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domingo, 11 de octubre de 2015

¿Qué se conmemora el 12 de Octubre?











Somos hijos bastardos de España.




Por Carlos Pissolito.


¿Día de la Raza, de la Hispanidad o de la Confluencia de las Culturas? La simple evolución de su designación nos avisa de su carácter polémico. 

¿Qué conmemoramos el 12 de octubre? Para algunos la paternidad de España, nuestra Madre Patria; para otros el saqueo de las culturas de nuestro pueblos originarios.

Siendo objetivos y realistas, creo que ni lo uno ni lo otro.

Para empezar no puede cabernos duda respecto de nuestra genética española. Ella corre por nuestras venas. Es España la que trae a esta tierras el ADN de Europa y de la Cristiandad agonizante. A la par de su ciencia, de su lengua y, lo más importante, su forma de ver y encarar la vida: siempre de frente y a la tremenda.

Pero, al poco tiempo de nuestra engendramiento, es que nuestra denominada Madre Patria pasa a darnos la espalda. Casi, prácticamente, desde nuestro “descubrimiento”. Esto no es renegar de uno de nuestros ancestros. Es simplemente, reconocer un hecho. Saber que si bien fuimos engendrados por ella, nunca fuimos reconocidos por ella como sus hijos legítimos.

La mejor prueba de este desconocimiento es la inexistencia de obras artísticas de magnitud hechas por artistas españoles durante la Conquista misma. Por ejemplo, Cervantes prefirió que su Quijote luchara contra inexistentes molinos de viento que aquí en América. Lo mismo Velázquez, quien pudo pintar la rendición flamenca en Breda, pero ninguna hazaña americana.

En otras palabras, nunca le importamos verdaderamente a España; la que siempre privilegió sus intereses europeos por sobre sus asuntos americanos. Sus posesiones en América eran -de facto- su principal fuente de financiamiento, pero no de preocupación. Solo nos tenían en cuenta en ocasión de sus trueques dinásticos. Como fue el caso de la “Guerra Sorda” que llevó a la expulsión de los Jesuitas. Por un acuerdo secreto entre España Y Portugal que especificaba la entrega de las Misiones a la corona lusitana.

En aras de ser justos. También nos dejaron universidades y grandes obras como la organizada por los jesuitas en la triple frontera de lo que es hoy Argentina, Brasil y Paraguay. Pero, fueron los mismos monarcas españoles las que las ningunearon. Insuflando las ideas libertarias contrarias a su propia monarquía en las primeras y expulsando a los segundos de estas tierras.

De paso, vino aquello del mestizaje. A veces, más por necesidad que por convicción. Pero a la postre consagró aquello que la única aristocracia posible, no es la de sangre; sino la del espíritu. Con lo que le dejamos una lección de modernidad a toda la humanidad.

Lograda la Independencia esta actitud no cambió. Ni con el paso de los años. España no supo ser para sus ex colonias, lo que la Gran Bretaña fue y es para las suyas. Es por eso que no hay ni habrá nunca un Commonwealth hispano. No podría haberlo con una España de espaldas a América. Su actitud durante la Guerra de Malvinas nos ahorra de cualquier comentario en ese sentido.

Paradójicamente, nosotros sus hijos bastardos. Sus colonias olvidadas siempre hemos hecho mucho por nuestra ex Metrópoli. Por ejemplo, en ocasión de la hambruna que siguió a su cruenta guerra civil, la Argentina no se cansó de enviarle cargamentos de trigo. Igualmente, sus puertos permanecieron y permanecen abiertos para resumir a sus hijos menos afortunados. Que vienen aquí a hacerse la América.

Más recientemente, nosotros, cuando volvimos a golpearles las puertas, nos hemos convertido en los molestos “sudacas”. Allá ellos, que se pierden de nuestra sangre joven y de nuestros talentos. Seguramente que estarán más contentos con los inmigrantes del Norte de África.

Pero, como dicen por ahí. No hay mal que por bien no venga. Este olvido de la Metrópoli, especialmente del lejano y pobre Virreinato del Rio de la Plata. Hizo que aquí crecieran generaciones de criollos autosuficientes que al saberse solos y abandonados construyeron nuestra Patria. Aprendimos a progresar en base a nuestro trabajo, fuertes e independientes. Aquí no llegaron condes, marqueses o duquesas. No había nada por heredar, hubo que hacerlo todo.


No estamos descontentos por haber crecido solos fuera de la protección de la casa materna. Todo lo contrario. Queremos superar con creces todo lo heredado.