgado. Un enemigo que en Inglaterra oculta explosivos en los zapatos para hacer estallar en pleno vuelo el jumbo París-Miami. Me estoy refiriendo, es obvio, al musulmán con nacionalidad inglesa al que pillaron de milagro en la American Airlines. Un enemigo que en Ámsterdam asesinó a Theo van Gogh, culpable de haber filmado documentales sobre la esclavitud de las mujeres musulmanas y que, después de asesinarlo, le abre el vientre y mete dentro una carta dirigida a su mejor amiga (Ayaan Hisiri Ali) en la que la condena a muerte. Me estoy, es obvio, al musulmán con nacionalidad holandesa que probablemente, eso espero, será condenado a prisión y que, durante el proceso, le dijo a la madre de Theo: “no siento piedad alguna por usted porque es usted una infiel”. El enemigo, por último, que siempre termina encontrando a un magistrado clemente, es decir, dispuesto a sacarlo de la cárcel. Y al que los gobiernos eurobeos (Ojo: no se trata de una errata, quiero decir justo eurobeos, no europeos) no expulsan aunque estén de forma clandestina.

Continúa también el dialogo de las dos Civilizaciones. Y que ni se te ocurra preguntar cuál es la otra civilización, que tiene de civilizado una civilización que no conoce ni siquiera la palabra libertad. Que por libertad, hurriya, entiende “emancipación de la libertad”. Que no acuño el término “hurriya” hasta finales del siglo XIX para poder firmar un tratado comercial. Que la democracia la considera algo satánico y combate contra ella con explosivos y cortando cabezas. Que no quiere oír hablar de nuestros tan cacareados derechos humanos, esos que se aplican escrupulosamente para juzgar a los musulmanes. De hecho, se ha negado a suscribir Carta Internacional de Derechos Humanos redactada por la ONU y la ha sustituido  por la Carta de los Derechos Humanos redactada por la Conferencia Árabe. Que ni se te ocurra tampoco preguntar qué tiene de civilizado una civilización que trata a las mujeres como se las trata.

El Islam es el Corán, queridos míos. Siempre y en todas partes. Y el Corán es incompatible con la libertad, es incompatible con la democracia, es incompatible con los derechos humanos. Es incompatible con los Derechos Humanos. Es incompatible con el concepto de civilización. Y ya que he tocado este concepto, escúchame bien, señor juez de Bergamo que ha querido incriminarme por ofensas al Islam pero no ha incriminado jamás a mi perseguidor por ofensas al cristianismo. Tampoco por instigación al homicidio (el mío). Escúcheme y luego condénenme, si quiere. Castígueme con esos tres años de cárcel que los magistrados italianos no imponen siquiera a los terroristas islámicos a los que les encuentran explosivos. Su proceso es inútil. Mientras me quede un hilo de voz, no dejaré de escribir lo que ya he escrito en mis libros y que ahora me dispongo a repetir aquí. Nunca me he dejado intimidar, no me han intimado jamás las amenazas de muerte y las persecuciones, las injurias, los insultos de los que usted se ha cuidado muy bien de protegerme, aunque solo fuera como simple ciudadana. Así que imagínese si me voy a dejar intimidar por usted, que me niega el derecho constitucional de pensar y expresar mi opinión.

Pero antes acláreme una cosa: ¿en la celda estaré sola o en compañía de carabinieri que el Estado italiano me ha impuesto cordialmente para que no me asesinen como a Marco Biagi o como a Theo van Gogh?

Se lo pregunto porque el ministro del Interior dice que en nuestras cárceles más del 50% de los detenidos son musulmanes y supongo que en la cárcel me harán más falta los carabinieri que en mi casa. En cuanto a ustedes, señores del Parlamento, mis felicitaciones por haber rechazado la propuesta del ministerio de justicia: abolir el delito de opinión. Y felicitaciones especiales al onorevole de Alianza Nacional que, además de haber llevado a cabo dicho rechazo ha pedido que sea abolido el delito de apología del fascismo. Continúa también la indulgencia que la iglesia Católica (la principal valedora, por otro lado, del Diálogo) profesa con respecto al Islam. Continúa, pues su inamovible irreductible deseo de subrayar el “común patrimonio espiritual que nos ofrecen las tres grandes religiones monoteístas”.

