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sábado, 6 de agosto de 2016

ANIMALES DE COMPAÑÍA











Juan Manuel De Prada

Cuando viajo en metro, me fijo en los pasajeros de mi vagón; casi todos están prendidos de sus cacharritos de pantalla táctil, con gesto absorto y a veces un poco zombificado, como si los cacharritos les susurrasen a todos la misma canción, una emisión alienígena que los obligase a actuar al unísono. Una de las frases más fofas y características de nuestra época consiste en repetir machaconamente que la tecnología no es en sí misma buena o mala,sino tan sólo un instrumento al que se puede dar el uso que queremos. Se trata, naturalmente, de un argumento grotesco que pretende hacer de la debilidad virtud. tal vez una rueda o un cuchillo sean, en efecto, artefactos neutros, pero todos sabemos que la sofisticada tecnología que hoy nos rodea no lo es. Escribía Marcuse en El hombre unidimensional que «la tecnología sirve para instituir formas de control y de cohesión social que resulten más efectivas y agradables». Y, rebelándose contra la resobada «neutralidad» de la tecnología, afirmaba que «la sociedad tecnológica es un sistema de dominación que opera ya en el concepto y la construcción de técnicas»; y cuyo fin último no es otro sino «determinar la vida» de la gente.


No hace falta ser marxista como Marcuse para advertirlo. En toda época, la tecnología ha sido con frecuencia una fuerza de abrumadora fascinación y muy difícil control; pero en ninguna época como la nuestra se ha convertido de forma tan descarada en un medio idóneo para la manipulación social, política y psicológica. Hubo un tiempo allá en la lejana revolución industrial en que los hombres soñaron ingenuamente que el poder sobre los artefactos disminuiría el poder sobre las personas; hoy ya sabemos que el poder sobre los artefactos multiplica exponencialmente el poder sobre las personas. Los avances vertiginosos de la tecnología han creado un desarraigo mayor que en ninguna otra época, paradójicamente bajo una ilusoria apariencia de mayor vinculación. un desarraigo que afecta a nuestras relaciones familiares, que nos aleja de las generaciones que nos precedieron, que nos aísla intelectualmente (porque perdemos sentido de lo real) y nos invita golosamente a vivir al margen del misterio y la trascendencia. Y, a la vez que nos desarraiga, la tecnología nos homogeneiza; pues la pérdida de interioridad y del sentido de lo real acaba formando mentalidades estandarizadas y fácilmente manipulables que confunden la propaganda, las consignas y los pensamientos inducidos que reciben a través de sus artefactos con lucubraciones propias. Quizá la magia más peligrosa de la tecnología sea el espejismo de liberación de las viejas ataduras que nos produce; cuando lo cierto es que no hace sino cargarnos con nuevas cadenas, a la vez que nos aísla de aquellas realidades que nos constituyen y vertebran, para llevarnos por los canales que convienen a sus fines, como las cintas transportadoras nos llevan, inertes y estólidos como fardos, por los aeropuertos. Con razón decía Huxley que la dictadura perfecta tendría la apariencia de una cárcel sin muros donde los prisioneros no soñarían con evadirse, donde los esclavos llegarían a sentir amor por su esclavitud, gracias al consumo y el entretenimiento.

Y, en nuestra época, esta homogeneización disfrazada de liberación de las viejas ataduras se ha vuelto mundialista, logrando una «humanidad nueva» golpeada por la misma propaganda, moldeada por los mismos paradigmas culturales, cuyos anhelos e ilusiones, miedos y recelos son, en realidad, reflejos condicionados provocados por su dependencia tecnológica. Aquel anhelo protervo de lograr una «mente colmena» en la que los seres humanos fuesen deglutidos y convertidos en átomos o insectos intercambiables, de racionalidad puramente funcional, empieza a hacerse realidad, tal vez a mayor velocidad de lo que nunca hubiésemos imaginado. No deja de tener su gracia siniestra que esta «humanidad nueva» producida por la tecnología se parezca monstruosamente a la «noosfera» del teólogo visionario Teilhard de Chardin, que imaginó (lo suyo era la ciencia-ficción con guarnición de setas alucinógenas, más que la teología) una época futura en la que un vasto tejido nervioso o «envoltura pensante» uniría el pensamiento de todos los hombres, hasta lograr la «planetización humana». Teilhard pensaba que esta «noosfera» era el paso previo a la delirante fusión de una Humanidad de superhombres con Cristo en el Punto Omega (que así imaginaba este jesuita genialoide y lisérgico la Parusía). Hoy ya sabemos que la noosfera tecnológica nos conduce a otra parusía muy distinta, en la que una humanidad de infrahombres, ya para entonces un enjambre o nube de insectos, se funden con el Señor de las Moscas.