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lunes, 10 de diciembre de 2012

Una carta desde Siria.




Siria es la piedra angular de Oriente Medio. Si se viene abajo se modificaría la región entera. Si Assad cae y se viene abajo el Estado sirio, la guerra civil de Siria podría volverse regional y poner en cuestión las fronteras tradicionales.

 

Por Thomas L. Friedman - Servicio de noticias de The New York Times - © 2012

La escena era casi bíblica. Bajamos a través de unos altos juncos, cruzando el río Orontes desde Turquía en un pequeño bote de remos, para ser recibidos por un contingente del Ejército Sirio Libre, en las afueras del poblado sirio de Darkush. Uno de los soldados nos muestra en su teléfono celular fotos de una chica siria que poco antes había sido llevada a Turquía, con heridas que resultarían fatales, recibidas durante el ataque lanzado contra su aldea por un helicóptero del ejército sirio.

Los soldados rebeldes explican que los helicópteros dejaron caer barriles llenos de clavos y explosivos encima de la casa de la chica. Mientras tanto, aquí en el lodo hay tres tumbas recientes con cuerpos que llegaron flotando por el río. Algunos días, lo que las aguas arrastran son sólo un brazo o una pierna.

Aunque éste es territorio “liberado”, en el fondo podemos oír el bajo retumbar de los morteros aporreando alguna aldea de las montañas. Le pregunto al comandante rebelde Muatasim Bila Abul Fida cómo piensa que resultarán las cosas. Su respuesta me impresiona por su honestidad: “Sin la ayuda de Irán y el Hezbolá, él ya se habría ido”, dice en referencia al presidente sirio Bashar Al Assad. Pero aun después de que se haya ido tendrá que haber grandes reacomodos. “Se necesitarán cinco o seis años”, agrega, pues los partidos islamistas “quieren la sharia y nosotros queremos democracia”.

En mi recorrido por la frontera entre Turquía y Siria me impresioné al ver cuántas cosas tan diferentes quiere la gente para Siria. Es desconcertante. Un empresario cristiano de Alepo me dijo que si hoy se celebraran en Siria elecciones auténticas, el asediado Assad de todos modos ganaría “con 75 por ciento de los votos”, pues la mayoría de los sirios ansía el orden que él impuso y está agotada por la guerra.

Pero unas cuantas horas antes, en un impresionante campamento de refugiados sirios establecido por Turquía en las afueras de la ciudad fronteriza turca de Antioquía, entrevisté a jóvenes sirios sunnitas que habían huido de Latakia, bastión de la familia Assad, mayoritariamente alauita. Ellos hablaron de las profundas injusticias del sistema sirio y de que los alauitas, practicantes de una corriente musulmana dentro del chiísmo, reciben una tajada desproporcionada del pastel.

“Cuando empezaron las protestas para exigir reformas, el gobierno no hizo nada”, señala Yahya Afacesa. “Cuando empezamos a gritar y a exigir libertad, el régimen nos atacó. Así que no hubo manera de combatir al régimen de manera pacífica”.

Él y sus compañeros insistieron, empero, en que el problema de Siria es la familia Assad, no la corriente alauita a la que pertenece ésta y que prevalece en el régimen. Estos son jóvenes laicos que se enorgullecen de la identidad y armonía multiconfesional de Siria que, debe recordarse, tiene profundas raíces históricas en la región.

En efecto, antes de visitarlos, estuve en la Cámara de Comercio de Antioquía. El presidente de la cámara exhibe con orgullo afuera de su oficina un cartel de las más de 20 iglesias, mezquitas e incluso una sinagoga que funcionan en su ciudad, que está a unos cuantos kilómetros de la frontera siria. Repito: en esta región hay fuertes raíces culturales de pluralismo en las que podría apoyarse un nuevo gobierno sirio. Pero también existe lo contrario.

Un botón de muestra: en Antioquía conocí a dos turcos expertos en logística. Ellos hablaron de la “Legión Extranjera Árabe”, combatientes islamistas llegados hasta de Chechenia y Libia, que han pasado por su ciudad y cruzado el Orontes para ir a combatir en Siria. Se burlaron de la idea de que Siria surgirá como democracia de una guerra en la que los principales proveedores de armas son las monarquías pro-islamistas de Arabia Saudita y Qatar.

El deseo principal de sauditas y qataríes es que Siria deje de ser un país dominado por su minoría chiíta y sea dominado por la mayoría sunnita. La democracia como tal no es ninguna prioridad para ellos.

Unos de esos dos turcos tiene otro negocio en Qatar. Para recibir permiso de trabajar en Qatar, explicó, él necesita a un qatarí que patrocine su permiso de trabajo. “Cuando tenemos un permiso de trabajo y queremos salir del país, necesitamos que el patrocinador nos dé el permiso por escrito”, indicó. “Si el patrocinador muere, su hijo hereda ese derecho”.

El hijo de su patrocinador qatarí es muy joven. Empero, “si él dice que no puedo salir, no puedo salir. Yo hago negocios en Qatar pero no tengo ningún derecho. En broma decimos que somos 'esclavos modernos' ahí. ¿Y ése es el país que quiere llevar la democracia a Siria?”

Esas historias me ilustraron el enorme número de corrientes, contracorrientes y motivos mezclados que impulsan esta revolución. Si no aparece un dirigente sirio fuerte, capaz de galvanizar al pueblo en torno de una visión unificadora y convincente, y que cuente con el respaldo de la comunidad internacional, deshacerse de Assad no pondrá orden en Siria. Y el desorden en Siria no tendría las mismas consecuencias que el desorden en otros países de la región.

Siria es la piedra angular del Oriente Medio. Si se viene abajo se modificaría la región entera. Las fronteras de Siria fueron determinadas desde que las potencias coloniales británicas y francesas se adjudicaron el control de las provincias árabes del Imperio Otomano después de la Primera Guerra Mundial.

Si Assad cae y se viene abajo el Estado sirio, la guerra civil de Siria podría volverse regional y poner en cuestión las fronteras tradicionales, pues los chiítas del Líbano tratarían de vincularse más con los alauitas y chiítas de Siria, los kurdos de Siria, Irak, Irán y Turquía tratarían de vincularse entre sí para crear el estado independiente del Kurdistán, mientras que los sunnitas de Irak, Jordania y Siria se acercarían entre sí para oponerse a los chiítas de Líbano, Siria, Irán, Irak, Arabia Saudita y Bahréin.

Podríamos estar entrando en una nueva etapa de redefinición de las fronteras del Oriente Medio -en versión de “hágalo usted mismo”- en la que la traza fronteriza no estaría a cargo de los extranjeros coloniales con órdenes de arriba hacia abajo, sino de los mismos habitantes del Oriente Medio, de abajo hacia arriba.

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