La cristiana, la judía y la musulmana. Las tres basadas sobre el concepto de un único dios, las tres inspiradas por Abraham. El bueno de Abraham que, para demostrar su obediencia a Dios estuvo a punto de degollar a su propio hijo como si se tratase de un cordero. ¿¡¿Pero de qué patrimonio común habla?!? Alá no tiene nada en común con el dios del cristianismo. Con el dios padre, dios bueno, el dios afectuoso que predica el amor y el perdón. El dios que ve en los hombres a sus hijos. Alá es un dios amo, un dios tirano. Un dios que en los hombres ve súbditos, mejor dicho, esclavos. Un dios que, en vez del amor, enseña el odio, que, a través del Corán, llama perros infieles a quienes creen en otro dios y ordena que sean castigados. Sometidos. Asesinados. ¿¡¿Cómo se puede poner en el mismo plano el cristianismo y el Islam, como se puede honrar de la misma forma a Jesucristo y a Mahoma?!? Este es, quizá, el punto que, después de la matanza de Londres, más me inquieta de esta realidad que sigue imperturbable.

Me inquieta porque casa y, por tanto, reforzándolo, con el que considero el mayor error cometido por el papa Wojtyla: No haber luchado cuando, a mi entender, debería haberlo hecho contra la esencia antiliberal y antidemocrática del Islam. En estos cuatro años no he dejado de preguntarme cómo es posible que un combatiente como Wojtyla, un líder que ha contribuido como nadie a la caída de un imperio soviético y, por lo tanto, del comunismo, se muestre tan débil ante una calamidad mayor que el imperio soviético y el comunismo. Una calamidad que, ante todo, pretende la destrucción del cristianismo. Y del judaísmo. No he dejado de preguntarme porqué no protestó vivamente contra lo que ocurría (y ocurre) en Sudán, por ejemplo, donde el régimen fundamentalista permitía (y permite) la esclavitud. Donde los cristianos eran (y son) eliminados por millones. Por qué se calló sobre Arabia Saudí, donde la gente con una Biblia en la mano o una cruz en el cuello era (es) tratada como escoria, merecedora de la muerte. Aun hoy sigo sin entender ese silencio y…

Naturalmente, entiendo que la filosofía de la Iglesia Católica se basa en el ecumenismo y en el mandamiento “Ama a tu enemigo como a ti mismo”. Que uno de sus principios fundamentales es, al menos en teoría, el perdón, el sacrificio de poner la otra mejilla. Sacrificio que rechazo no solo por orgullo, es decir, por mi manera de entender la dignidad, sino también porque considero que incentiva el Mal de quienes nos hacen mal.

Pero también existe el principio de la defensa propia, es decir, de la legítima defensa, y, si no me equivoco, la iglesia católica ha recurrido a el más de una vez. Carlos Martel detuvo a los invasores musulmanes alzando el crucifijo. Isabel de Castilla los expulsó de la península haciendo lo mismo. Y en Lepanto también había tropas del Vaticano. Entre los defensores de Viena, el último baluarte de la cristiandad, los que rompieron el asedio de Kara Mustafá, destaco sobre todo el polaco Sobieski con la imagen de la virgen Czestochowa. Y si esos católicos no hubiesen aplicado el principio de la defensa propia nosotros llevaríamos hoy también burka o chilaba. También nosotros llamaríamos a los escasos supervivientes perros infieles. También nosotros les cortaríamos la cabeza con un cuchillo halal. Y la basílica de San Pedro sería una mezquita como lo fue la iglesia de Santa Sofía en Estambul.

Peor: en el Vaticano estarían Bin Laden y al-Zarqawi. Así pues, cuando tres días después de la nueva matanza el papa Ratzinger ha vuelto a lanzar el tema del Diálogo, me he quedado de piedra. Santidad, le habla una persona que le admira mucho. Que le quiere, que le da la razón en muchas cosas. Que a causa de eso es insultada con los epítetos atea-devota, laica-meapilas, liberal-clerical. Una persona, además, que comprende la política y sus necesidades. Que comprende los dramas del liderazgo y sus compromisos. Que admira la firmeza de la fe y respeta las renuncias y las generosidades a las que ésta obliga.

La siguiente pregunta, sin embargo, tengo que hacérsela de todas formas: ¿cree de verdad que los musulmanes estarían dispuestos a mantener un diálogo con los cristianos, mejor dicho, con otras religiones y con los ateos como yo? ¿Cree, de verdad, que pueden cambiar, reconocer sus errores, dejar de poner bombas? Usted es un hombre muy erudito, santidad. Muy culto. Y los conoce bien. Mucho mejor que yo. Así que explíqueme una cosa: ¿cuándo, a lo largo de su historia, una historia que dura ya mil cuatrocientos años, han cambiado o reconocido sus errores? Sí, de acuerdo, nosotros tampoco hemos sido unos santos. Inquisiciones, defenestraciones, ejecuciones, guerras, crímenes de todo tipo. Luchas entre güelfos y gibelinos hasta decir basta. Solo el holocausto, ese horror cometido hace sesenta años, sería suficiente para que se nos criticara durísimamente.

Pero luego hemos introducido algo de razón en todo eso. Nos lo hemos replanteado y, aunque solo sea en nombre de la decencia, hemos mejorado un poco. Ellos, no. La iglesia católica ha tenido unos vuelcos históricos, santidad. Esto también lo sabe usted mejor que yo. En un momento dado ha recordado que Cristo predicaba la Razón, es decir, la posibilidad de elegir, o sea la Libertad, y ha dejado de ser una tiranía. De matar a la gente. O de obligarla a pintar únicamente Cristos y Vírgenes. Ha entendido el laicismo. Gracias a hombres de primera, un largo listado del que usted forma parte, le ha echado una mano a la democracia. Y hoy dialoga con gente como yo. Los acepta y lejos de quemarlas vivas (no se me olvida que hace cuatro siglos el Santo Oficio me habría condenado a la hoguera), respeta sus ideas. Ellos, no.

Luego, con ellos no se puede dialogar. Y eso no significa que yo quiera iniciar una guerra de religión, una Cruzada, una caza de brujas, como aseguran los mentecatos y los canallas. ¿¡¿Guerras de religión, Cruzadas, yo?!? Dado que no soy religiosa, imagínate las ganas que tendré de desencadenar una guerra de religión o un Cruzada. ¿¡¿Caza de brujas, yo?!? Dado que soy considerada una bruja, una hereje, por los propios ateos, los propios demócratas, imagínate las ganas que tendré de desencadenar una caza de brujas. Eso significa, simplemente, que hacerse ilusiones con respecto a ellos va en contra de la razón. En contra de la Vida, de nuestra propia supervivencia, y ojo con condenarles ciertas familiaridades.

¿Nos terminará tocando también a nosotros (los italianos)? ¿La próxima matanza nos tocará a nosotros? Sí. No tengo la más mínima duda. Nunca la he tenido. Esto también llevo diciéndolo desde hace 4 años. Y añado: Todavía no nos han atacado porque necesitan esa zona de aterrizaje, esa cabeza de puente, ese cómodo puesto avanzado que se llama Italia. Cómodo, desde el punto de vista geográfico, porque es el más cercano a Oriente Medio y a África, es decir, a los países que proporcionan el grueso de sus tropas. Cómodo desde el punto de vista estratégico, porque a esas tropas les ofrecemos buenísimo y colaboracionismo, gilipollez y cobardía. Pero no tardarán en atacarnos. Nos los ha asegurado el propio Bin Laden.

De forma explícita, clara, precisa. Repetidas veces. Y sus lugartenientes (o rivales), también. El mismo Corriere lo demuestra con la entrevista a Saad al-Faqid, el exiliado saudí que se hizo amigo de Bin Laden durante la guerra con los rusos en Afganistán y que, según los servicios secretos de EE.UU., financia a Al Qaeda. “Es solo cuestión de tiempo. Al Qaeda no tardará en atacarnos”, ha dicho al Faqid, añadiendo que atacar Italia es lo más lógico del mundo. ¿Acaso no es Italia el eslabón más débil de la cadena formada por los aliados en Iraq? Un eslabón situado inmediatamente después que España y que se ha colocado después de Londres por motivos de pura conveniencia.

Y, más adelante: “Bin Laden recuerda perfectamente las palabras del Profeta. Vosotros obligaréis a Roma a rendirse. Y quiere obligar a Italia a abandonar la alianza con América”. Por último, subraya que las operaciones de ese tipo no se llevan a cabo nada más desembarcar en Lampedusa o (en el aeropuerto de) Malpensa, sino después de haberse familiarizado con el país, haber penetrado en su tejido social: “Para reclutar a los autores materiales, el único problema es seleccionarlos”. Muchos italianos no lo creían aún. A pesar de las declaraciones del ministro del interior, a pesar del estado de alerta decretado en Roma y en Milán, en Turín, Nápoles, Trieste, Treviso, además de en dos capitales del arte como Venecia y Florencia, los italianos se portan como niños para quienes la palabra “muerte” aún no tiene significado alguno. O como los irresponsables a los que la muerte les parece que es algo que solo les afecta a los demás y punto. En el peor de los casos, una desgracia que a ellos les ocurriría los últimos.

Peor: creen que para conjurarla basta con ir de listillos, o sea lamerles el culo. Vittorio Feltri tiene razón cuando escribe en Libero que la decadencia de Occidente se identifica con la vana ilusión de los occidentales de que se puede tratar amablemente al enemigo, además de con su miedo. Un miedo que les induce a acoger dócilmente a su enemigo, a intentar atraerse su simpatía, a confiar en que se dejará absorber por nuestra cultura cuando es él el que quiere absorbernos a nosotros. Y eso sin contar lo acostumbrados que estamos a ser invadidos, humillados, traicionados. Como digo en “El Apocalipsis”, la costumbre genera resignación. La resignación genera apatía.

La apatía genera inercia. La inercia genera indiferencia, y además de obstaculizar el juicio moral, ahoga el instinto de defensa propia, es decir, el instinto que nos anima a combatir. Durante unas semanas o unos meses se darán cuenta de que el enemigo al que trataban como a un amigo los odiaba, los despreciaba, era totalmente refractario a las virtudes llamadas Gratitud, Lealtad, Piedad. Saldrán, sí, de la apatía, de la inercia, de la indiferencia. Se creerán, sí, las advertencias pronunciadas por Saad al Faqid y las claras, precisa, explícitas amenazas de Bin Laden y compañía. Evitarían coger el metro. Se desplazarán en coche o en bicicleta.

Aunque Theo van Gogh fue asesinado mientras se desplazaba en bicicleta. Atenuarán su buenísimo o su servilismo. Se fiarán un poco menos del sin papeles que les vende droga o les limpia la casa. Serán menos cordiales con el ser como ellos pero, mientras tanto muele a su mujer o a sus mujeres a golpes y mata a su hija por llevar vaqueros. Renunciarán también a las cantinelas sobre los Viajes de la Esperanza y, quizá, se darán cuenta de que para no perder la Libertad a veces es preciso sacrificar algo de libertad. Que la defensa propia es legítima defensa y que la legítima defensa no es barbarie. Quizá hasta griten que Oriana Fallaci tenía razón, que no se merecía ser tratada como una delincuente. Pero luego volverán a tratarme como si fuera una delincuente. A tildarme de retrógrada, xenofóba, racista, etc. Y cuando se produzca el ataque oiremos las típicas idioteces. “Ha sido culpa de los estadounidenses, ha sido culpa de Bush”.

¿Cuándo y cómo se producirá ese ataque? Dios, detesto hacer de Casandra. La profetisa. No soy una Casandra, no soy una profetisa. Solo soy una ciudadana que razona y que, empleando la razón prevé cosas que sucederán por pura lógica. Que, todas las veces, sin embargo, querría estar equivocada y que, cuando esas cosas ocurren, se maldice por no haberse equivocado. Con respecto al ataque a Italia temo dos fechas: Las navidades y las elecciones. Quizá superemos las Navidades sin problemas. Sus atentados no son actos descontrolados, burdos. Son delitos refinados, bien planeados y bien preparados. Prepararse bien requiere tiempo y para Navidades no creo que este listos. Pero sí lo estarán para las elecciones del 2006. Las elecciones que quieren que gane el pacifismo en un único sentido. Y en nuestro país, me temo, no se contentarán con matar a la gente solo. Porque se trata de un Monstruo inteligente, bien informado, queridos míos. Un Monstruo que (a costa de nuestras arcas) ha estudiado en la Universidad, en colegios de renombre, en escuelas exclusivas. Con el dinero de su papá el jaque o el honrado trabajador. Un Monstruo que no solo sabe dinámica, física, química, que no solo entiende aviones, de trenes, y de metros: También entiende de Arte.

El Arte que ese presunto Faro de la Civilización nunca ha sabido producir. Y pienso que, junto a la gente, también querrán destrozar algunas obras de arte. ¿Qué trabajo cuesta hacer saltar por los aires al Duomo de Milán o la Basílica de San Pedro? ¿Qué trabajo cuesta hacer saltar por los aires el David de Miguel Ángel, los Uffizi y el Palazzo Vecchio en Florencia o el Palacio Ducal en Venecia? ¿Qué trabajo cuesta hacer saltar por los aires la Torre de Pisa, un monumento conocido en cada rincón de la tierra y, por tanto, mucho más famoso que las torres Gemelas? Pero no podemos huir o levantar la bandera blanca. Solo podemos hacerle frente al Monstruo con honor con valor y recordar las palabras de Churchill a los ingleses cuando entro en guerra contra el nazismo de Hitler. Dijo: “Derramaremos sangre, sudor y lágrimas”. Si, también nosotros derramaremos sangre, sudor y lágrimas. Estamos en guerra: ¿¡¿cuándo nos va a entrar en la cabeza?!? Y en la guerras llora, se muere. Punto. Hace cuatro años, en este mismo periódico, acabé mi discurso con esta misma conclusión.